Llegamos a Umbrete, uno de los pueblos del Aljarafe sevillano que mejor han mantenido su personalidad pese al desastre urbanístico de principios de este siglo.

En una esquina cerquita del viejo palacio arzobispal una humilde fachada da paso a un local acogedor, decorado en tonos amarillos y con aperos y sillas de montar.

Así es Casa Batato

Casa Batato

Nos atiende su propietario, hombre de pocas palabras pero pendiente de todo. Mucho mejor. Nos orienta por la oferta que tienen y aunque algo reacio, nos deja leer la carta, una de esas cortas y bien estructuradas. Se nos quedaran para otras visitas sus arroces con perdiz o con carabineros. Lástima que sólo tengamos un estómago por persona.

Una media de un sabroso jamón serrano ─de bellota, como bien aclara la carta─ y unos soberbios pimientos asados con bonito del norte hacen la espera de unas coquinas, estupendas de tamaño, con algo de arena y quizás no frescas del día, pero maravillosamente hechas y con un aceite que tapaba cualquier imperfección. Aquí cae el primer bollo de pan.

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En su momento ─ni antes ni después, gracias al control que sobre las mesas realiza el propietario en sus continuos paseos arriba y abajo─ llega el segundo plato, un cocido de chícharos y garbanzos, con un caldo de esos que alimenta casi sin necesidad de meterle mano a la estupenda pringá que le acompaña.

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Terminamos la comida con un plato de tomates fritos, con papas y huevo frito, así en este orden que es como aparece en la Carta, porque lo mejor que hemos probado es este milagroso tomate frito que ha hecho naufragar un segundo bollo de pan. No recordamos haber tomado un tomate frito tan bueno en años.

La sorpresa llega al final

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Para equilibrar lo comido nos llega un plato de piña natural en su punto y con el café nos llega la sorpresa de que lo acompañan siempre ─gentileza de la casa─ con una riquísima torta de Andrés Gaviño, que ríase usted de las de Inés Rosales.

Nos vamos de Batato y de Umbrete con la alegría doble de haber entrado ya en tiempo de excursiones gastronómicas por el Aljarafe y la Campiña y de reconciliarnos con una cocina tradicional de primera calidad en la que algo tan básico como mojar pan en cualquiera de sus salsas puede convertirse en el manjar más exquisito.