Empezar la Navidad con una zambomba en Sevilla

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  • HACE 6 días

¿Cómo son estos espectáculos flamencos? Nuestra blogger asiste a la del maestro Juan Tejero en el Casino de la Exposición

Es uno de los primeros días de frío del año. Grupos de amigas se reúnen en los bares de alrededor del Teatro Lope de Vega. Se conocen casi todas aunque sea de vista, no en vano ésta es una ciudad de provincias y todas son aficionadas a las bulerías. Unas son alumnas de Jessy, otras de Mónica, de Ana, de Salomé, de Lola, aunque la mayoría son de Juan Tejero, que por algo hoy es su zambomba. Hay expectación y una copa de vino con compañeras es lo mejor para ir preparando el ambiente y aplacar los nervios. «¿Tú vas a bailar?» «¡Si hombre, delante de 200 personas ni loca!»- oigo mientras me tomo un café de última hora en La Raza, esperando que abran la puerta del Casino de la Exposición. Juan, de negro riguroso con chaqueta blanca, asoma por detrás de la reja de entrada al bar; aunque tiene muchas tablas, se aprecia en su cara un poco de nerviosismo. Es un día importante.

Cuando entro a la zona acotada del Casino ya están ocupadas la mayoría de las sillas, colocadas en abanico alrededor de un espacio vacío, semicircular, que da miedo solo de verlo. Una de mis amigas, espabilada, coge unas banquetas de la barra cercana y las coloca al fondo, junto a un cámara de Canal Sur. Un lugar privilegiado para observar tranquilamente lo que allí va a pasar, sin la presión de estar demasiado cerca, más testigo que partícipe.

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Poco a poco van tomando asiento el elenco de artistas elegidos -son su clan, su familia- por el maestro Tejero: una gitana añosa con su pelo recogido, mantón al hombro y las manos en las rodillas, con esa forma tan característica de sentarse que tienen las señoras de edad; a su lado dos jóvenes guapas, un chico alto y grande, otra joven de pelo recogido y el guitarrista. Cuidando el aspecto, porque son artistas y el respeto al público incluye dar lo mejor de uno mismo. La Tata Yoya, como la presenta con cariño y admiración el maestro, tiene cara de curiosidad pero sin asomo alguno de nervios: está a gusto, rodeada de su gente, un poco de vuelta. ¡Lo que no habrán visto esos ojos!

De pronto un silencio como sólo saben hacerlo en Sevilla –a Curro, al Nazareno- y Juan recita, más que habla, deseos de paz, de perdón, de humildad. La joven morena que viste de negro se levanta de la silla, camina despacio, alza su cara guapa y empieza a cantar un villancico flamenco con una voz preciosa, clara y dulce, que modula a su antojo. Nos eriza los vellos y nos deja el alma en carne viva con una canción triste cargada de esperanza. El cámara y yo nos miramos. –«No me quiero ir»- dice apesadumbrado porque tiene que entrar en el programa de noche. Le da tiempo aún de escuchar el villancico que canta con las entrañas el joven: «A la puerta de un rico avariento llegó Jesucristo y limosna pidió, pero el rico en vez de darle limosna los perros que había se los achuchó…» , los Campanilleros de Manuel Torre, de 1929. Siguen con otros del repertorio jerezano y gitano que popularizaran la Paquera, el Torta, etc. «Viva el Niño Dios y viva tu mare que te parió»… «Calle de San Francisco que larga y serena»… Entremedias, el maestro Tejero, maestro también en el arte de medir los tiempos, va dando pinceladas, pequeñas explicaciones de cómo son –y cómo eran- las Navidades gitanas de Jerez. La Tata apostilla, como si de una conversación entre ellos se tratase, como si estuviesen solos, y son momentos de sonrisas, de complicidad, de ternura. Cuando la gitana se arranca a dar una pataíta el público se vuelca, no se puede tener más gracia haciendo menos, moviendo una muñeca o colocándose los pulgares en las axilas. Dando una lección de cómo se baila en su tierra.

Cantan todos juntos, los bailaores, los cantaores, el guitarrista, incluso alguna espectadora que se sabe esas letras del pueblo… «Mariquilla cierra la ventana…». El ambiente está caldeado y no se echa en falta la hoguera ni el anís.

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Poco a poco se va dejando paso al baile. Y ahí vuelven los nervios, que el listón está muy alto y hay que templar con el cante de la plazuela. Una morena racial, con vestido largo ajustado a sus curvas  y descalza, baila al cante un cuplé – «el año entrante ya no voy a ser tu amigo…»- y sus manos vuelan a una velocidad de vértigo mientras sus pies descalzos se clavan con peso en el suelo. ¡A ver quién baila ahora!, pienso. Pero me equivoco. Porque sin prisas, sin amontonarse y sin incómodas esperas, van saliendo una alumna tras otra en una demostración sorprendente de cómo se puede aprender a bailarle al cante, escuchando, parándose antes doscientas personas a recoger un momento de pellizco, a hacer un desplante. En ese semicírculo del miedo, bajo lámparas de araña, en la zona acotada -¡qué bien medido el espacio!- del Casino, pabellón de Sevilla en la Exposición Iberoamericana de 1929.

Salgo con el eco de un cuplé repitiéndose en la cabeza, ¡qué suerte la mía! Sé que he disfrutado de un momento único, de un espectáculo muy trabajado, que son los que resultan naturales. En el que nada sobra y nada falta, con equilibrio: el espacio, las voces y complicidad de los artistas, la proporción entre villancicos y baile, entre zambomba y espectáculo, la duración del descanso, los bailes de alumnas antiguas y la savia nueva.

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Foto: Isabel Letrán

¡Ole tú, Juan, maestro de medir los tiempos en el arte!

Los artistas son Juan Tejero, Irene Carrasco, Tamara de Tañe, Juanillorro Carpio Heredia, Sandra Rincón, Antonio Malena hijo y la Tata Yoya.

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