Cuando salimos a almorzar por la provincia vamos en busca de la tranquilidad propia de los pueblos, el que sea. En Valencina, por ejemplo, hay varios mesones agradables con excelentes carnes a la brasa. Así el pasado domingo, guiados por la revista de la Guía Gurmé del mes, llegamos hasta El Chispa. Con una cocina tradicional perfectamente acompasada y un patio encantador es, desde luego, uno de los más atractivos. Perfecto para una comida en familia.

«Los domingos al sol merecen la pena», ese fue el mantra que más veces repetimos. Aparcamos el coche unas calles más abajo y subimos hasta el mesón a pie, descubriendo paso a paso la hermosura de cada rincón del pueblo. Cuando llegamos al pórtico, el olor de las brasas alzaba un pregón maravilloso.

El Chispa: ¿qué encontramos en su cocina?

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Al sentarnos leímos en la carta una holgada variedad de tapas, pero preferimos dejarnos llevar por las raciones para compartir. Así lo primero fueron unas gambas al ajillo. Y lo único negativo que puedo escribir es acerca del servicio, que tardó demasiado en traer este primer plato: unos 30 minutos. Porque, por lo demás, todos coincidimos en que llevábamos bastante tiempo sin probar algo así. Juzguen ustedes por la foto principal, que también se come con la vista.

Las habas con jamón y huevos fritos también fueron un acierto. Los huevos iban con puntilla, lo que hace que todavía recuerde la textura exquisita de la clara, casi quemada, casi perfecta.

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Después llegaron las carnes. La comida continúo en su línea y el servicio mejoró, por lo que podemos decir que fue in crescendo. Aunque sabíamos que nada superaría a las gambas del principio.

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Primero llegó un clásico pollo frito con patatas. Lo más básico y tradicional no es lo menos bueno, no nos confundamos, porque puede llegar a ser todo lo contrario. Pero lo esencial en esta casa, como anunciaba al principio, son las carnes a la brasa. Lo dice el patio, el aire y el ambiente. Y obligados por todo ello, nuestra elección fue la presa. Vino en su punto y rociada de sal gorda, guardando fielmente el secreto que se esconde entre el humo y las ascuas.

¿Y de postre?

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Tan solo quedaban dos cosas por hacer. Primero había que rematar la faena con alguno de los postres caseros, y después bajaríamos la comida en el breve paseo de vuelta al coche. Casi no podíamos con más, pero hicimos un pequeño esfuerzo para hacer algo de hueco a la tarta de chocolate y natilla. Se acercó a las expectativas que nos había creado todo lo anterior. Disfrutamos mucho. Y ahora a El Chispa lo llamamos Domingos al Sol.