Valery Hache

El divorcio más caro se salda con la venta de un Da Vinci

El magnate ruso Dmitry Rybolovlev saca a subasta el icónico lienzo «Salvator Mundi» para sanear sus cuentas

MadridActualizado:

Dmitry Rybolovlev (Perm, Rusia , 1966) forma parte de esa casta de avispados rusos que amasaron una ingente fortuna tras la caída de la Unión Soviética, aprovechándose de sus vastos recursos naturales y a la sombra de Boris Yeltsin, que les dejaba hacer y deshacer a su antojo. Muy introvertido y siempre con la mirada perdida, Rybolovlev apenas se ha prodigado en fiestas bañadas en champán caro y caviar ni le gusta demasiado figurar. No obstante, y siempre en contra de su voluntad, ha copado titulares y portadas derivadas, cómo no, de su tren de vida y sobre todo, de su tumultuoso divorcio de Elena Rybolovleva, que se convirtió en el más caro de la historia.

Ayer su nombre volvió a colarse en los medios tras anunciar que saca a subasta una de las joyas de su valiosa colección de arte; el óleo «Salvator Mundi», de Leonardo da Vinci. Considerado como el mayor redescubrimiento artístico del siglo XXI, es una de las menos de 20 pinturas atribuidas a Leonardo y la única en manos privadas. Saldrá a la venta el próximo 15 de noviembre en la sala Christie’s de Nueva York y está valorada en unos 85 millones de euros.

Una cantidad nada desdeñable con la que pretende sanear sus cuentas tras la «mordida» que supuso su divorcio. En mayo de 2014, el Juzgado de Primera Instancia de Ginebra le condenó a pagar 3.200 millones de euros a su exmujer. Tras múltiple recursos, logró rebajar la astronómica cifra, que suponía casi la mitad de su fortuna (puesto 190 en la lista «Forbes) y que se conformara con «sólo» 564 millones.

La expareja se conoció en la Facultad de Medicina de Perm donde ambos estudiaban. En aquella época, él aún no era más que un alumno, de ambición desbocada que posteriormente daría el pelotazo con la explotación de minas de potasio. Pero no puede decirse que a Elena la cortejase a golpe de talonario, puesto que en aquel entonces su economía no era boyante. En 1987 sellaron su amor con una discreta boda en Chipre y, ocho años más tarde, se instalaron en Ginebra, en plena campaña contra los oligarcas. En 1996, Dmitri pasó 11 meses entre rejas acusado de haber ordenado la muerte del dueño de la empresa con la que competía en el mercado de fertilizantes. Fue exonerado después de que el único testigo se retractara. Fruto de su matrimonio nacieron dos hijas de rostro angelical y ojos azules, heredados de su madre; en 1989 llegó al mundo Ekaterina y en 2001, Anna. Su custodia y el finiquito económico se convirtieron en el principal escollo de su batalla legal. En 2008, Elena le pidió el divorcio por las supuestas infidelidades de él y prendió la llama de una «guerra despiadada», en palabras de la prensa rusa, que se prolongó durante seis años.

Batalla legal

El juego sucio del que ambos participaron se recrudeció tanto que ella pasó varias noches en el calabozo, víctima de una «zancadilla» tendida por su ex: en febrero de 2014, fue detenida en el aeropuerto de Larnaca, Chipre, acusada por el oligarca de haber robado un anillo con diamantes, valorado en entre 25 y 50 millones de euros. La liberaron al demostrar con la factura de compra que el anillo había sido un regalo de su marido.

El magnate trató de comprar a sus hijas agasajándolas con todo tipo de caprichos. Desde el apartamento más caro de Nueva York, por el que desembolsó 88 millones de dólares a un testaferro, a la isla griega de Skorpios, que había pertenecido a Aristóteles Onassis.

El mismo año en que su mujer le pidió el divorcio, puso tierra de por medio y se exilió en Mónaco, lejos de todo lo que le recordara a ella. Se instaló en un impresionante ático de 1.600 metros cuadrados con vistas panorámicas al puerto monegasco de Hércules. Comenzó a frecuentar los círculos del poder y a codearse con el Príncipe Alberto de Mónaco, que dio el empujón definitivo a la compra del equipo de fútbol monegasco. Pero a pesar de sus múltiples propiedades, inversiones y transacciones, no parece haberse recuperado del todo de su peor negocio: su matrimonio. Comienza ahora a sacrificar su colección de arte.