Inexplicable

Por  14:40 h.

De regreso de Estambul. Derrota ante el Fenerbahçe. 3-2. Bien. Para haber perdido, el resultado no está del todo mal. Pero diversas circunstancias no sólo explican parte de la derrota del Sevilla y de la consiguiente frustración (nadie la oculta) por lo que tuvo que ser un triunfo. Y esta vez el mejor calificativo que debe ponérsele a esas circunstancias es el de inexplicables. Hubo cosas sobre el césped turco, o sobre la pizarra del vestuario visitante de aquel estadio, que no tienen mucha explicación, sobre todo porque se estaba, a qué negarlo, ante el partido más importante de la temporada, al menos de momento.

La primera y más relevante, la suplencia del jugador más en forma del equipo, el almeriense Diego Capel, un auténtico puñal por su banda que, por esas extrañas decisiones que los entrenadores tienen por costumbre tomar cuando se afronta un choque especial –me acuerdo ahora de Johan Cruyff–, se quedó esta vez en el banquillo dejando su sitio a Duda. No es lo mismo, no se entiende. No hubo profundidad en las bandas, un rasgo esencial en este Sevilla, y se acabó pagando. Entró el internacional por España en categorías inferiores demasiado tarde, pero es que, y ahí vamos con otra cuestión de difícil justificación, fue ése el único cambio realizado por Manolo Jiménez. Un solo cambio, algo que ningún otro equipo de la Champions hace porque, sencillamente, el ritmo de competición de dos o tres partidos semanales requiere frescura. Los puntas, Navas o el propio Duda parecían agotados en buena parte de la segunda mitad, pero el técnico no reaccionó y sólo agotó una de sus tres opciones. Tercera cuestión, vinculada a la anterior: tampoco se entiende que, ya con el 2-2 y con el partido pidiendo a gritos más pausa, más posesión, más serenidad y más oficio, no entrara al campo el italiano Maresca, futbolista con condiciones básicas precisamente para eso que hacía tanta falta. Y un aspecto más, quizás lo más inexplicable como trama de fondo, que ya viene de largo: no se puede entender la falta de concentración y de diligencia táctica a la hora de defender balones colgados al área. No resulta de recibo que un equipo de Liga de Campeones defienda tan mal como lo hace el equipo de Nervión, al que cada saque de falta o córner en contra le resulta casi un penalti. Y esta vez no se le puede echar la culpa a Mosquera, ausente. Algo más habrá que trabajar ese apartado. Dice Jiménez que "se pagó la ambición". No diría yo eso. Se pagó la desconcentración y la falta de eficiencia técnica –y ahí debe englobarse naturalmente el entrenador– en apartados antes relatados. Y que el fútbol, es fútbol, porque hubo ocasiones para sentenciar la eliminatoria, cierto, pero también dos manos en el área blanca y un gol en propia puerta del enemigo otomano. Que si no…

Redacción

Redacción