Mosquera

Por  22:50 h.

Se ha convertido, bien que a su pesar, en el hombre de la semana sevillista, restándole protagonismo a otros como el afinadísimo Luis Fabiano (por fin la versión más genuina del paulista) o Daniel Alves (Crespo evita reírse porque se le saltarían los tornillos y las placas del malar cuando comprueba cómo Competición castiga las palabras con la misma desvergüenza con que absuelve los codazos), que destacaron en lo feliz y en lo triste. Aquivaldo Mosquera y su partido (también vale el diminutivo) en Villarreal centraron el debate de medios de comunicación y de aficionados. Un debate, digámoslo pronto, con mucho fondo porque aunque inicialmente lo que se polemizaba era sólo el malísimo trabajo del colombiano, sus ramificaciones alcanzaron también a la dirección deportiva, que lo trajo, y hasta al presidente, que lo pagó y no precisamente a precio de semana fantástica.

Los fallos de Mosquera en el marcaje a Guillermo Franco en los goles del Villarreal, con ser gruesos (no hay central en España que no agarre a su par y el sevillista ni transformándose en el inspector Gadget lo alcanzaba), no me parecen lo más preocupante de su actuación, porque uno recuerda rachas, y no precisamente cortas, encajando goles a balón parado con Javi Navarro y Escudé de centrales; lo realmente preocupante son los penaltis que comete, tan ridículos que no se necesita ser ni el fantasma de Freud para explicarlos como fruto de un bestial desquiciamiento interior. ¡Mira que es difícil no encontrar una excusa para protestar un penalti! Pues los dos que ha hecho Aquivaldo, a Tozser, del AEK, y Matías González, no admitieron réplica alguna de sus compañeros; el colombiano llevaba la culpa grabada en el rostro. Ni para ilustrar ejemplos de la FIFA sirven, porque faltas así ya no las cometen ni los benjamines.

Parece obvio que al colombiano le está pasando factura tanto viaje para jugar con su selección, su falta de adaptación a un fútbol que se juega a velocidad del sonido respecto al mexicano, la ausencia de complicidad con un compañero fijo en la zaga y el debilitamiento en la autoestima que supone que tu entrenador (Juande) prefiera a ¡Maresca! de central que a ti.

Ya sabemos que puede ser malo a rabiar. Falta por conocer si puede ser bueno de escándalo. Denle cariño, que él ya sabe de sobra que la confianza nadie se la va a regalar. Ésa hay que ganársela.

Redacción

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