Cultura ganadora

Por  13:24 h.

Ni salir de Segunda hace, como quien dice, dos días con una gestión modélica y con un plantel a mínimos costes. Ni consolidarse luego en Primera con un juego rocoso y creando todo un estilo de entender el juego. Ni meterse luego en Europa usando como base el humilde grupo de futbolistas que ayudaron a salir de la cueva. Ni sanear la economía de un club en ruina con venta de jugadores más que provechosa y una compra acertadísima. Ni dotar a la entidad de un sistema de trabajo y un organigrama eficaz, profesional y numeroso. Ni reforzar los escalafones inferiores hasta colocar al filial en Segunda A. Ni marcar un hito en la historia del fútbol sevillano con dos títulos de UEFA seguidos. Ni clasificarse después por vez primera para la Liga de Campeones. Ni consolidarse como uno de los clubes punteros de la competición nacional, plantando cara a Madrid o Barcelona. Ni, ahora, superar records de imbatibilidad, doblegar con extrema facilidad a los rivales y pegarse seis o siete partidos sin encajar goles. Ni ser ya un aspirante más que serio no sólo a colarse entre los cuatro primeros sino, por qué no, al mismo título liguero. Pues ni todo eso. O más bien, ninguno de esos éxitos pos sí solos. Es más bien el conjunto, la fuerza de la costumbre, lo que supone de verdad el gran triunfo, el prodigio, el punto de inflexión en la historia del Sevilla. Donde reside el gran mérito de lo que está haciendo este equipo es en la capacidad que han tenido sus responsables de instaurar una cultura ganadora. El famoso “sí o sí”, vamos. Más allá de un eslogan discutible para unos, pesado para otros, la frase acuñada por el presidente blanco lleva detrás la gran idea, la madre del cordero, la piedra filosofal. Porque se ha logrado precisamente eso, que ganar sea la norma, lo lógico, la “no noticia”. Una derrota sevillista, hasta un mal partido con un buen resultado, supone actualmente hablar de crisis, de falta de identidad, de cataclismo. Meterle cuatro al Athletic de Bilbao sin dejarlo respirar y sin apenas pisar el acelerador ya ni llama la atención. Ir pasando rondas en torneos europeos, tampoco. Ni estar entre los cuatro primeros de la Liga. Nada es llamativo. Es simple obligación. Asumida y bien respondida. Perder es noticia y ese es el gran logro, el gran cambio en la historia del Sevilla moderno. Atrás, muy atrás, quedan aquellas temporadas de los años 80 y los 90 donde se consolidaba domingo tras domingo una idiosincrasia fatalista propia de los colores blanco y rojo hasta que se ha conseguido algo al alcance de muy pocos: modificar el propio destino. Se ha instalado en Nervión una mentalidad ganadora. Y esa es muy difícil volver a olvidarla.

Redacción

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