Ansiosamente felices

Por  17:20 h.

Jesús Navas debió de leerme el otro día y me puso por embustero. Decía que había que exigírsele más, porque, por ejemplo, no trazaba diagonales ni sacaba partido a su buen disparo y frente al Atlético nos ofreció un menú degustación que tuvo de todo. Grandísimo su gol, en el desmarque y en la culminación, de auténtico crack. Tiene gracia que el dueño de la madre de todas las ansiedades sea el encargado de mitigar las del director deportivo y las del entrenador.

Como Monchi nos pide objetividad, pues habrá que admitir las cosas: fue una buena victoria, es excelente la clasificación liguera, en la Copa no hay «peros», el coraje es de aúpa y el equipo aburre extraordinariamente. Porque yo siento mucho que la presión le haga llorar, pero como gusta de decir su presidente, es que las cosas son como son y no como nos gustarían que fueran. Otra cosa es que los aficionados quieran subordinar todo a los resultados y que la petición de hermosura futbolística no sea lírica periodística que les guste escuchar. Entonces dejarán de comprar periódicos, de escuchar radios, de navegar por internet. Les estaremos diciendo algo que no quieren oír. En ese caso, lo mismo nos envainaremos la lengua y diremos que las paredes al paredón, las combinaciones a las tiendas de lencería, las triangulaciones a la cátedra de Geometría y así hasta acabar con todo lo que no se refiera a ganar sí o sí o también o asimismo.

Pero el sábado, todo fetén. Hasta la recuperación feliz de Perea. Dicen que el colombiano, compañero de Mosquera en la selección, le preguntó una vez espabilado cómo dejaban pasar el AVE por el Sánchez-Pizjuán camino de Santa Justa los días de partido. Tremendo su choque con Romaric, que hizo mítica su barriga veraniega y ahora legendaria la dureza de su cabeza.

Redacción

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