Mercado de Triana, cómo adaptarse a los nuevos tiempos sin perder la identidad

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  • HACE 3 meses, 23 días

Paseamos por las posibilidades gastronómicas de este espacio que reúne sushi, paellas, quesos y hasta biblioteca

El cambio en las costumbres a la hora de hacer la compra ha obligado a las plazas de abastos a reconvertirse para no ser engullidas por las grandes superficies. No basta con ofrecer producto de calidad, buen precio y cercanía en el trato. Tal vez eso sea suficiente para las señoras del barrio: que las conozcan, les aseguren que lo que compran es bueno y se lo suban a casa si pesa mucho. También hay que ser capaz de adaptarse a la forma de vida de la gente joven, que a veces prefiere tomarse algo rápido a mediodía mientras aprovecha para hacer la compra para casa, porque ya no son familias tan grandes, las madres trabajan fuera y no siempre merece la pena hacer un potaje.

El mercado de Triana es uno de mis favoritos. No sólo porque vivo cerca y lo frecuento, sino porque me parece un ejemplo de equilibrio entre modernidad y tradición, entre barrio y turisteo. Por haber resistido a las corrientes decorativas modernas y no haber perdido su esencia. Ni su principal función: abastecer de productos frescos a las familias del barrio. Pero adaptándose a las nuevas exigencias de un público más variado, en el que abundan los extranjeros que no quieren irse de Sevilla sin pasear por uno de sus barrios más auténticos.

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En los dos años que han pasado desde que le dediqué una entrada han cambiado algunas cosas, que os cuento hoy. La arquitectura y configuración sigue igual, con los módulos separados por pilares y la decoración de cerámica trianera en azules y amarillos. Aunque ahora hay unas barras con taburetes altos en las zonas centrales, alrededor de las cristaleras, en lugar de los bancos de hierro, como un espacio de todos y de nadie que ya nos insinúa que podemos pedir viandas en distintos puestos y tomarlas allí. Como los mercados gourmet pero sin lámparas de diseño. Sin tonterías. Al grano.

Siguen existiendo la mayoría de los puestos, aunque ya no veo el del señor mayor que tan sabiamente identificó lo que yo necesitaba -y no era consciente-. Sigue en su esquina central el maravilloso comercio de legumbres y especias, las fruterías con tomates de Conil o de Los Palacios, de tagarninas y trigueros, y las pescaderías o carnicerías de toda la vida. Y los ultramarinos que exhiben quesos, embutidos, encurtidos y demás productos elaborados. Pero hay negocios nuevos, como una escuela de cocina, («cooking school», se ve que enfocado a los foráneos, que las señoras trianeras cocinan muy bien) y propuestas curiosas, como una biblioteca itinerante de intercambio de libros, con el aviso de «se ruega que una vez leídos se devuelvan para que otras personas puedan disfrutar de su lectura».

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También se han abierto otros bares, que se suman a los de siempre con cabeza de toro disecado y carteles de La Maestranza. El de sushi ya es un clásico (a pesar de que el cocinero japonés no sonría aunque se lo mande el médico) y nunca decepcionan las ostras. Pero hoy os quiero contar mi elección para salir de ahí con la barriga llena y el corazón contento, porque también en la Sevilla tradicional se puede comer de maravilla sin dejarse un platal. ¡Turistas, tomad nota!

Para empezar, propongo hacer una degustación de quesos de la Sierra de Cádiz en la Charcutería Alfredo, uno de los comercios más veteranos de la plaza. Regentado por Alfredo y María Teresa, ahora también les ayudan sus hijos Mari Ángeles, Alfredo y Vanessa, que nos prepara una bandeja para que probemos distintas variedades de quesos payoyos: cabra en manteca, mezcla con salvado (para morirse) y oveja con romero. (el azul que veis en la foto es Stilton inglés, por poner una nota discordante). Los acompañamos con unos picos y unas cervezas del bar de al lado, pues aunque Vanessa nos ofrece una botella de tinto, la rechazamos porque no íbamos a ser capaces de llegar al siguiente puesto que os quiero enseñar: Arrocería Otaola.

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En una de sus mesas con fondo de tablao se puede disfrutar de un arroz abanda, negro, del señorito, con alcachofas y espárragos, paella ibérica, etc. Todos los arroces que se os ocurran. Es aconsejable llamar a Ángel para que reserve una mesa o un hueco en la barra, porque para probar el mejor arroz de la ciudad hay que estar espabilado.
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No se me ocurre mejor forma de acabar que con un café y un dulce en Bocasú, de Manu Jara, francés afincado en Sanlúcar la Mayor. Con un curriculum impresionante en el que destaca su paso por restaurantes con estrellas Michelín y su labor docente, sus creaciones de autor y de pastelería francesa están elaboradas siempre con ingredientes de máxima calidad. Pero es que, además de buenos, son preciosos: ¡fijaos en la huevera para llevar!. Está en el módulo número 5-6 del mercado y al mediodía solo cierra de 14 a 15 horas. ¡No os lo podéis perder!
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Os dejo la página del mercado para que podáis consultar comercios, horarios y actividades.

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