Reportaje Sevilla

José Blanco, propietario de Blanco Cerrillo: «Nadie se imagina todo lo que cabe en 36 metros cuadrados»

Por Isabel Aguilar,

Decenas de clientes acuden cada día a la barra de Blanco Cerrillo en busca del adobo que lo ha hecho famoso. Este pequeño local, que cumple 90 años, encierra mucha grandeza.

José Blanco heredó de su abuelo paterno no sólo el nombre y el apellido, también un negocio que lleva años siendo el paradigma del tapeo sevillano. Nació en el barrio de la Alfalfa y se crió en Marqués de Paradas, aunque cada tarde al salir de los colegio acudía a este recoleto establecimiento de la calle José de Velilla.

Su padre le entregó las riendas del local nada más casarse y desde entonces se desvive día a día porque todo salga bien. Sólo descansa los domingos y durante años ni siquiera eso, puesto que aprovechaba su único día libre para trabajar en la taquilla de la Real Maestranza.

Es padre de tres hijas y un varón que ha seguido sus pasos, Daniel Blanco Trujillo, quien hace un año montó un Blanco Cerrillo en Gines. Ahora ese establecimiento se ha convertido en la excusa perfecta de nuestro protagonista para seguir trabajando los domingos con el pretexto de echar un cable a su hijo.

Todos los secretos de Blanco Cerrillo

José Blanco, dueño de Blanco Cerrillo

José Blanco, dueño de Blanco Cerrillo

A pequeño pocos le ganan. A genuino y auténtico, tampoco. Blanco Cerrillo es uno de los decanos de la gastronomía sevillana, un superviviente que ha capeado todo tipo de temporales y se ha convertido con los años en lo que hoy es: uno de los establecimientos con más historia y sabor de la ciudad.

No es fácil hacerse un hueco en este concurrido bar donde las cervezas se toman codo con codo junto a todo tipo de parroquianos, desde políticos hasta turistas o limpiabotas. Pero todos caben en este bar que impregna de apetecible aroma las calles más concurridas de la ciudad.

Al frente, un trabajador insaciable al que todo esfuerzo le parece poco. José Blanco se pasa media vida en los 36 metros cuadrados que mide su local, un espacio que comparte con el resto de la plantilla y con un inagotable público que ha aprendido las normas no escritas del tapeo en la estrechez.

Convencido de que si tuvieran más espacio no tendrían más éxito, José Blanco desmenuza en esta entrevista la dilatada historia del local que ahora cumple 90 años y las anécdotas y vivencias que lo han dotado de tanto carácter.

Así fueron los orígenes

—Empiece por el principio…

—Mi abuelo montó el primer Blanco Cerrillo en Marchena, no sé bien por qué puesto que él era de Manzanilla. Tendría allí un amigo que le convenció, pero duró poco tiempo y después abrió el de Amor de Dios. Mi padre se quedó con el negocio en los años 50, cuando ya estaba en su ubicación actual, y yo le sucedí a principios de los 90.

—¿Qué ha cambiado desde entonces?

—Está tal cual. Sólo ha habido algunos cambios, como un servicio de mujeres que tuvimos que poner cuando llegó la Expo’92, y algunas cosas modernas que se han ido integrando, como el lavavajillas, el agua caliente o el frigorífico. Cuando mi padre lo regentaba se traía el hielo de casa envuelto en papel de periódico…

—Y la carta, ¿sigue igual?

—Tampoco ha cambiado casi en nada. Antes había caracoles y mejillones y ya no, y ahora tenemos anchoas y croquetas. El adobo lo introdujo mi madre a principios de los 60 porque entonces se vendía muy poco y ella decidió probar. Los hacía en una lata de mantequilla Arias Tascón y empezó haciendo un kilo al día. Ahora ya vamos por unos 50, más en ocasiones especiales.

—¿Cómo cabe tanto pescado en un local tan pequeño?

—Nadie se imagina todo lo que cabe en 36 metros cuadrados. En momentos de mucho público puede haber hasta 40 o 50 personas en el bar. Para el pescado, tenemos un almacén en la misma calle donde lo limpiamos y lo traemos listo para cocinar.

No hay horarios

—¿Desde qué hora empiezan a prepararlo?

—Abrimos a las 11.30 pero desde las 8.00 ya estamos cocinando. Antes lo hacía todo mi madre pero ya se hace aquí prácticamente toda la carta, salvo la ensaladilla y las huevas, que las sigue preparando ella. También cocina las del Blanco Cerrillo que mi hijo Daniel abrió hace un año en Gines.
—¿Hay alguna hora en la que no estén llenos?

—Prácticamente no. Cuando abrimos a las siete de la tarde ya hay gente esperando en la puerta. Una vez cerramos porque estábamos pintando y entró un grupo de gente pasando por debajo de los andamios para pedir una cerveza en la barra.

—¿Admiten reservas?

—No. Se pide turno al camarero por orden de llegada. A veces nos llegan clientes diciendo que han reservado por teléfono y lo que ocurre es que han llamado al Blanco Cerrillo de Pío XII, que son parientes pero los negocios no tienen nada que ver. En la terraza ahora tenemos mucho desahogo pero alguna vez ha habido problemas con la licencia. Hace unos 20 años la calle no era peatonal y los coches pasaban casi rozando a los clientes… pero nunca pasó nada.

—Habrá buen ambiente de trabajo en tan poco espacio…

—Somos seis y nos llevamos muy bien. Uno de ellos, Francisco Montes, lleva aquí 46 años y ya trabajaba en Blanco Cerrillo cuando yo venía con mi pantalón corto acompañado de mi madre. También hay otro que es de Armenia y lleva casi 20 años.

—¿Y usted qué hace concretamente?

—Intentar que no falte de nada. Vengo todos los días y soy uno más.

—¿Los clientes saben que usted es el dueño?

—Algunos sí. Una vez viajé a Disneyland París con mi familia y escuché a alguien que al pasar dijo: «Ahí va el de Blanco Cerrillo».

—¿Qué piensa de la nueva gastronomía que se hace en Sevilla?

—Con el boom de la cocina de diseño lo pasamos mal pero al final las aguas vuelven a su cauce.

—Cuénteme algo curioso que le haya pasado.

—Una vez un chico del top manta se escondió de la Policía en mi cocina. Nadie lo vio entrar pero ahí estaba el pobre pidiendo que no le delatáramos…