¿Qué se ve cuando paseas por la orilla del Guadalquivir?

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  • HACE 5 meses, 29 días

Puede ser toda una experiencia sociológica si analizas los personajes que habitan esta zona de Sevilla

Salgo de casa un día cualquiera del mes de abril, sobre las 6:00 de la tarde. Todavía el calor es soportable y tengo la intención de andar rápido durante una hora y media para hacer algo de ejercicio, que pronto está el verano aquí y hay que intentar ponerse en forma. Cruzo el puente y accedo al paseo del Marqués de Contadero. Me sigo sorprendiendo de que la Torre del Oro lleve ahí más de ocho siglos. Me pregunto qué edificios de los construidos en la actualidad vivirá tanto tiempo. ¿La torre Pelli? ¿Las setas de la Encarnación?

Unos jóvenes en bañador se tiran de cabeza en el agua, dándole la espalda a la historia, sin importarles lo contaminada que esté ni que los barcos estén atracando y desatracando a menos de diez metros.

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Ando con dificultad por los adoquines gastados (no solo en Roma hay sanpietrini) e intento acercarme lo más posible al carril bici, tan planito. ¡Cuidado! Las bicis son las dueñas de esta ciudad, también en el río. Así que vuelvo a los adoquines.

Nada más pasar bajo el puente de Isabel II el pavimento cambia y el panorama también. Ya no son sólo biciclistas o gente que hace ejercicio, ahora hay otra fauna. Grupos de chicos con cachimbas o pipas de agua, pasándoselas de unos a otros. O bebiendo de una litrona sin más. Algunos sin camiseta, luciendo tatuajes. Bajo un sauce, unos muchachos de piel morena cantan algo parecido a una rumba acompañados de una guitarra. Bicis tiradas alrededor, patines y patinetes también usados como medio de transporte para llegar a su particular Parnaso. ¿Qué son sino dioses ociosos? Las chicas también dejan ver mucha piel al aire, las piernas blancas (a las locales les falta poco para que se doren, a las extranjeras –también montones- para que sean coloradas). Incluso las hay con un bikini como única ropa, el resto yace en un montón a su lado, como si de una playa se tratase. Por suerte -no todo está perdido- veo un chico con un libro electrónico.

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Hay botellas vacías de Cruzcampo por todas partes, bolsas de plástico, papeles, envoltorios de hamburguesas o similares, cáscaras de naranja y plátano. Restos y más restos de comida..

En el agua el panorama es diferente. Predominan los deportistas -¡qué contraste!- que se deslizan rápidos en piraguas de uno, de dos o de cuatro remeros (seguro que tienen un nombre cada una de ellas, pero no me los sé). Unos van río arriba, otros río abajo.

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Dejamos atrás las zonas verdes y, con ellas, los dioses del Olimpo y su basurero particular, y de nuevo cambian los personajes. Más ciclistas, algunos vestidos como si se hubieran escapado del Giro de Italia. Remeros que echan al río la piragua desde los almacenes del Club Remo Ciudad de Sevilla. Muchísimos niños en el parque infantil, con un gran barco pirata en el centro, algunos con los padres, otros con los abuelos. Un hombre toca una trompeta detrás de un árbol, medio oculto, para él solo, sin pedir dinero. La melodía suena a blues. Triste. Por el puente de la Barqueta pasa un autobús de Sightseeing repleto de turistas. Unas señoras de cierta edad echan pan a unos patos inexistentes. Un hombre sin camiseta y barrigón hace torsiones de tronco apoyado en las barras de metal para sujetar bicicletas que hay justo debajo del puente (curioso lugar para dejar una bici). Más adelante es el sitio de los pescadores, con sus sillas plegables y los artilugios necesarios para la tarea. De pronto me cruzo con dos patos que nadan, tranquilos e inconscientes, en dirección a las dos señoras. Afortunados.

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El restaurante Barqueta Sevilla parece estar abandonado, a pesar de estar en un entorno estupendo, enfrente de la radio televisión andaluza. En el momento en el que me doy la vuelta un avión vuela justo por encima. La barcaza Luna de la Macarena pasa por delante de las señoras que siguen tirando pan al agua, los patos cada vez más cerca . Un chico de color y con rastas rubias está apoyado en el muro y parece formar parte del graffiti que tiene detrás. Una madre intenta enseñar a patinar a su hija, aunque la niña se empeña en hacerlo justo por encima del bordillo. Toda la ciudad está en movimiento.

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Cruzo por el puente del Patrocinio y disfruto la vuelta por las calles de Triana, eludiendo esa juventud ociosa y sucia. Me viene a la cabeza Lole Montoya: «Sevilla tú no hagas caso de las caricias del río, que el río es galán de paso… Río de mi Sevilla no te entretengas que te espera en Sanlúcar la mar inmensa. Con qué desgana dejarás las orillas de tu Triana».

 

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