Joaquín Caparrós, José Castro y Gabriel Ramos, en la sala de prensa del Sevilla (Raúl Doblado)
Joaquín Caparrós, José Castro y Gabriel Ramos, en la sala de prensa del Sevilla (Raúl Doblado)

Joaquín Caparrós, el último refugio del sevillismo

Echar mano de los «maltratados» por Montella, los Sandro, Mesa, Yedder, sí puede valerle: están descansados, tienen fútbol y ganas de desquitarse
Por  10:40 h.

Era una petición unánime del sevillismo y no está Pepe Castro para negarle nada a la afición después del ridículo de la Copa y de la crisis hipotensiva del equipo en Valencia. Joaquín Caparrós vuelve al banquillo para cuatro partidos y después ya se verá dónde puede ayudar en su condición de gran guardián de la llama sevillista, esa que calienta el corazón de Nervión hasta que hierve la sangre roja y esas otras metáforas y sentencias que engorilan al personal. No ha dado aún la primera alineación ni mascado el primer chicle en la banda y el personal ha recobrado la ilusión que le robó el equipo en dos meses ligueros infames.

Cuando pintan bastos, a la gente les gusta el refugio que ofrecen quienes le hablan del escudo, de la fe, de la historia, de la bandera de los padres y abuelos. Y en eso el utrerano es un maestro, porque se doctoró en tiempos en que el patrimonio del club, apuntalado más que presidido por el gran Roberto Alés, sólo contaba con intangibles, tal era el grado de tiesura almidonada que atravesaba la entidad. A ese buen manejo del populismo se une la repulsa que su imagen, por ser quintaesencia del talibanismo blanquirrojo, despierta en la infantería del «siguiente», último término que ha acuñado para nombrar al que será su rival en la penúltima jornada liguera. Otro galón que lleva con orgullo.

Cuesta ser optimista respecto a la repercusión real que pueda tener el técnico utrerano en lo que parece una tarea imposible: ganar cuatro de cuatro cuando no se vence ni en los entrenamientos. Ni sus últimos números en los banquillos hacen pensar que tenga una fórmula magistral con la que solucionar la falta de solidez del grupo ni resulta creíble que pueda inyectar carácter en gente como Nzonzi o Correa o Vázquez, por mucho que los mire a los ojos y les transmita que mejor ni parpadeen si quieren jugar. Convocatorias para entrenar a chicos del filial como Pozo o Lara se inscribirían en ese intento de zarandear el orgullo de los profesionales. Sin embargo, echar mano de los «maltratados» por Montella, los Sandro, Roque Mesa, Ben Yedder, sí puede valerle. Están descansados, tienen fútbol y ganas de demostrar que el italiano fue un chufla con ellos.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla