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El vídeo de ... Ricky Martin

ESTE vídeo de Manolo Herreros subido a hombros de costaleros y haciendo equilibrios para no dejarse los piños en los adoquines de la plaza de Capuchinos tiene toda la pinta de la muerta de la curva o

Actualizado 12/06/2008 - 08:28:19
ESTE vídeo de Manolo Herreros subido a hombros de costaleros y haciendo equilibrios para no dejarse los piños en los adoquines de la plaza de Capuchinos tiene toda la pinta de la muerta de la curva o de Ricky Martin en «Sorpresa, sorpresa». Suena a leyenda popular de las que se comadrean en todos los pueblos a guisa de moraleja posmoderna. Es como aquella de la recién casada que paría un hijo negro fruto de un revolcón descocado con un africano en su despedida de soltera. En cada pueblo tienen un marido cornudo al que llamaron antes de cortar el cordón umbilical para que no pensara que el moreno bastardito había nacido de un útero distinto del de su legítima.
Los que juran haber visto el vídeo son casi tantos como los que un buen día decían haberse encontrado en «Sorpresa, sorpresa» una escabrosa escena con adolescente pervertida, perro y Ricky Martin metido en un armario del que al final no pudo salir, y no es lo que parece. España se puso de acuerdo para decir que estaba delante de la caja tonta en aquel minuto de oro, pero no para los detalles.
Unos decían que si el can se puso morado de paté, otros que era nocilla y los de más allá que se hinchó de mermelada de ciruela o de helado de pistacho. Según lo contaran, el perro era un pastor alemán, un labrador o un modesto mestizo recogido de la calle. Tal vez la voluntad de deslumbrar a los demás, tal vez el afán de no haber sido el único que a la hora de «Sorpresa, Sorpresa» estaba viendo «Documentos TV», el ciudadano medio contribuía a la historia como podía y mientras se manchaba el codo con la mugre del bar de la esquina contaba cómo Isabel Gemio, nerviosa y sin dar crédito, había tenido que cortar para dar paso a la publicidad o cómo el cantante había puesto cara de estar viendo un OVNI ante aquella película de tres rombos.
La escena de Ricky Martin, el perro y la niña era falsa como un duro de seis pesetas, pero muchos la alimentaron tan seguros como si hubieran sido las mismísimas garrapatas del bicho.
Parecida es la historia del hermano mayor de los Dolores. En los poquitos días que estuvo en la red dio tiempo a que todos los cofrades de Córdoba vieran el espectáculo que alguien grabó con ese móvil que se tienen que comer las máquinas de los residuos sólidos urbanos inertes. Para unos era desagradable. El pobre Manolo Herreros había hecho aquel día de Kempis, sólo que su «Imitación de Cristo» no sería precisamente ascética sino más bien irreverente y bañada en la chispa etílica. El despacho de agencia que encedió la mecha decía que hacía una especie de remedo de Jesús, con lanzamiento de claveles como se hace con el Cautivo de Málaga.
Otros sostenían lo mismo que dijo el propio Manolo Herreros, que era una broma. Le cogieron entre unos cuantos, le subieron a hombros y hasta hicieron sonar «Caridad del Guadalquivir», que se ve que cuando suena ese engendro no puede pasar nada bueno.
Cuando otro grupo hablaba de un segundo vídeo en el que se veía a Herreros cargando a otro pavo como si fuera una cruz, la historia ya tenía tanta credibilidad como la de la misteriosa chica que aparece haciendo dedo en un pasaje oscuro y brumoso de carretera secundaria. Cuando el conductor la sube, ella le avisa del peligro de la siguiente curva. Al pasar el diabólico zigzag, la joven se esfuma y en el pueblo le dicen que es el fantasma de una chica que se había matado en un accidente en aquel punto negro.
Algo tendrán que tener en común todas las historias. A partir de ahora, todos los hermanos mayores que tengan una oposición morcillera, y hay unos cuantos, tendrán que tener cuidado. Cuando lleven demasiadas sangrías o más de cinco cervezas en un perol de costaleros y empiecen a relajarse, se les aparecerá el espectro de Manolo Herreros con vara de hermano mayor y escapulario servita y les dirá: «Cuidado con la fiesta y ojo con los móviles que te graban». Fiestas, cabezas sin dos dedos de frente y ocasiones habrá para que más de uno escuche en la sesera la psicofónica advertencia.
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