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Calixto Bieito «La guerra corrompe al ser humano porque saca lo peor de cada uno»

JULIO BRAVOA Calixto Bieito, uno de los más relevantes directores de nuestra escena actual, le faltaba una muesca en su historial: el teatro romano de Mérida, uno de esos escenarios mágicos con los

Actualizado 21/07/2007 - 03:19:26
JULIÁN DE DOMINGO  Natalia Dicenta protagoniza la versión de «Los persas» de Calixto Bieito
JULIÁN DE DOMINGO Natalia Dicenta protagoniza la versión de «Los persas» de Calixto Bieito
JULIO BRAVO
A Calixto Bieito, uno de los más relevantes directores de nuestra escena actual, le faltaba una muesca en su historial: el teatro romano de Mérida, uno de esos escenarios mágicos con los que sueña todo aquel que se dedica al teatro en España. Bieito saldará esa deuda el próximo jueves, con el estreno en el festival emeritense de «Los persas, Réquiem por un soldado». Se trata de una versión «liberrísima» -según el propio Bieito- de la obra de Esquilo, que ha realizado el propio Bieito en colaboración con Pau Miró, y que protagonizan Natalia Dicenta, Rafa Castejón, David Fernández, Javier Gamazo, Chus Herrera, Roberto Quintana e Ignacio Ysasi.
«Los persas» es la tragedia más antigua que se conserva y cuenta la derrota de Jerjes y su poderoso ejército persa frente al teóricamente débil ejército de ciudadanos griegos en la batalla de Salamina, en el año 480 a. de C. Bieito ha trasladado la acción al Afganistán de nuestros días, y son militares españoles los que protagonizan la versión. «El texto original es un material que me ha permitido tocar un tema «de rabiosa actualidad»; no tan actual cuando hice la versión con Pau. Es un texto nuevo que mantiene los tópicos de lamento, de presagio, de sueño, de derrota, que están en la pieza original de Esquilo». «Los persas», añade el director, «es la única tragedia que no habla de dioses, sino de humanos. Pensé que era una buena oportunidad para hacer una obra sobre la participación de las tropas españolas en Afganistán, en Líbano, en estas misiones de paz en frentes de guerra. Es en realidad un concierto-réquiem».
-Hay que suponer, conociéndole, que será una puesta en escena crítica. ¿Toma partido sobre la cuestión?
-Supongo que sí será una versión crítica, aunque el texto habla más de ese instinto atávico de matar y rapiñar que tiene el ser humano. Voltaire decía que en las guerras, en definitiva, de lo que se trata es de robar. Yo no soy un pacifista, porque no soy una persona de absolutos, y quizás en situaciones muy, muy, muy extremas, pueda llegarse al uso de la violencia, pero no creo que las intervenciones españolas no hayan traído nada nuevo. El montaje, sin embargo, no incide en lo político, sino en lo humano. Lo que más me interesa es hablar sobre lo que es la guerra.
-¿Está de acuerdo con esa frase que ha citado de Voltaire? ¿Las guerras se hacen para robar?
-Normalmente sí. La primera guerra mundial hizo ver que las guerras eran un engaño; con la segunda guerra mundial se pretendió decir que había guerras justas. Y eso está en películas como «Salvar al soldado Ryan». Yo me pregunto hasta qué punto era justo bombardear Hiroshima, Dresde... bombardeos que no tenían ningún tipo de sentido. La guerra corrompe al ser humano, porque saca lo peor de cada uno.
-¿Puede sacar también lo mejor?
-No. Igual en un momento extremo, en casos concretos. Pero no justifica el asesinato. En el momento en que hay una intervención militar, por pequeña que sea, hay víctimas. Y la mayor parte son civiles, mujeres y niños. La guerra provoca un dolor indescriptible en las personas que rodean a cada víctima; un dolor, una destrucción que no se puede medir.
-En el original, el protagonista es un hombre; usted le ha convertido en mujer. ¿Por qué?
-Jerjes es una mujer. Quería en primer lugar trabajar con Natalia Dicenta, que es una actriz excepcional. Y me parecía también que poner a una mujer soldado ofrecía más contradicciones. Es una mujer que va a matar y se convierte en víctima.
-Está trabajando con un militar que estuvo en Afganistán. ¿Qué está aportando al montaje?
-Información, sobre todo. No pretendo ser muy verista, muy realista, pero sí nos aporta información sobre el papel de los soldados allí... Y también otro tipo de información más práctica. Ya le digo, no he querido ser especialmente cuidadoso en ese aspecto. El espectáculo es un concierto. Es un conjunto de músicos que se llama Los Persas, y en medio del apocalipsis hacen un concierto con texto y canciones sobre la guerra y la naturaleza humana. En el texto se utilizan tópicos como lo de morir por la patria, que siempre me ha parecido una falacia.
-Deduzco que no cree en los héroes.
-No... Para mí, un héroe es el señor que saca adelante a su familia cada día... No me gustan ni los héroes ni los mitos. El texto original de «Los persas» es antiheroico. Es una obra humana, contradictoria. Los enemigos son tan humanos como tú.
-¿Es una función pesimista?
-Sí, es un réquiem... Aunque haya alguien que lo crea, yo no soy un ególatra. No tengo la sensación de poder cambiar nada con lo que digo ni con lo que hago. Me limito a hacer espectáculos que, como en este caso, constatan unos hechos y que exploran en la naturaleza humana; espectáculos que se hacen preguntas: ¿de dónde viene esta capacidad del ser humano de destruir?
-Cambiar el mundo, no, pero sí querrá remover alguna conciencia con su trabajo y provocar alguna reflexión...
-Sí, claro. Los espectáculos tienen tres objetivos esenciales: entretener, emocionar y hacer pensar.
-¿Puede el teatro hacer pensar sin emocionar?
-En el teatro cuesta mucho emocionar, y si no lo emocionas no puedes hacerle pensar. Desde mi punto de vista, el teatro tiene que llegar al estómago, al corazón, tanto como al cerebro.
-¿Esas ganas de sacudir al espectador son las que hacen que lleve tan al límite sus montajes?
-Mis montajes están muy conectados con lo que es la realidad cotidiana y con la realidad de otras artes. Yo soy una persona muy curiosa, que vive hoy, que lee mucho, que viaja mucho, que ve muchos museos, que tiene la suerte de trabajar en ciudades muy vanguardistas donde me he alimentado mucho. Yo trato de que el teatro tenga algo de eso. No creo en un teatro repitiendo endogámicamente esquemas de hace diez, veinte o treinta años. Mi teatro es una búsqueda de una nueva forma, de una nueva manera narrativa. Ahora estoy haciendo un teatro con una forma muy fragmentaria, casi como videoclips... En «Plataforma» ya lo hacía; también ahora, en «Los persas»... Intento que mi teatro se contamine de esas influencias...
-¿Y su fama de provocador? ¿Le afecta lo que dicen de usted?
-Nunca pienso en provocar. Mi trabajo es creativo, y producto de mis viajes, de mis sensaciones, de mi manera de pensar. Yo escucho todas las opiniones, y las valoro, pero hace mucho tiempo que no estoy pendiente de lo que dicen de mí. No tengo tiempo, y además me alejo cuando hay mala energía, tengo un instinto de autoprotección muy grande.
-Es la primera vez que trabaja en el teatro romano de Mérida. ¿Le ha condicionado el espacio de alguna manera?
-En todo caso, para bien. Es fantástico utilizar ese espacio como marco de un apocalipsis, como si hubiera caído una bomba y estuviera lleno de hierro quemado.
-¿Le ha hecho cambiar el texto el atentado del Líbano?
-No, porque ya estaba el texto escrito. Pensé, primero, en la rabia que me da que no se diga la verdad desde el principio, porque van a morir más soldados. En Alemania se habla mucho de esta cuestión. Howard Zinn, que tiene un libro fantástico, «Sobre la guerra», dice que la guerra sehace contra los niños; el número de víctimas civiles es extraordinariamente elevado. E insisto; lo terrible de las guerras es la cantidad de dolor que se puede llegar a provocar. Y todo, ¿por qué? Por una bandera, por un territorio... Yo no he creído nunca en banderas ni en patrias, me han provocado un poco de urticaria. ¿Qué es eso de dar la vida por la bandera? Es completamente anacrónico.
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