Camino del club de los grandes

Por  14:39 h.

Si algún club está en camino de engancharse al reducido grupo de grandes del fútbol europeo, aunque para eso su brillante presente tenga que prolongarse de forma sostenida en el tiempo, ése no es otro que el Sevilla. Ya es grande a día de hoy porque sin serlo no se levantan tres títulos, dos de ellos continentales, en una misma temporada, o cuatro en el plazo de trece meses, pero esa condición que en España sólo poseen en propiedad el Real Madrid y el Barcelona hay que seguir ganándosela en Nervión. Lo que sí es rigurosamente demostrable es que el camino está trazado.

No es casualidad que el equipo juegue las finales a pares y además las gane todas. A veces como una apisonadora, a veces decantándolas a su favor mediante factores cuyo dominio también delata a los poderosos: acierto en momentos aislados que resultan claves en partidos que no se resuelven por la vía de la brillantez (Palop o Kanouté en el Bernabéu), seguridad anímica y dominio de las emociones en coyunturas de máxima tensión (tanda de penaltis de Glasgow) y hasta ese trato diferencial, más respetuoso, que todo el mundo sabe que los árbitros, con las excepciones que se quieran consignar, dispensan al grande cuando se enfrenta al chico.

En todos los estamentos del Sevilla, no hay duda, se trabaja en busca de la perfección para prolongar ese estado de cosas y alcanzar la pujanza sostenida que un día le permita dar un aldabonazo deportivo de dimensiones hoy todavía impensables. Pero ni siquiera un “pelotazo” que hiciera posible hablarle de tú en el campo a los colosos –no hace mucho el Villarreal se quedó a un paso de la final de la Champions— sería suficiente para llamar a la puerta del club de los más selectos. Para eso no basta con tener un equipazo; ésa es una condición necesaria pero no suficiente. Es imprescindible emprender, como está haciendo el Sevilla, un largo camino de crecimiento sólido, a prueba de seísmos coyunturales y de retrocesos que se puedan sufrir, que seguramente se sufrirán; es inexcusable que ese crecimiento esté a salvo del componente azaroso que por definición lleva consigo el fútbol, reducido considerablemente en el club de Nervión desde que está dirigido bajo las premisas del rigor, la planificación y el trabajo.

Tampoco es casualidad que al final sea el proyecto deportivo lo que ate a un técnico tan justamente cotizado como Juande Ramos al banquillo del Sevilla. Tiene ofertas mejores en lo económico, pero no le acaba de llegar ninguna que le permita aspirar con fundamento a subir un peldaño más en la carrera triunfal que ha emprendido en el club del Sánchez-Pizjuán. Y tampoco es casualidad que el proyecto deportivo que encabeza José María del Nido permita no ponerse de los nervios a uno de los mejores laterales del mundo, Daniel Alves, cuando ve la cantidad de millones de euros que tendría que poner el Real Madrid o quien fuera (¡por un defensa!) para sacarlo de Nervión. Sabe que aquí, en el peor de los casos, también se le asegura hasta el final de su contrato no sólo un dineral, sino también posibilidades de seguir conquistando glorias deportivas. Como lo sabe, aunque éste no tiene tanta carrera ya por delante, el futbolista que ha marcado el saco de goles necesario para que el Sevilla haya hecho la mejor temporada de su centenaria vida. Kanouté, un jugador nada complaciente en sus declaraciones y en absoluto proclive a dorarle la píldora a la afición, a cuyos sentimientos ha sido capaz de enfrentarse por defender sus intereses, no ha trasladado en ningún momento su malestar al terreno de juego, donde ha ofrecido hasta el último día un rendimiento asombroso. Como el equipo en general. Como todos los que trabajan más allá del césped para que el Sevilla sea cada vez más grande. Es la impronta de un club fuerte, con estructuras, que en la medida en que esto es posible en el fútbol, apuesta sobre seguro.

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Redacción

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