Presión

Por  8:14 h.

MUCHAS veces con los duelos entre los eternos rivales pasa lo mismo que con las elecciones, todos ganan. Sea cual sea el resultado, cada uno tiene una puertecita para escapar si las cosas no han marchado como estaba planteado. El primer derbi de la 12-13 no se presenta, sin embargo, igual para Sevilla y Betis.

La realidad es que el local se juega más que el visitante. Lleva sin ganar desde 2008 (bien es cierto que durante dos temporadas no hubo derbi por el descenso bético), la guasa por la falta de Beñat en mayo sigue viva y la diferencia brutal que existía con el vecino cuando ganaba títulos se ha reducido hasta casi igualarse. Por no hablar del entrenador. Perder dos partidos con el Betis en apenas unos meses dejaría a Míchel muy marcado. Por eso, y por mucho más, el Sevilla sabe que el derbi significa tres puntos y un buen puñado de cosas de añadido.

Mientras, el Betis aguarda tranquilo. Sabedor de lo bien encaminado que lleva los deberes en la Liga, con casi la mitad del trabajo hecho para permanecer en Primera. Pero en Heliópolis, con otro nivel de exigencia, pero al fin y al cabo también se la juegan. A nivel individual, si a Mel le da por repetir una jugada maestra en la pizarra como la de mayo, el beticismo terminará por elevarlo a los altares. En clave colectiva, el Betis sabe de sobra que está ante la oportunidad de voltear la historia reciente. Un triunfo ratificaría la idea que empezó a tomar forma a finales del pasado curso, es decir, que los dos vecinos ocuparían la misma planta en el bloque de pisos liguero. Sin embargo, lo mucho que significa un derbi trae consigo una lectura más. En caso de derrota sonrojante, el tinglado bético que hemos repasado en las últimas líneas se derrumbaría de un plumazo, perdiendo la oportunidad de decir a boca llena que juega la misma liga que su vecino.

Llega el derbi. Con sus miedos y películas. Si encima nos ofrecen una horita de buen espectáculo, habrá merecido la pena esperar una semana larga, muy larga.