Máxima intensidad

Por  11:11 h.

No es el título de una peli de Arnold Swarzenegger, sino el del juego que el Sevilla de Manolo Jiménez —qué-co…lones-tienes— desplegó ante su gente para tumbar sobre la hierba del Ramón Sánchez-Pizjuán al líder de la Primera división, el «Federer-Madrid» del intrincado Bernd Schuster, personaje éste, por cierto, al que Jiménez —qué-co…lones-leñe— atrapó en su ventajismo con un planteamiento agresivo y sólido hasta demostrar que nada tiene que ver el tenis-control del campeonísimo suizo con el individualismo que define la trayectoria de este Real Madrid.

Es evidente que el entorno madridista pervierte, y lo hace de tal forma que le apaga las luces al personal. El ejercicio que hizo Schuster al comparar a su equipo con Roger Federer no pasa de ser una anécdota, poco afortunada pero graciosa en el fondo, mas la insinuación que hizo el propio técnico al subrayar a posteriori la catalanidad del árbitro del encuentro que su Madrid perdió en Nervión —el mismo que le "alivió" el choque con el Almería— es una insidiosa vulgaridad que proclama su no saber perder, como era una estupidez tendenciosa pretender desde una columna periodística capitalina que la afición sevillista le brindara una extemporánea ovación a Juande Ramos so pena de dejar bajo sospecha su más que demostrada grandeza, que ya hay que ser petulante y pretencioso para no sentir vergüenza al escribir esta idiotez.

El Sevilla fue muy superior al Real Madrid en todas las facetas del juego, tanto que hasta las televisiones nacionales se lo demostraron con imágenes irrefutables al técnico blanco en respuesta a sus desorientadas manifestaciones post-partido. La calidad individual de los madridistas, en fin, fue totalmente contrarrestada por la garra, el coraje y la magnífica técnica colectiva del bloque nervionense, y punto y pelota. Eso sí: enmedio de su galimatías mental acertó Schuster con una frase lúcida el viernes: "Espero encontrarme con el Sevilla de siempre". Y no supo qué hacer contra él.

Redacción

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