Sampaoli da instrucciones en La Rosaleda (Foto: AFP)
Sampaoli da instrucciones en La Rosaleda (Foto: AFP)

Sampaoli, un placebo que indujo a sueños hermosos

Tienen razón, y mucha, los que criticaron su cháchara y doble moral futbolística, pero su discurso caló donde debía, en una plantilla que se sintió capaz de todo
Por  13:33 h.

Hoy, 1 de junio de 2017 en el calendario gregoriano, festividad de San Almaquio, San Frodoberto y San Odilón, entre otros; Día de la Cabra de la Tierra y predominancia del Yin en el calendario chino y al-khamis: 6 Ramadán 1438 en el calendario islámico, a Jorge Luis Sampaoli Moya le van a dar un premio estupendo, su libertad del Sevilla Fútbol Club, comprada al sesenta por ciento por él mismo y el cuarenta restante por una AFA tan tiesa, que de poderla servir a rodajitas le haría la competencia a la mojama de Barbate.

Confieso que si por mí fuese aprovecharía el divorcio para pedirle de nuevo el matrimonio. Conocer la catadura del personaje se me asemeja sólo como un práctico profiláctico que haría menos peligroso relacionarse con él, pero al profesional, al taumaturgo de boquilla, al vendedor de humo, lo firmaba de nuevo con los ojos cerrados. Construyó en cuestión de semanas un Sevilla interesante, lo echó a pelear con los matones de la Liga, hizo creer a los jugadores que eran mejores que el ochenta por ciento de sus rivales y devolvió al sevillista la ilusión por ese fútbol combinativo que siempre fue, cierto que por épocas, una de sus históricas señas de identidad. Nunca sabremos qué podría haber hecho de no tintársele de albiceleste el juicio en el momento más inoportuno de la temporada y haber dejado que el equipo se le descompusiera de manera lamentable.

Tienen razón, y mucha, los que criticaron su cháchara y doble moral futbolística: preconizaba el ataque furibundo pero terminaba defendiendo con uñas y dientes, decía no renunciar al toque bajo ningún concepto pero ganaba con balones largos, juraba fidelidad a unos principios pero si no le venían bien tenía otros, llenaba las convocatorias de arquitectos y luego sacaba a los albañiles. Pero su discurso caló donde debía, en una plantilla que se sintió capaz durante dos tercios de competición de alcanzar cualquier objetivo. Y es que está demostrado que en muchas ocasiones la mente puede más que la química, que el efecto placebo obra con similar eficacia a la del medicamento. Sampaoli fue eso, un placebo extraordinario que hizo soñar al sevillismo sin necesidad de envenenarse con psicotrópicos.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes ABC de Sevilla