Enrique Montero agradeció la concesión del X Dorsal de Leyenda del Sevilla FC (Foto: SFC)
Enrique Montero agradeció la concesión del X Dorsal de Leyenda del Sevilla FC (Foto: SFC)

Kintsugi al fútbol de leyenda de Enrique Montero

El portuense, lesionado de gravedad en el Trofeo Carranza de 1981, se une a ese elenco de antiguos jugadores que forman parte del mejor cahíz de Nervión
Por  9:46 h.

Los japoneses llaman kintsugi al arte de reparar la cerámica rota con vetas de oro, plata o platino. Una forma bellísima de realzar el valor sentimental de los objetos, de dimensionarlos vivencialmente, de exponer de manera pública lo mucho que significa para su dueño aquel cuerpo lleno de cicatrices de metales preciosos. El 29 de agosto de 1981, al Sevilla Fútbol Club le rompieron uno de sus bienes más preciados, el fútbol de orfebrería que tenía en Enrique Montero Rodríguez, portuense de la cosecha del 54, a su representante más preciado. Treinta y seis años ha tardado el club blanco en reparar aquella catástrofe. Ayer, Enrique recibía de manos del presidente Pepe Castro el X Dorsal de Leyenda de la entidad, oro puro de afecto sevillista, uniéndose a ese elenco de antiguos jugadores (Juan Arza, José María Busto, Marcelo Campanal, Ignacio Achúcarro, Antonio Valero, Paco Gallego, Enrique Lora, Curro Sanjosé y Antonio Álvarez, ahí es nada) que forman parte del mejor cahíz de Nervión.

Hace unos años, escribí un relato sobre aquel triste partido contra el Palmeiras en el Ramón de Carranza en el que Montero cayó lesionado. Buceando entre revistas deportivas brasileñas reconstruí, esta vez sin metales nobles, la vida del defensa brasileño que horas después de serle anunciado al portuense su fichaje por el Fútbol Club Barcelona, borró la sempiterna sonrisa del siempre añorado Antonio Leal Graciani al anunciar que el sevillista sufría la temida triada, la lesión de ligamentos que más futbolistas ha retirado de la profesión. Se llamaba José Fernando Polozzi y, al igual que pasó con Enrique a partir de aquel dramático minuto 67, sus mejores momentos en el fútbol estaban ya lejos de repetirse.

Los que lo vimos en el césped no podremos olvidar nunca la clase del portuense. Tan dados a las etiquetas como somos, muchos lo nombran como ejemplo de la escuela sevillana, pero uno siempre lo vio como una ola de La Caleta, que es plata quieta, en memorable descripción de Antonio Burgos. Quieto regateaba, que yo lo vi. Una pena que él no viera llegar la ola criminal del hijo de don Alceu y de doña Beneditta aquella noche del Trofeo Carranza.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla