Vincenzo Montella (Foto: EFE).
Vincenzo Montella (Foto: EFE).

Cinco finales para honrar la camiseta vejada

La moderación con que se ha actuado para responder al ridículo del sábado pasado sólo tendrá sentido si el equipo responde mañana en el Ciudad de Valencia
Por  9:38 h.

Al término del Wanda Party del Barcelona el 21 de abril, fecha ya para la ignominia en la historia sevillista, los 25.000 seguidores desplazados a Madrid, los miles que restaron en Sevilla y los que repartidos por el mundo apagaban los televisores con el enojo que irradiaban sus ojos, pedían gore, mucho gore. Veinticuatro horas después, tras conocerse la licencia que se tomaron algunos jugadores o las declaraciones de los técnicos, la mayoría se decantó por centrarse en determinados grupos sanguíneos y el lunes hubo quienes chapoteaban en la sangre en función de su origen: la aristocrática de los despachos, la burguesa de los banquillos, la mercenaria del césped. El martes, el Consejo le entregó a la afición en vez de cabezas, una bolsa con el producto caducado, porque el plasma que contenía era el poso de un desangramiento con origen en agosto, el de Óscar Arias.

Habrá quien se sienta decepcionado por la respuesta de Pepe Castro y su Consejo, pero a setenta y dos horas de un partido decisivo en Valencia la disyuntiva básica era si cambiar a un entrenador con un decepcionante cuarenta por ciento de victorias esta temporada en Liga (más 7 millones de indemnización), por otro que no ha llegado a ese porcentaje desde que se fue del Sevilla hace trece años y que en sus últimos cinco clubes sólo logró una media del 27.5 por ciento de triunfos. O si guillotinar al sans-coulotte de Nzonzi y a sus compañeros de copas, quitándoles la responsabilidad de lo que pasara de aquí en adelante, en vez de abrir expediente al gabacho y obligarlo a someterse al escrutinio de la afición y del mundo profesional.

La moderación con que se ha actuado para responder al ridículo de la final sólo tendrá sentido si el equipo responde mañana en el Ciudad de Valencia. El Athletic tiró de físico para tratar de doblegar al Levante el lunes y este no sólo le mantuvo el pulso sino que encima lo desnudó con su fútbol. Quienes enarbolaron la camiseta blanca en señal de rendición desde el minuto 1 ante el Barcelona, tienen ahora cinco finales para honrarla. Como lo hace su afición, que viajó con ilusión y regresó humillada, sí, pero con el escudo en su sitio, limpio y latiéndole de orgullo.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla