Nombre Mariscos Emilio
Dirección Génova, 1 (  )
Horario De 12:00 a 00:00
Teléfono 954285032
¿Tiene Cruzcampo?
Terraza No

Decía esta misma semana Antonio Burgos en su Recuadro que quien vaya a una recepción en la Zarzuela debería recibir unas nociones previas de protocolo de cómo se dirige y comporta alguien en presencia del Rey. Les aseguramos que quienes no las necesitarían son el personal de Mariscos Emilio, que ponen siempre el “señor” y el “don” por delante y tratan siempre con la máxima corrección -y discreción- a los señores que frecuentan esta barra (aunque algunos de sus clientes se comporten a veces como unos auténticos petardos).
Quizás sea esta la más importante barra de restaurante de Sevilla, por el sitio donde se encuentra, por la calidad de lo que ofrecen, por el funcionamiento del personal a las órdenes de Quino y por su maravilloso horario comercial (abre todos los días de la semana -por lo menos hasta que venga alguien de la Junta o Ayuntamiento y se invente una regulación-).
Pero hoy queríamos hablar de su pequeño comedor. Sin solución de continuidad con la barra pero separado por una barrera invisible -por mucho ajetreo que haya en la misma-. Esa línea defensiva está compuesta por los manteles y servilletas blancos que todavía se respetan para que nadie pase a sentarse con el carrito del bebé y, sobre todo, por los hombres de blanco, los camareros de Emilio, que con su constante trasiego y su mirada -aprobatoria o no- hacen de último filtro.
Nos sentamos y en seguida comprobamos que en la carta hay prácticamente lo mismo que en la barra, eso sí, no te encuentras la mirada envidiosa de quienes tienes al lado. Y nos lanzamos a por las medias raciones. Nunca falla su premiada ensaladilla de gambas) y su salpicón de marisco que traen con la primera cerveza ¿qué vamos a decir de ellos a estas alturas? Casi en seguida nos llega un correctísimo pulpo a la gallega en su justo punto de todo menos de patatas cocidas que echamos de menos. Como capricho acceden a ponernos en la mesa una tapita de gambas al ajillo muy recomendables sobre todo porque no es tan habitual encontrarlas de esta calidad en formato tapas. Unos deliciosos taquitos de salmón ahumado (con huevo y alcaparras que es otro de los imprescindibles de la casa allanan el camino hasta que llegan unos percebes recién cocidos pero, al menos hoy, demasiado pequeños.
Rematamos la jornada con un bacalao frito de buen sabor pero de un rebozado más basto de lo que hubiésemos deseado. Aunque, afortunadamente, su mayonesa lo arregla todo. Y no digamos cómo te arregla su tocino de cielo.
Salimos y miramos de reojo esa vitrina que da a la calle Génova y primero nos damos cuenta de todo lo que hemos dejado de pedir y, después, de lo fantástico que es tener un sitio como este en nuestra ciudad. Si no lo hubiera, habría que inventarlo.