Sin cena, sin Copa

Por  20:50 h.
Lo malo que tiene el comerse un león vivo es que mientras masticas el felino araña y puede suceder, si no se elige bien el solomillo, que apenas lleve uno tres bocados y sólo te quede la mandíbula porque el resto esté ya debidamente loncheado. Eso le pasó al Sevilla ayer en San Mamés, que a los cuatro minutos de juego estaba poco menos que envasado al vacío mientras que el león se relamía tronchado de la risa.
No hay que haberse leído ningún tratado futbolístico para saber que la mejor forma de detener a un equipo que sale en tromba es quitarle el balón, escondérselo, porque entonces la cosa deja de ser fútbol para él y se convierte en atletismo. El Sevilla no lo supo hacer. No tiene calidad para ello. Goza de muchas virtudes, todas ellas emparentadas con el marcador —menos ayer, en la Copa, donde es lo único que vale—, pero Jiménez se ha cepillado la mecánica y rutina que conducía al buen juego.
No es extraño que el Athletic se le convirtiera en un vendaval que arrasó a los blancos desde que Llorente le robara la cartera a Fazio en la primera jugada a balón parado que hubo, un miserable saque de banda que Caparrós convirtió con su estrategia en un fusilamiento sumarísimo a Palop, héroe en la noche más aciaga.
Faltó, sí, el fútbol y sobraron los ridículos. Como el trabajo encomendado al argentino, que tenía que estar en todos lados y no estuvo en ningún sitio. El arma secreta devino en artilugio propio de Mortadelo y Fazio fue sustituido, mientras se dejaba en el campo a David Prieto, que redondearía su calamitosa actuación regalando al rival un gol de chiste.
Hoy habrá quien se acuerde de un Mejuto colaboracionista por no pitar el penalti que le hizo Ocio a Squillaci o por su caserismo servil. Yo no. Yo me acuerdo de un equipo que jugaba como los ángeles. El que nunca habría sido humillado en San Mamés.
Redacción

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