Nombre Abacería J.M.
Dirección San Pablo, 15 ()
Horario De 8.00 a 23.30
Teléfono 620948135
¿Tiene Cruzcampo?
Terraza

La moda nostálgica del tono de móvil con timbre de teléfono de Gila no debiera quedarse ahí. Propongo más temas: un archivo en el ordenador que active el sonido mecanográfico de una Olivetti cuando se teclea, un sistema en el GPS del coche con la voz del cónyuge indicando vociferante la ruta o la palabra materna grabada pidiendo insistentemente ponerse el cinturón de seguridad. Es más: un ambientador con olor a puchero para cocinas modernas o el despertador con cacareo de gallo de corral. Cualquier cosa es buena si sirve para recordar nuestro pasado humano.

A nuestro abacero de hoy no le gusta la cocina de autor porque piensa que esa historia es la misma aquí que en La Coruña, por eso presuma de vender una «cocina sevillana para sevillanos». En la Abacería de Jose Manuel Macías siempre ha cocina su hermana Carmen, aunque determinados platos sigue preparándolos la madre que los parió a los dos, doña Matilde; higaditos de pollo, sopa de tomate, atún, sangre encebollá… En esta casa se cuidan los buenos detalles, como el aceite o las aceitunas manzanillas de lata grande y no esa basura que ponen por ahí como «olivitas» de cortesía y que tienen hundido al sector del verdeo.

La carta de tapas tiene momentos monumentales como los garbanzos con langostinos, alcachofas con jamón, lomo de bacalao en salsa marinera o el chipirón relleno en su tinta, este último versión con un «tóner» espeso y sabroso como pocos.

Cuidan especialmente el tema de los vinos teniendo la botella de reserva Ribera del Duero o Rioja y media ración de queso a 16 euros. Marqués de Murrieta, Rivendel, o Azpilicueta pueden libarse perfectamente presentados en cristal y temperatura aunque en Semana Santa, por agilizar, no se le ocurrió otra cosa que quitar los botellines de quinto de Cruzcampo helados (los mete en un congelador con reloj, para descarchar cada 2 horas y que no se congelen, y ponen un tirador; los acérrimos por poco lo matan…

Al principio, dada su estraza ubicación, tuvo que tener mucha paciencia pero después de ocho años mantiene una fiel clientela de nuevos y decanos. Artistas y políticos -o ambas cosas a la vez- se reúnen a la convocatoria de su revuelto de calabacines o su espléndida chacinería. La hermandad del Amparo de la Magdalena celebra allí sus comidas al amparo de su carne con tomate, la ensaladilla de gambas o de una pringá de que tiembla el misterio. Hasta el mítico Tomás, dueño del dylaniano bar Alhucema, se toma allí su tintito de cuando en vez.

A un parroquiano de aspecto y prosapia campera le escuché allí una sentencia que recojo hoy para resumir el inefable perfume de evocación de la cocina de J.M.: «mi padre me decía que nunca viajara a ningún lado donde se comiera peor que en casa». Pues no se diga más.