Por qué leemos lo que leemos

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  • HACE 1 mes, 19 días

Nuestra blogger habla de los cuatro libros que la han acompañado en sus vacaciones de verano, casualmente cuatro voces femeninas

¿Qué nos hace elegir un libro y no otro? ¿El título, la portada, el autor, el tema? ¿Nuestro librero de confianza? ¿Una amiga con gustos parecidos a los nuestros? ¿El suplemento cultural de un periódico? Os cuento lo que suelo hacer yo: normalmente elijo libros de autores a los que ya he leído, así sé de antemano el tono de la escritura, la forma de utilizar el lenguaje, independientemente de que la historia cambie; y cuando decido salir de ese territorio conocido procuro seguir las recomendaciones de dos o tres amigos que no fallan, me podrá enganchar más o menos, pero nunca me arrepiento de haber leído.

Pero este verano no sé lo que me ha pasado. De verdad. No tengo ni idea de por qué me he llevado de vacaciones estos cuatro libros. Podría deciros que he tomado la decisión de leer a mujeres importantes, relacionadas con la cultura anglosajona, de distintas generaciones. Pero no es cierto. Tampoco ha sido un flechazo de la portada, porque tenía poco espacio en la maleta y elegí formato ebook -con lo que desconozco el color del libro, no son objetos individualizados-. La verdad es que los tenía apuntados en una lista que fui haciendo en el mes de julio, tal vez recomendaciones de instagramers, tal vez de algún cultural… no me acuerdo. Pero, aunque no son libros que me hayan hecho pasar un buen rato, ninguno me ha dejado indiferente. Os los presento por orden de antigüedad.

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«La Balada del Café Triste», de Carson McCullers. Escritora nacida en Georgia en 1917, fallecida en Nueva York en 1967, es un clásico de la moderna literatura sureña junto a Faulkner, Tenesse Williams, Capote, etc. Escritora precoz, durante su infancia se le graban escenarios, imágenes y figuras que serán recurrentes en su narrativa: polvorientos cafés en pueblos castigados por un sol abrumador, personajes solitarios, inadaptados y al margen de la ley, mujeres de atribulada sexualidad… En La Balada del Café Triste nos cuenta el triángulo amoroso entre la señorita Amelia (mujer andrógina, tosca y taciturna), el primo Lymon (un enano jorobado que aparece de la nada y se instala con ella) y Marvin Macy (ex presidiario que estuvo casado diez días con Amelia). Todos personajes bastante patéticos. Los sentimientos de unos y otros se dejan entrever sutilmente a través de su comportamiento, de manera distante, como si fuéramos unos observadores ajenos, pero nos va atrapando y nos va haciendo sentir la angustia, expectación, desesperanza, decepción, furia y ansiedad de cada uno de ellos. Un libro de una gran sutileza estética, magníficamente escrito.

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«El Cuento de la Criada», de Margaret Atwood. Nace en Canadá en 1939. Profesora de literatura inglesa en distintas universidades, es autora de más de 20 novelas, cuentos, poesía y crítica literaria. En 2008 recibe el premio Príncipe de Asturias. Escrita al inicio de los años ochenta –la autora en esa época vivía en Berlín Occidental- narra una trama inquietante: un golpe de estado de unos políticos teócratas que someten a la población en un país con enormes dificultades para procrear por los altos niveles de contaminación. Especialmente cruel es el papel asignado a las mujeres, que son utilizadas como objetos categorizados por su función en esa sociedad “ideal”. Atwood afirma que «habiendo nacido en 1939 y teniendo uso de razón en la II Guerra Mundial, sabía que los órdenes preestablecidos pueden desaparecer de la noche a la mañana y el cambio puede ser rápido como un relámpago. Cualquier cosa podía pasar en cualquier sitio dadas las circunstancias». Un libro duro, de sesgo feminista, que supone una sacudida de las adormecidas y acomodadas conciencias occidentales. Escrito hace más de treinta años y de plena actualidad.

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«Más allá del invierno», de Isabel Allende (Perú, 1942). Narra también un triángulo de personas desarraigadas y con un gran bagaje de sufrimiento a sus espaldas, pero, a diferencia del pesimismo de McCullers, descubren un verano en su interior, una esperanza de amor y solidaridad. Con claros tintes autobiográficos, describe el amor maduro entre dos sesentones, inmigrantes y profesores de universidad, que ven sus destinos unidos por un incidente fortuito (que dicho sea de paso, da un poco de diversión a la trama un tanto aburrida).

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«A Contraluz», de Rachel Cusk. Canadiense, como Atwood, pero nacida en 1967, es una escritora radical que prescinde de la narradora y construye una no-trama a través de las historias de personajes adyacentes a la protagonista: una mujer recién separada que viaja de Londres a Atenas para impartir clases de literatura. Un extraño compañero de vuelo, una escritora lesbiana amiga de una conocida, un profesor de literatura, los alumnos… todos van dando testimonio de sus fracasos matrimoniales, de sus relaciones paternofiliales, de sus sentimientos más íntimos, como si fuera infinitamente más cómodo confesarse con un desconocido al que nunca más se volverá a ver. Extraña de leer, carece de estructura, de argumento y casi de protagonista, y resulta de una provocación innegable en la que se confunde y mezcla la soledad, la maternidad como pérdida de la propia identidad, la escritura, el desengaño… Sin embargo, acaba resultando perturbadoramente atractiva.

Una norteamericana sureña bisexual de la primera mitad del siglo XX, una activista canadiense, una latinoamericana de corazón estadounidense, otra canadiense rebelde y provocadora… ¡Vaya verano que llevo! Me voy corriendo a comprar la última de Andrea Camilleri… ¡un latino al que le gusta comer bien y desenmascarar a los malos! ¡Hombre y sin complicaciones!

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