Medida y responsabilidad

Por  1:26 h.

El deporte nacional no es el fútbol. No. El principal deporte en España, al menos el que más se practica, es el del encumbramiento acelerado de algo o alguien para luego, con la misma velocidad, poder golpearlo y criticarlo hasta verlo caer cuesta abajo. Esa posibilidad de poder empujar hacia el barranco aquello que se ha idolatrado nos hace sentirnos importantes. El espejismo de que cualquier individuo aún tiene cierta influencia sobre las cosas nos anima a elevarlas a los altares con desmesura y con la misma falta de medida quemar luego el sagrado lugar. La falta de medida al analizar las cosas es en el fútbol, por su dosis de pasión, si cabe más acentuada.

Traslademos este argumentario al Sevilla y más concretamente a la figura de su entrenador, Manolo Jiménez, centro de los dardos cuando hace poco –el Arsenal besó el verde de Nervión hace tres telediarios–. Si se tiene la mínima cordura no se puede más que repartir las cuotas de responsabilidad y no cargar todos los sacos sobre la misma espalda. Porque no es justo, pero tampoco real. Ni que decir tiene que el técnico no sabe manejarse en sus comparecencias ante los periodistas y que, además, ha cometido la gran torpeza de descargar sobre los futbolistas buena parte de culpa de alguna derrota, precepto básico para los entrenadores que anhelan la cola del paro. Pero la situación del equipo sevillista no se debe sólo a lo que se hace desde el banquillo. Nada ha tenido que ver Jiménez, por ejemplo, con la discutible planificación de la plantilla o en los errores cometidos con los fichajes, hechos bajo pautas que no son precisamente las del que fuera lateral zurdo. Como nada ha tenido que ver con la perversa dinámica de equipo ganador –futbolistas que se empiezan a acomodar– con la que se afrontó la temporada, cuando él simplemente planificaba la campaña del filial en Segunda. Ni siquiera con el ritmo de resultados negativos más elevado que el del ejercicio anterior, un tempo que ya se venía marcando con Juande Ramos en el banquillo. Ni con la actitud de futbolistas como Kerzhakov, ausente en el sentido amplio del término. Sin experiencia alguna en Primera, Jiménez se hizo cargo del marrón de suceder a un colega triunfador que se escapaba en plena fase de redefinición de un club, y eso tiene muchos puntos en contra que el preparador asumió. No es justo, por tanto, que toda la culpa sea ahora suya. Las responsabilidades hay que repartirlas. Como tampoco es equilibrado hacer saltar todas las alarmas cuando el equipo va noveno en Liga y está en octavos de final de Liga de Campeones, donde se medirá a un rival absolutamente superable. Es el momento de la tranquilidad, de mirar con perspectiva y de no empezar a buscar chivos expiatorios, sobre todo cuando los cuchillos sólo se afilan para degollar a uno.

Redacción

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