Reportaje Sevilla

Casa Molina, tres generaciones al frente de un clásico de El Tiro de Línea

Por ISABEL AGUILAR,

Es uno de los emblemas de la comida casera en el Tiro de Línea, un clásico que lejos de pasar de moda ha ido aumentando su leyenda con el paso de los años, también las décadas. Desde 1962 Casa Molina ocupa una luminosa esquina del Tiro de Línea, aunque los actuales propietarios han sabido acrecentar el pequeño local que el patriarca de esta generación hostelera, José María Molina, abrió en el año 1962.

Casa Molina

La saga Molina frente al azulejo que conmemora la fundación del negocio familiar por José María Molina en 1962 | Foto: Juan Flores

No era su primer bar, puesto que antes había regentado otro Casa Molina por Santa Genoveva, pero sí fue el que le consolidó en el sector y le dio un sitio a su apellido en el panorama gastronómico del barrio. Lo que comenzó siendo un local de 28 metros cuadrados en el número 34 de Almirante Topete es hoy un amplio bar de más de 240 metros en el que se sirve una apetecible carta con la comida de siempre.

El mérito del buen tapeo, sin embargo, pertenece a la descendencia del fundador, puesto que fueron sus hijos José, Ángel y Antonio (jubilado precozmente), quienes apostaron por unas sabrosas tapas sevillanas con las que acompañar las cervezas y vinos que despachaba su padre (él sólo tenía algunas tapas frías).

El fundador

José María Molina empezó en la hostelería con tan solo 16 años y hoy a sus 93 continúa frecuentando cada mañana el bar en el que ha pasado la mayor parte de su vida. «Se toma un zumo de naranja y se asegura de que todo marcha bien, incluso sigue riñendo cuando ve que algo se está haciendo mal», relata su hijo José. «Mi padre no entiende por ejemplo cuando mi hijo Raúl mira o atiende el móvil mientras está trabajando, son cosas que él nunca había visto y le ponen malo», confiesa.

Casa Molina en el Tiro de Línea

Los miembros de esta familia son más de barra que de cocina | Foto: Juan Flores

José es que lleva las riendas del negocio junto a su hermano Ángel y su hijo Raúl, el tercer eslabón de esta cadena y la persona llamada a heredar el bar una vez que su padre y su tío se jubilen, para lo que no faltan muchos años. Tanto José como Ángel y su hermano Antonio, que se jubiló por cuestiones de salud hace unos años, comenzaron pronto su contacto con la hostelería, puesto que a la vuelta del colegio de Los Salesianos iban al bar a echar un cable a su padre en lo que hiciera falta. Así lo hicieron cuatro de los cinco hijos de José María Molina, puesto que el pequeño decidió trazar su camino junto a los libros y se dedicó a la abogacía.

En el 82 estos tres hermanos tomaron las riendas del negocio familiar, siendo aún veinteañeros y sin sentir demasiado clara la llamada de la hostelería. Las circunstancias y la responsabilidad de cumplir con el legado de su padre les llevaron a dedicarse formalmente al bar, más allá del continuo apoyo que prestaron tras la barra durante toda su juventud.

Más de barra

Porque eso sí, los miembros de esta familia son más de barra que de cocina. Ninguno de ellos, ni el último de la cadena que incluso cursó dos años de hostelería en el Instituto Heliópolis, ha terminado dedicándose a los fogones. «Cuando acabé los estudios hacía más falta apoyo en la barra que en la cocina y aquí me quedé», narra Raúl Molina. A diferencia de su padre y su tío, lo suyo sí es vocacional y considera todo un reto el día que le llegue la hora de tomar el timón del negocio. Confiesa que trabajar en un bar familiar tiene sus ventajas, puesto que su jornada concluye a las 16.30 y eso le permite disfrutar de sus dos niñas durante la tarde. «Para mí es un orgullo trabajar con mi padre y mi tío y aunque a veces discutamos por cuestiones del día a día, siempre acabamos bien».

Lecciones de familia

Entre las lecciones aprendidas sin palabras de sus mayores están el correcto trato al público, la cordialidad y la amabilidad con los clientes. No obstante, tienen cierta fama de distantes, como reconoce José. «A veces nos dicen que somos serios, pero pienso que hay que darle su sitio al cliente y tratarlo siempre con respeto». Al preguntarle si han forjado amistades entre su público en todos estos años no duda en responder: «Claro que sí, empezando por mi padre, al que cada día se acercan a saludar muchas personas que lo ven aquí por las mañanas», matiza. Ángel Molina reconoce que a veces en las horas punta es complicado ser siempre simpático, aunque al final su relación con la gente del barrio es excelente y siempre va saludando cuando se cruza con los vecinos de la zona.

Sus tapas estelares

Casa Molina es conocida por algunas de sus tapas que ya han hecho historia y han logrado conquistar los paladares no solo de El Tiro del Línea, sino de su barrio El Porvenir.

La ensaladilla de Casa Molina, una de sus tapas estelares

La ensaladilla de Casa Molina, una de sus tapas estelares | Foto: Isabel Aguilar

La ensaladilla, los chipirones, las espinacas y los guisos son algunas de sus especialidades. Sus serranitos que apetecen a cualquier hora, la carne a la brasa y el arroz de los domingos son otros de los elementos que han elevado su fama. De hecho, en los últimos años aseguran que la clientela ha cambiado y cada vez llega más gente de fuera del barrio a probar sus viandas.

La jerarquía

A la hora de establecer jerarquías Ángel Molina lo tiene claro: «Todos opinamos pero mi hermano es el que lleva la voz cantante». A su juicio, el trabajo de hostelería es demasiado duro y estresante y no duda en reconocer que no quisiera ver a ninguno de sus tres hijos dedicados a él. La mayor ha hecho turismo y los otros dos aún son demasiado pequeños para decidir sobre su futuro. «Este verano hemos cogido 9 días de vacaciones pero llevábamos años sin hacerlo», dice. La fama que se ha granjeado el bar en los últimos años hace que las cosas funcionen bien y que trabajen a tope. Tímidamente, asegura, se nota que hay más alegría económica y que la gente sale más a comer fuera.