Readaptación

Por  23:22 h.

El amor de la pareja que se fue; el ritmo de vida anterior cuando vienen mal dadas para el bolsillo y hay que apretarse el cinturón; la calle cuando se está encerrado; la rutina diaria cuando cualquier problema de salud la trastoca… Suele ocurrir que las cosas se valoran cuando no se tienen, o cuando se dejan de tener, mejor dicho, porque no se puede apreciar con justeza aquello que nunca se ha poseído o que no se ha sentido. Nuestra readaptación a un nuevo entorno vital es constante porque todo va evolucionando a nuestro alrededor, nos guste o no, y muchas veces son nuestras acciones o nuestras decisiones las que desencadenan los cambios que de una u otra forma nos afectan, aunque los imponderables, a qué negarlo, también hacen lo suyo a continuación en virtud de la ley de Murphy. Así es la vida.

Y así es también el fútbol, como la vida misma. Cuesta sangre, sudor y lágrimas conseguir que un equipo funcione, y en el intento se pierden fichajes, canteranos y entrenadores. Y se va mucho dinero, mucha ilusión y hay que sufrir una barbaridad. Cincuenta años de todo esto le costó al Sevilla volver ser campeón, lo que pasa es que la tardanza fue compensada por un verdadero empacho de títulos, uno por cada década de espera. Pentacampeón por la vía del trabajo, de la planificación y de la fe. El conjunto de Juande Ramos terminó siendo una máquina tan precisa como la relojería suiza y su juego y sus éxitos se convirtieron en una novedad extraordinaria y por supuesto excitante para una afición que después de medio siglo de tonos grises se había acostumbrado a otra cosa, a la eterna aspiración, a la frustración. Pero también al triunfo se hacen las personas y da la sensación hoy de que más de uno se olvidó del antes y con esto mal se prepara para el después.

Para hacer el Sevilla grande y campeonísimo de estos dos últimos años hubo que trabajar mucho, hubo que quitar y poner piezas y hubo que avanzar paso a paso, como dicen los entrenadores, armando el bloque desde la defensa. Primero, con Caparrós, fue un rival incómodo y guerrillero, y cada vez resultó más difícil ganarle. A partir de ahí enriqueció el cuerpo técnico el arsenal de ataque y, voilá, empezó a marcar las diferencias con los goles de Kanouté y compañía. El problema es que tanto se centró la atención en la gente de arriba, en los excelentes extremos y delanteros que acumuló el plantel, que la defensa pasó a un segundo plano, como si en esta faceta del juego ya estuviera todo hecho. Y ahora resulta que hay problemas atrás, y llega el desconcierto.

Antes de irse, Juande Ramos me comentó que al principio de la temporada pensó que el equipo sólo necesitaba un poco de tiempo y de rodaje, pero que poco a poco había empezado a dudar porque la baja de Javi Navarro se estaba notando demasiado y que la máquina se había roto por ahí. Aventuraba una temporada complicada y hay que entenderlo así y tener paciencia para aguantar hasta que vuelva a componerse una línea segura y sincronizada porque los contratiempos (léase lesiones e inadaptación de un par de jugadores) están haciendo mella en el entremado defensivo. Ocurre que para estar con los mejores hay que cometer muy pocos errores y mientras que uno deja de fallar, los posibles rivales van adquiriendo ventaja. Así es el fútbol, que no deja de evolucionar, como la vida misma. El Sevilla necesita readaptarse a una nueva realidad y en este punto no hay que preocuparse en exceso por que las cosas no vayan a salir como se pretendía en verano. Con la buena base que tiene esta plantilla, lo verdaderamente importante en este momento es conseguir otra vez que el conjunto se sienta seguro, y para eso hace falta dirección por parte de Manolo Jiménez y apoyo y tranquilidad por parte de la grada. El equipo tenía una defensa portentosa que permitía el lucimiento de su ataque. Ahora que marca tres goles y recibe cuatro es cuando se valora esa defensa casi inexpugnable de las dos últimas campañas, pero es que los imponderables y alguna decisión la han cambiado, y lo que procede ahora es retomar el control de la situación hasta volver a la misma sensación de confianza. Lo peor para esto es el nerviosismo y por eso hay que transmitirle a Mosquera y compañía la seguridad de todo el sevillismo de que cada error que se cometa será un gran acierto en el futuro.

Redacción

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