La tortilla y el Getafe

Por  22:12 h.

El 23 de junio el sevillismo está convocado para una excursión a Madrid. Tren o coche, familia, bocadillos de tortilla para cuando el hambre apriete… y una final descafeinada.

El cartel no le hará justicia a este Sevilla insaciable al que ya le recordaban que el Middlesbrough tenía tan poco pedigrí como luego falta de competitividad y al que tener enfrente al Español en una nueva final continental, una experiencia ya conocida, le está acarreando un sobrepeso de presión conforme decae anoréxica la ilusión por un duelo que bien podría pertenecer a la vigesimotercera jornada del campeonato de Liga.

Siempre quedará la Supercopa monegasca. En el Luis II no hubo un “middlesbrough” o un “getafe”. Fue todo un Barcelona, un campeón de Europa al que ahora se le quería hincar el diente de nuevo pero ya trocando en el palco a Alberto de Mónaco por don Juan Carlos I. La disponibilidad en las taquillas de entradas no reservadas por los socios para la cita del miércoles en Glasgow confirma la impresión de que el sevillista se ha aburrido del turismo internacional y ha pasado a fijarse en la “piel de toro”, por variar, que ya del Príncipe Felipe se recibió un trofeo en Holanda. Se quería el Barcelona, pero, qué más da, será el Getafe. Como el Osasuna hace dos años: rebajas en el cartel y posibilidades de éxito por las nubes… en relación directamente proporcional con la crueldad de una posible derrota que ahora no pende como espada de juguete, unida la ausencia de heridas al alivio por la grandeza del adversario, sino como una hoja tan afilada que cortaría una pluma al vuelo.

No sería indoloro perder en Madrid, pero hasta las diez de la noche del 23 de junio las calles de la capital servirán de decorado para el homenaje que piensan darse más de treinta mil sevillistas, una nutrida colonia de domingueros que sólo repararán en que despreciaron la Copa que ganó el Betis en 2005 si el convidado de piedra, arropado por una afición que sólo tendrá que hacer unas paradas de metro para plantarse en el Bernabéu, tumba al “favoritísimo”, al equipo que por múltiples y poderosas razones en ningún momento podría justificar la derrota. Entonces, llegado el caso, ese feligrés de Nervión que antepuso la tortilla en Madrid al avión para Glasgow habría de preguntarse si no era preferible haber podido ir a la final en metro y en diez minutos estar de vuelta en casa.

Redacción

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