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Crítica de Flamenco: Sola en compañía

Actualizado 06/03/2006 - 12:43:55
Carmen Cortés

Baile: Carmen Cortés, Kelian Jiménez, Isaac de los Reyes. Cante: Guadiana, Jesús Méndez, Juañares. Guitarra: Jesús de Rosario, Iván Losada. Violín: Raúl Márquez. Percusión: Rafael García. Teatro Villamarta de Jerez. 4 de marzo de 2006



La luz se apagó en el Villamarta y pronto apareció en la memoria el título de otro ciclo del Festival de Jerez que se celebra en la Sala Compañía: «Solos en Compañía». Porque sola estuvo Carmen Cortés. Más sola que la una en lo que al baile se refiere. Atinó con el atrás con tres cantaores de postín y la guitarra de Jesús de Rosario, que lució limpieza y peso en el toque por mineras. Atinó en sus movimientos por granaínas, estilo en el que exhibió un amplio repertorio de colocaciones y braceos. Pero se equivocó en la elección de los bailaores con los que le echó mano al espectáculo. La seguiriya inicial en paso a tres evidenció claras asimetrías en la coreografía. Y la farruca del dúo masculino fue para echarse a pensar. La carrera final para alcanzar la silla a compás lo dice todo. No había dominio del espacio. Olvidemos el vaivén de la dichosa silla, que estuvo toda la noche deambulando por el escenario. Pasemos de las subidas y bajadas de una gasa negra cuya aportación no descubrimos. Soslayemos incluso la distancia que hubo entre la escena y el aforo en el paso a dos, cuyo remate careció de intensidad. Porque tenemos que centrarnos en la soleá por bulerías y en el martinete de los dos chavales. Primero porque su excesivo uso de los pies estuvo reñido con la limpieza en la ejecución y los acentos del compás. Segundo porque su eje corporal no existió, por lo que las descolocaciones fueron constantes. Y tercero porque no se puede bailar sin tener controlada la cabeza, que parecía estar unida al cuerpo por una articulación laxa. De manera que Carmen Cortés tuvo que enfrentarse sola a la verdad de su baile. Por soleá. Buscó la hondura cuando braceó al cante. Estuvo impecable en la escobilla. Y cuando el compás rompió a bulerías dejó ver su lado más atávico a través de un baile medidamente anárquico. Entonces suspiramos. Tarde. Por soleá. En su acompañada soledad.
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