Competencia para competir

Por  21:05 h.

Cuando un partido discurre como el del pasado sábado, con un equipo superando claramente al contrario ejecutando unas consignas fácilmente identificables, la sorpresa inicial debe ir seguida inmediata e indefectiblemente de una reacción del que es sometido, pues antes de ganar o perder, lo cual se certifica al final del juego, hay que competir. Y no se trata de reivindicar la máxima deportiva del barón de Coubertin, por mucho que lo más importante en la Liga de Fútbol Profesional sea participar, ciertamente, ya que el primer deseo de cualquier afición y de todo profesional es estar en la Primera división y para eso se juega siempre en una competición que desde este punto de vista es infinita, pues una vez que uno está participando tiene que competir para volver a participar al año siguiente, y así sucesivamente. Por eso el conformismo, o la autocomplacencia si se prefiere, no cabe en este mundo del fútbol, y por eso es un error como una catedral confundir competir con participar, valga el juego de palabras.

Un segundo error es confundir competir con realizar un gran esfuerzo físico, y no sólo porque muchas veces vale más la maña que la fuerza, sino porque esta alienación de conceptos lleva directamente a un tercer error, que en el caso de los deportes colectivos es limitar la responsabilidad de competir a los tipos que salen a jugar a la cancha o al campo. Es de lo más corriente escuchar a un entrenador de Primera división, rico por ser profesional de esto, decir tras una derrota que está contento por el esfuerzo realizado por sus jugadores, "que han dado todo lo que tenían" y bla, bla, bla. Y a fuerza de repetir esto han conseguido los moradores del mundo banquillo que a nadie le sorprenda ni le chirríe esta afirmación de perogrullo que tiene un componente de imbecilidad en muchas ocasiones. El técnico se sitúa en un plano superior y les da el aprobado a sus hombres pensando que así los va a tener contentos y se va a ganar su respeto, en un planteamiento que siendo paupérrimo, porque refleja sobre todo inseguridad y también sumisión al convencionalismo, es el pan nuestro de cada día, pues al noventa y cinco por ciento de los entrenadores les encanta subirse a un pedestal imaginario para despreciar opiniones sin dar jamás una lección magistral en una sala de prensa, más bien al contrario.

La cuestión es que compiten los futbolistas que salen a jugar, pero también de alguna forma los que tienen que esperar su oportunidad, al igual que lo hace permanentemente el club de muchas formas y como necesariamente tiene que hacerlo, en cada entrenamiento y en cada partido, el técnico, preparando a su equipo, motivando individualmente a los jugadores, aleccionándolos para actuar en situaciones diversas, estudiando al contrario para contrarrestar virtudes y explotar defectos… y también reaccionando cuando el rival está siendo mejor a través de un juego muy concreto (no confundir con degañitarse en la banda o hacer todo tipo de aspavientos). Porque luego hay que ir a la sala de prensa para decir que los chicos han hecho todo lo que han podido como si uno estuviera por encima del bien y del mal, sin considerar con humildad que el fútbol es mucho más simple de lo que el gremio del banquillo quiere dibujar y que si nadie pregunta en esa sala de prensa "y qué ha hecho usted para ayudar a los suyos" es simplemente porque eso se ve. Y trasciende la competencia para competir.

Redacción

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