¿Quién cambiaría visitar dos museos por pasear por un mercado?

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  • HACE 1 mes, 19 días

La pasión de nuestra blogger por los mercados es evidente en su nueva visita, esta vez al de las Atarazanas de Málaga

Un viaje inesperado de dos días a Málaga. Me alojo en el AC Hotel Málaga Palacio, en una bonita habitación con vistas al puerto. Voy a tener toda la mañana libre, sin compromisos, para hacer lo que me apetezca de verdad. Dudo si quedarme en la piscina de la azotea, pequeña pero con una panorámica inmejorable de toda la ciudad: el mar, la Catedral, el Castillo de Gibralfaro, los tejados nuevos y viejos de los edificios. Me imagino a mí misma con un café con hielo, mi libro de Foenkinos y Málaga a mis pies. Apetecible, ¿verdad? Aunque la temperatura es buena a esta hora de la mañana y me da cargo de conciencia no dar una vuelta por los museos malagueños. ¡Me tengo que echar a la calle!

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Subo por la calle Molina Larios con la intención de dirigirme hacia el Museo Carmen Thyssen que tiene una exposición sobre pintura realista que me apetece ver. No he mirado en el plano la dirección exacta, quiero llegar callejeando y palpar un poco de la vida de esta ciudad activa y cosmopolita, qué gente hay por la calle, qué comercios, qué bares. En algún momento he cruzado la calle Larios, que sube peatonal con sus toldos impecables, y me encuentro en la calle Atarazanas. Un edificio de curiosa arquitectura, mitad industrial, mitad mudéjar, me llama la atención. Es un mercado. Tengo que entrar.

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Se encuentra en un solar que estuvo ocupado por unos astilleros nazaríes en el siglo XIV, y que los cristianos transformarían en almacén, hospital y cuartel. En 1870 se demolió, aunque se salvó la puerta monumental. Joaquín Rucoba, arquitecto municipal, diseñó el edificio, de estilo neo-mudéjar pero añadiendo hierro y vidrio a gran escala. Son tres espacios bien diferenciados: a los lados dos cuerpos idénticos con armazón de hierro formando arcos polilobulados y cubierta doble de teja bicolor, y en el centro una puerta de sillares con un arco apuntado central, cornisa decorativa y ventanas de herraduras, que da paso a la zona intermedia, de techo más alto y cubierta de vidrio. Cada una de esas zonas corresponde a productos hortofrutícolas, pescados y carnes.

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Una vez dentro llama la atención la inmensidad del espacio, la altura de techos y el colorido de los puestos. Pero, sobre todo, me asombra la cantidad de gente que hay. Me paro en unos de los puestos de variedades: aceitunas de diversas procedencias, banderillas, anchoas, unos dátiles de aspecto impresionante, unos recipientes con lomo ibérico en manteca colorá, chicharrones y zurrapa. «Mira, pruébalo, ¡verás que bueno!». Carlos Cáceres me cuenta que es de Cádiz, aunque está muy contento en Málaga, que está muy cuidada y que desde la reforma del mercado en 2010 ha aumentado la venta el cien por cien. Me da a probar una aceituna aloreña y seguimos hablando mientras despacha a extranjeros con mochila y señoras locales con carrito de la compra. De vez en cuando interrumpe la conversación para dirigirse a algún turista despistado -o listillo- que coge una aceituna del recipiente grande: «Perdone, para probar están las del cuenquito». Me recomienda tomar una cerveza en el bar «El Yerno» antes de irme y pasearme por los puestos de pescados grandes.

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En el espacio central, muy luminoso, las calles están repletas de pescaderías: unas especializados en pescados pequeños, otras de pescado grande, alguno de concha, otros de mariscos. «¿Puedo hacer una foto a estos pescados, que tienen muy buena pinta?» «¡Anda que tú!», me contesta con gracia; y yo tan contenta por el piropo.  Joaquín me cuenta que hay mucha variedad de pescado, alguno de Málaga (más bien los jureles, boquerones y demás pescado pequeño), pero también de cualquier otro sitio: Marruecos, Cádiz, Conil, Galicia, etc. Lo que sea para satisfacer la amplia demanda.

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Manuel Belman regenta un puesto que da gloria ver: lubinas, urtas, corvinas, lenguados… todos de un tamaño incompatible con las piscifactorías. Maud, una señora francesa cliente habitual, traduce a un chico joven con mochila: «Manolo, lo que quiere es algún pescado para tomar crudo», y sigue charlando con él del próximo indulto de Jesús El Rico, el uno de julio -para compensar el que no se indultara en Semana Santa- que harán sin trono, con una comitiva más pequeña, en la que saldrá Manuel.

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La tercera zona, la de productos cárnicos, también está atiborrada. La mayoría de las carnicerías tienen nombres propios: Ricardo, Antonio, Juan, Ramón, Jesús. Todo un santuario bien surtido de carnes variadas, incluso halal (aceptada por la ley islámica). Porque este Mercado Central tiene toda clase de clientes, muchos de gran poder adquisitivo. También para los que no quieran meterse en la cocina: un puesto enorme de platos semi preparados -flamenquines de ibérico, croquetas de más de diez variedades, queso empanado, mejillones tigre, cachopo, etc.- Marcos lo fríe para los extranjeros que lo quieran llevar y también prepara platos en un horno de leña (hoy tienen una pierna de chivo y está a punto de meter una fuente con presa rociada con oloroso, sal, pimienta, romero, limón y un poquito de aceite de oliva).

Me llevo una alegría cuando veo que «El yerno» es un bar de tipología clásica, como los de toda la vida, nada que ver con los gastrobares que parecen haber tomado la mayoría de mercados. Tapitas, mariscos, ensaladilla, etc. junto a la Panadería y Confitería Nuestra Señora del Socorro.

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El exterior del mercado está lleno de bares, de locales con comidas preparadas para llevar, de congelados, de tiendas de menaje de cocina. Me sorprende que apenas hay personas pidiendo, una imagen habitual en otras ciudades.

Una llamada al móvil me interrumpe: «Te recojo en diez minutos en la puerta del hotel». A quien se le diga que he cambiado dos museos por un mercado…

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