Espinacas con pan frito. Pura vigilia. Panacea para los estertores de la Cuaresma. Anda que estamos en mala fecha para ir de templo en templo a hacer el besamanos de la espinaca.

Algún snob la denominaría «Ruta de Popeye», pero vamos a dejarnos de pamplinas. Nosotros vamos a hacer la ruta de las espinacas con garbanzos. Porque en Sevilla se comen las espinacas antes de que el marino enamorado de Olivia se enterara de que existen. Espinacas con pan frito. Pura vigilia. Panacea para los estertores de la Cuaresma. Anda que estamos en mala fecha para ir de templo en templo a hacer el besamanos de la espinaca. Ea, vamos allá.

La primera parroquia está en Santa Catalina.El Rinconcillo. Desde 1647 se hacen allí las espinacas. Están buenas por fuerza. Podría decirse que algo suavitas, pero siempre frescas y con los garbanzos en su punto. Para muchos, este bar es el vaticano de la tapa. Y su estrella es la espinaca, así que ya está todo dicho. Sitio de oración obligatoria. Hasta las pavías le rezan al pan frito. Pero también lleva hábitos de cardenal el plato de bacalao con tomate. Gloria bendita. Lo que pasa es que por allí cerca, en la Encarnación, hay otro templo que le echa la pata a éste en cuestiones espinaqueras. Se llama La Unión y hace esquina con José Gestoso. La ensaladilla y las albóndigas son los monaguillos de la tapa reina, que en este caso está más metida en ajo.

Mientras el paladar decide con cuál se queda vamos a echar abajo el papeo con un paseíto. Nos vamos al barrio Santa Cruz. Venerable lugar. Por allí está el bar Las Teresas. Ay, qué sitio. Desde que Plácido Sánchez Muñoz se vino del Guijo de Ávila, que -ojú, qué lío- es un pueblo de Salamanca, no hay mejor jamón en Sevilla. Puede haberlo igual, pero mejor es imposible. Y ahora está allí Pepe Gómez, que heredó de don Plácido el arte y el nombre del negocio -que no se llama así por el convento anexo, sino por una tía del fundador-, para ponerle su acento a las espinacas con garbanzos. Lo hace desde el 62. Barra de madera con recodo de mármol. Humeo que alimenta. No, no es el pescao frito, que también, el que echa esa niebla que nutre. Son las espinacas, porque Pepe les da un toque secreto que hay que probar. Y después, un padrenuestro. No por haber pecado, sino para dar las gracias a Dios por tan divino manjar de la vera de Santa Teresa. Y a seguir la ruta. Vamos a cruzar el río. A Los Cuevas.

Parece que la calle en la que está fuera una elección pensada: Virgen de las Huertas. Pero no. Pura casualidad. Antonio León, El Cuevas de El Viso, montó allí su restaurante hace 21 años con una sola pretensión: poner las mejores verduras de toda Sevilla. Verduras de su huerta. No de la Virgen de las Huertas. De su huerta de Los Alcores. Tomates, papas, acelgas, tagarninas, ajetes, alcachofas, cebollas y espinacas. Vamos a mojarnos. He aquí las mejores. Frescas como ninguna. Porque cada mañana, con el brío del primer día, este visueño recoge la materia prima en sus tierras y tira para Sevilla. De su pueblo se lo trae todo menos, como él dice, los barriles de cerveza porque pesan mucho. Se trae incluso el mote. Apodo no heredado, sino creado. Su primer bar en El Viso se llamaba La Cueva porque, dice él también, era una cueva de verdad, tanto que cuando llovía la gente tenía que abrir los paraguas. De ahí que le digan El Cuevas. La Cueva cerró, pero su gracia sigue tan abierta como cuando entonces. Como hace dos décadas. Su mujer se negó a montar el chiringuito en Madrid, a pesar de que Antonio ya tenía un local quincado en la gran calle de Alcalá, y tomó la alternativa buena: Sevilla, Los Remedios. Y allí pone desde entonces sus guisos. Sus espinacas con garbanzos, cuya principal característica no es la receta, sino la materia prima. Y no hay que darle de lado a la carne con tomate, las albóndigas, el menudo, los garbanzos con tagarninas, las acelgas y calabazas, las alcachofas en salsa, el arroz con cabrillas… En fin, que llega un momento en que surge una extraña duda: ¿que Los Cuevas despachen sus maravillas hortelanas en la calle Virgen de las Huertas, esquina con Paraíso, no es un milagro?

El milagro es que al lado, en la calle Monte Carmelo, haya otras espinacas de tronío. Bar Santa María. Aunque allí no se sabe si es mejor pedir la cola de toro. Ojú. Que es lo mismo que pasa en el 25 de Chipiona, que está en la calle Virgen de Aguas Santas. Buenas espinacas, pero es que la pringá es ya demasiado. Así que vamos a cruzar el puente otra vez para rematar el paseo por los templos.

En Avión Cuatro Vientos está el Rosita, que no sorprende por su estética, pero que es un sitio de mucho trapío. Esas espinacas tienen un toque que sólo Rosita sabe. No se calientan sobre la marcha. Están siempre a punto. Hirviendo. Y eso sí que es para arrodillarse de una vez por toda y persignarse. Amén.