Un alto tren de vida

Por  18:53 h.

Sucede en todos los hogares españoles, los de menor capacidad de ahorro de toda la Unión Europea según las estadísticas comunitarias. Nos mueven el afán de grandeza, el tribal instinto de superioridad frente al vecino, una indeleble genética del derroche y la entrega a una vida al límite. La cuestión es ceñirse a las posibilidades pero tampoco quedarse cortos, que para algo está el dinero, ¿no? Algo de esto se cuece en el Sevilla, disconforme entre tanto olor a metal con un estatus de familia media.

El tren de vida debe crecer en consonancia con la gloria que otorgan los títulos y unas ambiciones que se desbocan por momentos. Los gastos empiezan a subir como la espuma y esto tiene un precio: explorar nuevas vías de ingresos para equilibrar la balanza financiera y tomar medidas impopulares como el considerable aumento del precio de los abonos. Lo reconoce el autocomplaciente Del Nido: esta temporada se ha registrado un déficit en gestión ordinaria de cuatro millones de euros. No es la quiebra, pero sí un aviso de que en el futuro el efectivo entrante no puede descender de determinados niveles, y esto acucia en su correlato deportivo, ya que mantener un presupuesto como el que se ha alcanzado, de 72 millones, e incluso llevarlo hasta los 100 que se propone el temerario presidente, exige equipararse a colosos del balompié europeo también en la partida de gestas competitivas. La caja registradora, y ahora es condición inexorable para cumplir con el pregonado crecimiento sostenible, no puede dejar de tintinear, así como la pelota tiene que seguir entrando.

Del utilitario al deportivo último modelo, del piso acolmenado al chalé de superlujo, no parece descabellado aventurar una válvula de escape nada desconocida en el Sevilla para tanto desenfreno consumista: la venta de activos para reinvertir en valores pujantes. De Mul y Keita son los últimos eslabones de una cadena en serie en cuya cinta precintadora se encuentran Daniel Alves y Kanouté. Alguno, si no los dos, seguro que alivia agujeros coyunturales de tesorería en espera de que la Liga de Campeones reparta euros. Toda ayuda será poca en una etapa de expansión en la que el paso atrás no sería bien encajado por la feligresía, poco a poco ya más que menos maleable a la idea de que la gloria hay que pagarla.

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Redacción

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