Artículo de lujo

Por  11:29 h.

Espinosa situación es la que ha generado la subida generalizada de los precios de los abonos del Sevilla para la próxima campaña porque, se mire por donde se mire, todo el mundo tiene razón, los unos por creer que lo bueno hay que pagarlo y los otros por considerar que su fidelidad merece otro trato. Vayamos por partes.

El Sevilla está ahora mismo en la elite del fútbol europeo. Se codea con los mejores y ahí están sus títulos nacionales e internacionales, su tercer puesto en la Liga y su clasificación para la previa de la Liga de Campeones. ¿Es lógico que un club que ofrece un nivel tan alto de competitividad mantenga los precios de aquellos tiempos en los que el único objetivo era estar entre el quinto y el séptimo o el octavo puesto en el torneo doméstico? Por otro lado, el ascenso del filial a la Segunda división para competir con la Real Sociedad o el Celta ha llenado de satisfacción al sevillismo, pero de nada sirve este logro si ahora se deja al equipo de Manolo Jiménez abandonado a su suerte en la ciudad deportiva. Mantener al Atlético en la categoría de plata reportará sin duda un beneficio incalculable a la entidad en el plano deportivo, pero esto también tiene su coste económico.

Sin embargo hay que pensar que esta borrachera de éxito puede salirle muy cara a una hinchada que durante años ha hecho muchos esfuerzos para estar constantemente al lado de un equipo que no dio muchas satisfacciones. La participación en la Champions League, en el caso probable de superar la eliminatoria de clasificación, supondrá una serie de partidos en Nervión que nadie querrá perderse contra rivales de postín y seguramente no serán baratas las entradas para tales citas ineludibles. Si a esto le unimos una subida en el precio de los carnés como la que ha decidido el consejo de la sociedad, ¿no se estará exprimiendo demasiado la fidelidad de esa masa social que tanto le ha dado al Sevilla? ¿No será esta inflación un atentado contra la gallina de los huevos de oro de la entidad? Porque la afición, es innegable, es el patrimonio más importante de este club, y habría que preguntarse con sensibilidad si ésta puede permitirse el lujo de pagar tanto.

Parece obvio que para estar en el olimpo del fútbol hay que incrementar el presupuesto que manejaba la dirección sevillista en los últimos años, que la gloria no es gratuita, y es comprensible que la diatriba que se plantea enoje a unos por el planteamiento de los otros. En la planta noble se buscan recursos para seguir mejorando y se estima que si el producto que se ofrece es un lujo, como tal hay que pagarlo, y que el mejor premio que se le puede dar a la hinchada por su constancia en el apoyo durante años, lustros y décadas es darle títulos y veladas inolvidables como las de Eindhoven, Glasgow o Madrid. En la calle, sin embargo, hierve la convicción de que no es justo que ahora que el equipo da satisfacciones haya que empeñarse para disfrutarlo. Antes había que dejarse la moral, y ahora el bolsillo.

Es un debate sin salida en el que unos dicen que los otros no pueden pedir que no se venda a Alves sin arrimar el hombro y los otros se preguntan que si los unos presumen de haber conseguido una economía tan saneada por qué aprietan tanto, y es un debate finalmente en el que subyace la inquietante sensación de que el agresivo equipo ejecutivo del club pudiera estar aplicando a rajatabla la ley de la oferta y la demanda aprovechándose de esa coyuntura de euforia que hace que el cupo de socios esté cubierto y haya diez mil solicitudes de carnés en lista de espera. No sería bonito que la realidad final fuera simplemente ésta.

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Redacción

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