Cuarto de maravillas

Lo que no cuentan las revistas de decoración sobre las cenas de familias numerosas

  • Estilo de vida
  • HACE 11 meses, 15 días

La realidad de una comida navideña para más de 40 personas. ¿Cómo decorar? ¿Qué poner para comer y sorprender?

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En España todo lo celebramos alrededor de una mesa. Aniversarios, bautizos, bodas, y cómo no, las fiestas importantes de la Navidad. Aunque entre los más jóvenes empieza a ser frecuente acudir a un hotel, casa rural o similar, lo más normal sigue siendo reunirse todos en la casa de los padres o de algún otro familiar que se preste.

Por eso, todas las revistas de actualidad, decoración, cocina y demás, dedican muchas de sus páginas a la decoración de las mesas. Platos de porcelana fina (¡ay como se rompan!), fuentes pintadas a mano (que nos han costado un dineral), cuberterías de plata (que se estropean en el lavavajillas), cristalería de vidrio coloreado (por supuesto para lavar a mano), manteles de hilo bordados (con lo difícil que es quitar las manchas de tinto y lo que se tarda en planchar), flores frescas para decorar (tras una bronca con tu marido porque no quería ir a la floristería a recogerlas)…

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¡Y qué decir de los menús! Yo tenía como uno de mis ídolos a una amiga que no tiene ni idea de cocina pero organiza unas cenas maravillosas porque sabe rodearse de ayuda cualificada; y cuando llegan los invitados, ella está arreglada y lo suficientemente descansada para atenderlos con la mejor de sus sonrisas –en lugar de estar, como me suele ocurrir a mí, todavía con el delantal y sin rímel- ¡Pues ahora eso no vale! Si no has sido capaz de emular a Jordi Cruz en el segundo plato o a Samantha en los postres, no estás en la onda. Y como a algún comensal se le ocurra preguntarte por la receta – al menos uno seguro que es fan del canal cocina o Masterchef- y no seas capaz de responder coherentemente, tu prestigio se verá arrastrado por los suelos.

Hace dos semanas os enseñé las mesas que me encantaría poner en Nochebuena y Navidad. Pues bien, hoy os voy a contar lo que de verdad hice, teniendo en cuenta que estaba en el campo y éramos 34 personas para cenar y 43 para almorzar al día siguiente. Ni vajilla de Limoges, ni cristalería de Bohemia, ni cubiertos de plata. Unos sencillos platos blancos en la mesa de los mayores y una vajilla de duralex, usada mil veces por dos generaciones antes de la mía, en la de los jóvenes. Manteles los únicos que tengo del tamaño de las mesas, confeccionados con una tela de algodón de Galerías Madrid con motivos de hojas. Servilletas de papel y cubiertos variados.

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Como pongo la mesa por la mañana, tranquila antes de que empiecen a llegar todos, tengo tiempo de dar un paseo por el campo con idea de encontrar algo con lo que decorar un poco (¡lo que echo de menos a las chicas de Búcaro!) Recojo unas piñas del pinar plantado por mi suegro hace muchos años, pero hace frío en Extremadura y no hay ni una flor silvestre (bueno, unas adelfas, pero no se trata de envenenar a la familia). Finalmente arranco un poco de romero rastrero que tiene unas preciosas e insignificantes florecillas azules -además huele estupendamente- y lo coloco en unos tarros de conserva a los que le ato un poco de cuerda. En otros botes de cristal más pequeños añado tierra para sujetar unas velas con las que dar algo de calidez a la mesa. Y termino poniendo algo de brillo –¡es Navidad!- con unas sencillas bolas de purpurina en distintos tonos de oro.

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Para terminar la confesión, os diré que no hice esferificaciones de Módena para aliñar, ni utilicé hidrógeno líquido para hacer un soufflé de chocolate, ni siquiera flambeé la carne. De aperitivo hubo queso de cabra extremeño, jamón ibérico de Señorío de Montanera, salchichón y chorizo tiernos de matanza y gambas de Huelva. El primer plato fue una sopa de picadillo que me hicieron en el pueblo (en una de esas cacerolas cuarteleras); el segundo fue una pata de cerdo deshuesada que horneé la mañana anterior, acompañada de salsa al whiski (¿sabéis que se hace con cognac?) y salsa de manzana con orejones y ciruelas; y de postre, turrones traídos de Valencia y polvorones del Horno de la Merced.

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Una familia numerosa, la chimenea encendida, regalos de amigo invisible, juegos de averiguar palabras con mímica y muchas risas… ¿quién necesita porcelana francesa?

PD. Por si os interesa la receta de la pata de cerdo al horno, ahí va: atamos la pata deshuesada para que no pierda la forma y la dejamos macerando la noche anterior con ajo, cebolla troceada, zanahoria, las especias que os gusten (yo usé laurel, tomillo, pimienta negra en grano y sal) y abundante vino de Jerez (me permití el lujo de que fuera 10RF). Al día siguiente, la embadurné de mostaza de Dijon y la metí en el horno a 180 grados durante tres horas y media (yo calculo aproximadamente veinte minutos por kilo… mi pata era enorme), remojándola de vez en cuando con el líquido de maceración y la verdura. Para la salsa de manzana rehogué cebolla dulce y le añadí manzana reineta para que cociera. Se tritura todo y se une al jugo que ha soltado la pata al cocer. Orejones, ciruelas pasas y nueces al gusto… ¡y ya está!
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