Enzo

Por  2:33 h.

Se mostraba ofendido días atrás Enzo Maresca por lo que consideraba falta de respeto de algunos medios que, según él, dejaban entrever que su sociedad con Romaric no pasaría de ser suplente de la dupla que el año pasado formaban Poulsen y Keita. Del italiano ya escribí en su día que me parecía simbolizar el programa original del mejor Sevilla, de tal forma que cuando este gripaba su juego o perdía frescura en el mismo, siempre podía recurrirse a él para recuperar las señas de identidad perdidas. Pero eso, que fue una verdad incuestionada y empíricamente demostrable con Juande Ramos e incluso con el Jiménez de la pasada temporada, no funciona en esta porque un jugador sólo no puede erigirse en depositario de la personalidad del grupo, sino que necesita del resto del equipo y éste, empezando por quienes comparten con él zona, tiene otras prioridades que cuidar el balón.

Maresca, sí, es el mismo, pero su entorno, no. Enzo sigue levantando paredes, echándole plomada a sus pases áreos y escuadra a los raseados, agitando su imaginación, pero le faltan cómplices a su lado y le sobran funcionarios. En un equipo hecho para lucir trasero, qué hace un tipo al que sólo le mola bregar con las delanteras.

En un Sevilla como el actual el italiano tiene poco futuro. Es más, es muy probable que su concurso actual sea contraproducente porque ni su fútbol ni su físico casan con el nuevo canon marcado desde el banquillo. Y es una pena, porque renunciar a él supone también hacerlo a algo que en su día tuvo tanto valor como los trofeos: el orgullo del sevillismo por el juego que practicaba su equipo.

Redacción

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