“Gracias, Lopera”

Por  0:30 h.

“Lopera quédate, Lopera quédate”. Incorporada a la liturgia sevillista en el último año y medio, la sarcástica petición no dejaría de formar parte de la clásica guasa cainita de la ciudad si no fuera porque encierra ulteriores lecturas. Una de ellas, el “agradecimiento” al máximo accionista del eterno rival, que más allá de cubrir de mediocridad al vecino, con anterioridad había tomado la bendita decisión de prescindir de Juande Ramos para un bosquejo de proyecto como el que ahora asombra a toda Europa.

Van a cumplirse cinco años de un momento en el que, aunque parezca increíble, se dio el primer paso, entonces invisible, para que el Sevilla sea lo que es en la actualidad, todo un “gentleman” al que se respeta con la reverencia que se reserva a la distinción. En 2002 Manuel Ruiz de Lopera frenó las ambiciones personales de un entrenador sin el caché internacional que un lustro le bastaría para ganar, un técnico que espoleó al Betis desde la categoría de recién ascendido a la de equipo revelación redivivo para batallas europeas; pero al tiempo el mandamás bético condenó al estancamiento el brote, el repunte que experimentó un club que tenía el terreno abonado para empezar a crecer. Estremece pensar cuán diferentes serían ahora las cosas en esa convulsa casa.

Mientras el Sevilla se rebelaba contra su estigma de equipo batallador, de sello inequívocamente caparrosiano, mientras se debatía en una infructuosa pugna por dar ese salto de calidad que le permitiera renunciar a la etiqueta de equipo duro de batir para volver a catalogarse, esta vez con el sello que sólo tienen los ganadores, Lopera le servía en bandeja la gloria futura. Todavía tendrían que pasar tres años para que Juande completara el pleno de banquillos sevillanos, pero entonces ya sí encontraría la horma de su zapato. Daba el manchego con un club inversor impulsado por obsesivas aspiraciones de grandeza y que, además, diez meses después reconocía el formidable trabajo del técnico (un título tras 58 años de sequía sevillista en su primera temporada), éxito que le ponía el duro en la mano. Podía cambiarlo porque enfrente no había una pared sino un presidente comprometido con su programa de crecimiento ininterrumpido. Donde le dieron vía libre, Lopera se había negado en redondo. Y Nervión estalla. El eco debe de llegar a El Fontanal. “Gracias, Lopera”.

Redacción

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