Miles de personas asistieron a la inauguración de La Feria de Abril de Sevilla - EFE/Raúl Caro

Feria de Abril de Sevilla 2018: Queda proclamada la república independiente de Sevilla

Esta Feria, que nace un 14 de abril, reúne muchos indicios para consagrarse como la de la recuperación. Anoche no se cabía cuando se hizo la luz

SEVILLAActualizado:

La mejor manera de empezar esto no es con pescao frito, sino con los Romeros de la Puebla, que anoche estaban susurrando bajo la portada del Mercantil la sevillana más sevillana: «¿A dónde estaré, Dios mío, la próxima primavera?». Esto funciona así. Esta Feria ya es historia. Se termina, como todo en Sevilla, cuando se enciende el Alumbrao. Fin. Una vez que se pisa el albero, se acaba la vida. Y empieza otra vez el anhelo. Por mucho que se empeñe el casetero de Juan Belmonte que ha puesto un cartel con la intención de marcar el compás de la gente, aquí ya no hay nada que hacer. El letrero dice: «Esto es una caseta, no una casa de socorro, así que aquí no atendemos urgencias. Despacito, por favor».

El problema es que, como comentaba un maestro de la cosa un rato antes de que los afortunados del sorteo del Ayuntamiento le dieran al botoncito de las bombillas, «en la Feria hay que tomárselo todo con calma... menos la cerveza, que se calienta». El mismo sanedrita reflexionaba tras la lona acerca de la rifa que hace el alcalde para que sean unos pocos de sevillanos los que inauguren el cotarro: «Hay que ver la mala suerte que hay que tener para que, con la de premios gordos que pueden tocar, lo que te toque sea encender la Portada». Cuidado, que hay gente que mata por eso.

En la Pecera, donde curiosamente no hay pescao para freir, sino comunistas de toda la vida, también habían tenido ayer un golpe de fortuna. 14 de abril. Aniversario de la proclamación de la Segunda República. Qué fiestón. Y con razón. Porque la Feria es eso: la república independiente de Sevilla. Por eso la han copiado en Barcelona, por si por ahí cuela. La Feria es como fugarse a un lugar mejor sin moverse del sitio. Y es también un escondite para muchos. Varios bancos han puesto otra vez este año en marcha el «Préstamo Feria de Abril 2018», un producto que se perdió con la crisis, pero que ha regresado con fuerza al real, lo que permite a muchos sevillanos enmascarar su tiesura y pasar otra vez el plato de jamón, no el de la limosna. Pobre pimiento frito. Ha sido el tonto útil durante todos estos años. Lo ha dado todo junto con la almendra. Y ahora que viene la alegría, nadie se acuerda de ellos. Se confirma que esta ciudad no tiene memoria. Es olvidadiza. Maltrata a sus grandes valores. E igual que vive por encima de sus posibilidades —dame tres mil, que te lo pago en tres meses con lo que me tiene que devolver Hacienda y la extra—, vive también por delante de sí misma. La prueba está en el número 73 de la calle Espartero. Esa caseta se llama «Pal año que viene», que es donde vivimos los sevillanos realmente. Junto con nuestras facturas.

Anoche, cuando todo se iluminó en el gran trampantojo de Tablada, quedó inaugurada la república sevillana. Expirando un 14 de abril. Y todo terminó. Se ha acabado hasta la lluvia. Una pareja anciana paseaba a media tarde por la calle Antonio Bienvenida, a la espera de la luz artificial, y el caballero le dijo a su señora: «Otra más». A lo que su señora contestó: «Otra menos». Todo es dual aquí. Todo depende. Lo certifica el comentario de dos chavales ante la Portada, que este año representa la antigua caseta del Círculo Mercantil como homenaje a la mejora de los bolsillos. La construcción tiene una arcada a media altura bajo los arcos principales. «Parece que hay dos portadas, la de abajo de pueblo y la de arriba de Sevilla».

¡Exacto! Abajo y arriba. Los dos puntos cardinales del postureo. Que también están reflejados en los nombres de dos casetas. En Gitanillo de Triana hay una que se llama «Ésta es». Y en Ignacio Sánchez Mejías hay otra en cuya pañoleta pone «Ésta no es». Buena clasificación para explicar los derroteros de la fiesta. La comida de los costaleros de la Candelaria que abarrotaba la calle Pepe Luis Vázquez a mediodía es pura Feria de Sevilla. De los candelabros a los farolillos. La despedida de solteros que deambulaba por el real a media tarde con un gachó vestido de gitana de las tiendas de souvenir no es la Feria. Ésta es. Ésta no es. Pero todo cabe. O mejor dicho: a Sevilla le cabe todo. Le cabe el señorío de la caseta de Los Cuarenta, donde la tertulia taurina que le da nombre otorgó el premio al mejor toro bravo de la pasada Feria a «Amapolo», de Miura. Y le cabe el cutrerío de unos muchachos dando barzones por las calles vacías vestidos de toreros de Pichardo con macetones de ron. Ese tira y afloja es una estampa exacta del tiempo que vivimos, que vuela hacia ningún sitio sin que podamos apresarlo.

«¿A dónde estaré, Dios mío, la próxima primavera?», dice la letra de los Romeros, a los que la ciudad rindió tributo anoche antes de proclamar su independencia con la tradicional sevillana de los Cantores. No se sabe dónde estaremos, pero sí quiénes seremos. Los disfrazados de toreros no son. Los de Los Cuarenta son. Aunque a veces nadie sepa sus nombres. El mejor ejemplo se dio en el toro ganador, que, como se ha dicho, se llamaba «Amapolo», pero no se llamaba «Amapolo», sino «Fragüero». La tablilla de la plaza estaba equivocada y ha terminado ganando un miura con dos nombres o con ninguno. Qué más da. Ése. ¿Qué más da que Pascual González ya no tenga voz si sabe cantar de verdad? Pues eso es exactamente la Feria de Abril de Sevilla: un toro que no sabemos cómo se llama, un cante sin voz, una realidad que no existe. La Feria es concretamente lo que conversaba un ciego con su acompañante a última hora de la tarde por el albero, mientras intentaba vender cupones a los trabajadores, que eran los que andaban por allí a esa hora.

«Mira, a ese árbol ya le han salido las flores», le dijo la mujer por la calle Manolo Vázquez. «¿Y de qué color son?», preguntó él. «Moraditas», contestó. Guardaron un breve silencio. Y entonces el hombre suspiró: «Qué bonitas». La belleza de la Feria no hay que verla, hay que imaginarla. En cuanto terminó de decir esta sentencia el ciego, salieron de la caseta por la que iba dos payasos. De otra de un poco más allá emanaba el sonido de un grupo que estaba probando los altavoces para la explosión nocturna. Cuatro jóvenes montados en una grúa ponían farolillos. Cristina Hoyos contemplaba el paisaje desde la calle Chicuelo como si el baile grande hibernara sus últimas horas. La Feria era la bella durmiente tratando de despertar de su letargo. Era un sueño que a partir de hoy, en sus ratos de soledad, dormirá la mona, pero que hasta ayer seguía siendo una esperanza. Hasta que a las nueve de la noche se desbordó. El termómetro del Puente del Cachorro, al que Tío Pepe ha vestido de flamenco, marcaba 25 grados. Estaba a pique de salir a bailar la primera con el río. El alcalde estrenaba ya el albero para otear el horizonte. Todo estaba puesto. Un señor que venía trabajando la manzanilla desde el mediodía se acercó a uno de sus acompañantes y le hizo una pregunta extraña: «¿Este año habéis subido los impuestos?». El interpelado contestó con rotunidad: «No». Y ahí llegó la solución al enigma: «Entonces le podemos seguir llamando Juan Espadas, no Juan Sablazo».

El sablazo verdadero fue a las doce. Los diez afortunados del sorteo municipal apretaron el botoncito. Todo funcionó. En las puertas de las casetas se hicieron los pertinentes brindis. Comenzaron a rular los mensajes por teléfono: Pascual Márquez, 80; Joselito el Gallo, 10; Costillares, 23... «No te preocupes que ahora voy para allá». Frase tipo que significa que no va a ir. Porque el único sitio auténtico de encuentro de la Feria es el de las buñoleras. Ahí es donde está la masa de este misterio. El gran premio de la Feria lo obtendrá quien junte dos tazas iguales en las casetas de las gitanas. Está toda la vajilla desparejada un año más. ¿Saben por qué? Porque la Feria es el desorden que nos ordena. Es una mentira que destapa todas nuestras certezas. Es un caos matemático. Los Romeros de la Puebla, que anoche estaban siendo recordados debajo de la Portada, se lo preguntaron por sevillanas: «¿A dónde estaré, Dios mío, la próxima primavera?». ¿Saben dónde estaremos el próximo 14 de abril? Para que luego digan que Sevilla no es perfecta. Estaremos viendo salir la Borriquita. Así funciona esto. Falta un año justo para el Domingo de Ramos.