Del césped a la gloria

Por  16:55 h.

Tanto te dijimos que jugabas como los ángeles, Antonio, que te has convertido en uno de ellos y corres ya por la banda izquierda del Cielo, juncal y centella, bien pegadito a la cal que ilumina de siempre nuestra tierra. Te has ido casi niño, como si te corriera prisa por encontrarte con el abuelo, aquel bendito loco por el football que ayudó a fundar el Sevilla Fútbol Club, para gritarle lo grande que es ya su equipo, ése que, llegando extenuado hasta la misma línea de fondo del campo y del himno, defendiste, sevillista, hasta la muerte.

Te vas, Antonio, con el escudo tatuado en el corazón de cristal del que sólo gozan las personas transparentes y lo haces dejando huella como persona y profesional. Pregunta, pregunta allá arriba cuántos pueden presumir de haber conseguido dos copas de la UEFA, una Supercopa de Europa, una Copa del Rey y una Supercopa de España con 22 años; que levanten el brazo quienes, como tú, pueden alardear de ser internacionales en todas las categorías; que te digan cuántos hay que llegaron a figuras en el mismo barrio que los vio nacer.

Volvieron desolados tus compañeros y dirigentes de Atenas para fundirse en un abrazo con tu gente. A la capital griega debías haber viajado porque pocos como tú se ganaron el derecho a ser titulares el día en que, por fin, la Liga de Campeones iba a dejar de ser un sueño para convertirse en la gozosa realidad de un grande de España. Mienten los que dicen que ya no jugarás ese partido. Lo harás, claro que sí, no en balde te has convertido en la estrella personal del Sevilla en la orla estelar que simboliza la Champions.

Dentro de un par de meses, la semilla que germina en el vientre de tu compañera nos regalará tu sangre renovada. Un hijo para el que no serás un extraño porque ya nos encargaremos todos de recordarle la grandeza de su padre. El que dejó su corazón en el césped del Sánchez-Pizjuán para luego, elevándose, alcanzar la Gloria.

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Redacción

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