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Paco Cuadrado: «Las azoteas y los lavaderos de Sevilla forman un espacio mágico»

Actualizado 21/12/2002 - 02:58:18
Aunque es la luz de Sevilla la que recuerda, las pinturas de Paco Cuadrado nacen hoy bajo la luz del Aljarafe.
Aunque es la luz de Sevilla la que recuerda, las pinturas de Paco Cuadrado nacen hoy bajo la luz del Aljarafe.
Y es que el llanto hiere sus ojos cuando habla de Paco Cortijo o de sus padres, hasta obturar su voz. Tiene alumnos águardándole en su casa-academia de una urbanización aljarafeña. Pinta solo, mientras suena una emisora de música clásica. Abajo -¿a lo lejos?- la Sevilla que hace ya tantos años él y otros compañeros quisieron teñir de rojo.
-¿Por qué ha preferido pintar a Sevilla desde las azoteas?
-Yo tenía una asignatura pendiente con Sevilla desde las alturas, desde las azoteas. Ya hice los aguafuertes de las espadañas y ahora estoy haciéndolo a óleo. Se me está presentando quizá lo más profundo de Sevilla, que son los recuerdos. Y es que mi primer estudio fue el lavadero de mi casa. Me ayudó a construirlo Paco Cortijo, en el año sesenta. Ese estudio fue además como un ateneo donde se hacían las reuniones clandestinas, estudiantes que venían a hacer Bellas Artes se quedaban a dormir, políticos que venían de fuera a esconderse, lo hacían allí. Yo organizaba los picús en las azoteas. Yo era un organizador de picús. El lavadero era el guardarropa, donde se hacían las sangrías. Las niñas soltaban allí los bolsos. Aquello ha sido un antro de todo. Para mí tiene unas vivencias increíbles. Eso ha estado ahí, muy en el recuerdo. Pero ahora, cuando empiezo a pintar la Sevilla desde las azoteas y son los lavaderos los que me están influyendo tanto como pequeños hábitats con una vida interior acojonante. Eso lo estoy reviviendo con mucha más fuerza. Mi primera exposición fue en la azotea de mi casa. Alrededor del pretil, coloqué yo los cuadros de mi primera exposición. Las azoteas tienen ese mundillo de las vivencias primeras. Yo creo que todo lo que se hace por primera vez es lo que más fuerza tiene. Todo lo demás luego se aprende. Pero lo que se hace por primera vez es como el primer llanto del niño cuando nace. Es romper a la vida. El primer beso con la niña, el primer amor, lo primero es lo que más energía acumula. Es descubrir. Yo me llevé muchos años en ese lavadero, hasta que me casé. Sevilla desde las azoteas tiene un misterio increíble. Las generaciones nuevas que ya hayan vivido en los pisos de la periferia y que no hayan subido nunca a una azotea en la calle Cuna y hayan visto el Salvador con las espadañas, o en la calle Sor Angela de la Cruz, o en la calle Hiniesta... no se lo pueden calcular. Los que no hayan podido subir a una azotea del casco histórico no ven más que la Sevilla de los escaparates, la bulla y los empujones con los coches. Ahora se está deteriorando con tanta parabólica que está inundando aquello e impidiendo que veas una torre en su hermosura total. Observo, además, que esos lavaderos que ya no cumplen la función de lavar, porque eso se hace con lavadoras y secadoras, lo que antes era la azotea como espacio de convivencia de los vecinos ha desaparecido, lo mismo que las tertulias de noche al fresquito en las azoteas. En las azoteas ha desaparecido un modo de vida. Y los lavaderos, como ya no se usan se están convirtiendo en dúplex. Sevilla está creciendo hacia arriba desde los lavaderos. Y valen un huevo. No hay quien te quite 28 ó 30 millones. La especulación está reciclando los lavaderos.Se transforman en vivienda. Hay muchísimas personas que están viviendo en los dúplex del casco histórico. Esa Sevilla es mucho más que la que yo veía en las espadañas o en la torres. ¿Quién de nuestra generación no ha bailado con el Dúo Dinámico y Los Platers en la azotea? Y el color que hay arriba, y arriba es el silencio, y es la soledad, y es lo cercano a la cúpula construida con las manos en el siglo XV o XVI. Arriba es lo cercano al cielo, las palomas... Es un espacio mágico. Cuando subes las escaleras de cuatro pisos, abres la puerta de la azotea y te encuentras con eso... Los chavales que no hayan conocido eso conocen Sevilla de la mitad para abajo. Cuando yo empecé a trabajar con las espadañas encontré estructuras barrocas y del Renacimiento. Pero ahora empiezo a sentir lo popular, lo humano que se va, la parte deshumanizada del arte que se está transformando en industria, ordenador, internet, mil cosas. Yo soy de la generación del lavadero.
-¿Dónde estaba ese lavadero?
-Está todavía en la avenida de Miraflores, en el Retiro Obrero, 4º grupo, letra A (hoy número 55). Allí se casaron mis padres, allí nací yo, y allí vive mi hermana todavía. El lavadero es ahora almacén de cacharros. Es un trastero, como todos los lavaderos de aquellas casas, que se construyeron en el año 29. Yo tenía dos lebrillos grandes de lavar. Cuando Cortijo fue a ver aquello, lo primero que hicimos fue quitar los lebrillos para ganarle espacio al lavadero. Allí pusimos una tarima para poner el modelo. Los alumnos de la Facultad nos reuníamos allí por las tardes para hacer ejercicios de dibujo. Antonio Burgos conocía aquello porque debajo de mi casa vivía su abuela. Iba los jueves a verla, y se encontraba con los niños que había allí jugando, que éramos nosotros. Él venía de la zona más riquita y el nuestro era el barrio pobre. Jugábamos a las bolas.
-Todo ese mundo y su reflejo en su pintura pertenece al reino de la figuración y un estilo nada revolucionario. Me gustaría saber si usted ve a Sevilla también a través de otros lenguajes más modernos, como el abstracto.
-Aquello era la postguerra. Aunque la de España posiblemente haya sido la más larga, todas las posguerras en todos los países son posguerras de miseria, con connotaciones expresivas, intelectuales, culturales que han durado muchos años. ¿Quién empieza a abrir brechas en esa cultura de la posguerra? La gente que empieza a viajar y a comprender y darse cuenta de que hay otras cosas. Posiblemente no ha durado tanto tiempo ese concepto conservador en Cataluña que en Sevilla. La frontera con Francia no estaba a la misma distancia. Los que nos quedamos aquí porque estábamos más cerca de Africa... Salían los alumnos que habían estudiado Bellas Artes y en el viaje Fin de Carrera iban a París, que entonces era la meta. Después ha sido Nueva York. Cuando yo estaba en Bellas Artes, el profesor que antes empezó a hablar de las vanguardias -estoy hablando del año 57- era don Miguel Pérez Aguilera. Posiblemente fue el que más viajó y más contacto tuvo con la vanguardia. Pero es que mientras había unas corrientes que empezaban a moverse en Madrid o Barcelona, en la entonces Escuela Superior de Bellas Artes los libros de Picasso, Cezanne, de todos los impresionistas estaban bajo llave en las vitrinas. Eran libros prohibidos. Los becados éramos bibliotecarios y teníamos el control de las llaves. Se abrían dos horas al día. Allí estaban los malditos. Y en la misma época, compañeros míos, verdaderos genios con el dibujo y con la pintura no pasaban de curso si tenían cateada la Religión.
-Sin embargo, usted no ha cambiado de rumbo y sigue cultivando la figuración y el paisajismo, un realismo en suma que forma parte de la pintura tradicional.

-Al final, cada uno hace lo que sabe. Además, está la coherencia con uno mismo. Hacer vanguardia o abstracto no es una propuesta ni es un cambio ideológico. Es un sentimiento y una vida interior y un creerte tu propia verdad. Para mí hacer las cosas que sé y hacerlas bien es mi parcela. Cada uno tiene que tener su espacio. Yo encontré mi espacio y hago lo que sé hacer, y procuro hacerlo bien. Por otro lado, disfruto enormemente cuando me encuentro un cuadro abstracto bien hecho. El que yo no sea capaz de hacer abstracto es un problema, en última instancia, de sentirlo o no. Eso no quiere decir que porque se hayan producido esos cambios yo me vea obligado a tenerlos que hacer. No sería mi verdad, sino las de otros que han descubierto otras cosas por otras circunstancias. Lo más honesto es que tú en tu parcela seas coherente contigo y cuentes tu verdad lo mejor que sepas. Lo que yo no puedo es extrapolarme a situaciones en las que me encontraría perdido, por estar en la onda.Contar bien una cosa es ya un compromiso. Yo evoluciono, y si el resultado de mi evolución es llegar a la vanguardia, vale, pero no porque yo me lo proponga, porque entonces es algo frío, intelectual. Yo soy más de tripa que de ver qué me invento para que se produzca un cambio para estar en onda con lo que se está produciendo. Yo me sentiría vacío, forzado, creando una situación que no percibo.

Sevilla, siempre cerca

-Usted fue un pionero en salir de Sevilla e irse a vivir al Aljarafe. No sé si eso tuvo algo de destierro, al pasar de aquellas azoteas al campo.

-Yo sigo estando en Sevilla, que sigue siendo mi ciudad aunque viva aquí. Estamos a un cuarto de hora. En Sevilla es donde yo vivo: allí están las galerías, el mercado, los clientes. los museos, las exposiciones... Sevilla es mi vida. Yo me vengo aquí porque encontré un espacio de tierra barato y en vez de tener un piso y un estudio, tener ambas cosas juntas. Fue una operación práctica. A mí me gustaba levantarme y ponerme a trabajar. Yo vivía en Ciudad Aljarafe y tenía el estudio en San Juan. Me llevaba mi canastito para no tener que volver a comer a mediodía. Reunir ambas cosas fue una solución práctica. Yo me sigo sintiendo sevillano. Eso no lo cuestiono. Eso es como el que es francés. Es circunstancial. Ese discurso de las azoteas, en el que puede haber mucha literatura, luego hay que plasmarlo. Hemos hablado de grabados, de dibujos a lápiz y de pinturas. Paralelamente se van configurando en la formación de las personas las herramientas con las que trabajan. Para mí, lo que va tomando preponderancia es esto. Cuando empieza a funcionar el mensaje que el pintor quiere comunicar con el color, éste empieza a cobrar una importancia enorme. Cuando yo voy a Sevilla ya no veo sólo la Giralda o las demás torres, sino con qué color transmitiría yo estos sentimientos. El poeta lo haría de una manera, el cineasta de otra. En mí aparece el color. Cada vez me interesa más hacer un culto al color. Porque el color es la magia. Tengo la imagen fresca, de hace quince días, que he estado en Amsterdam. Está allí mi hijo trabajando y he ido a verlo. Yo pintaría en Amsterdam. Allí no hay lavaderos, pero sí unos grises, unas vibraciones de tonos, los árboles de otoño dorados. Allí hay una diversión de color. Ese lenguaje del artista con la pintura es lo que te hace sentir que la herramienta del color es universal, internacional, no tiene fronteras. Yo sabría pintar Venecia o Berlín. Cada ciudad transmite unas cosas. Yo he aprendido el lenguaje del color, al margen de mi raíz y de mi infancia. Eso es lo que te da la talla de pintor.

-Si usted hubiera nacido en cualquiera de esas ciudades y visitase Sevilla, ¿qué cree que le impresionaría de ella?

-Yo juego con ventaja. Como amo tanto a Sevilla... Muchas veces me pregunto qué dirán los extranjeros cuando vienen. Yo no soy un chovinista de mi ciudad. A mí una cosa de Sevilla que me impresiona muchísimo son las palmeras. Me atraen. Tienen un garbo impresionante. Tienen ritmo, movimiento, color, se elevan por encima. Es como si quisieran buscar la Giralda. Son unos hilitos finísimos que no se sabe cómo llegan hasta arriba. Hay una competencia entre la palmera y el espacio alto, pero es por lo bajita que es la ciudad.

-Temo que le abrumen los recuerdos pero  tengo  que preguntarle por Paco Cortijo. ¿Quién es él para la Sevilla de nuestros días?

-Desgraciadamente, tendrá que transcurrir algún tiempo para que muchos que lo han conocido sepan sacar el arte que Paco Cortijo tenía y se olviden las mezquindades y miserias humanas que hacen que los pueblos no evolucionen. La ciudad todavía no ha sabido entender ni asumir la importancia que ha tenido Paco Cortijo como pintor. No ha sabido respetar la inmensa capacidad de artista que Paco tenía. La ciudad no sabe apreciar todavía lo que ha tenido. Lo están olvidando y relegando. Pero el arte terminará saliendo, cuando aparezca gente nueva que descubra que ahí había un pintor por encima de todo.

-¿Y para usted, quién es Paco Cortijo?

-Fue mi maestro en muchas cosas, como pintor, en la política, compañero de trabajo y de viaje en muchas cosas. Le tengo un grandísimo respeto. Eso es lo que necesitamos, que veamos en cada cosa lo que tiene valor, y pelillos a la mar. Ya él no puede dar ese paso. Pero los que están todavía sí tendrían la posibilidad de la reconciliación y la solidaridad con un hombre que ha hecho muchísimo por el arte.

«Éste va a pintor»

«Nací en el Retiro Obrero en el año 39. Mi padre era obrero metalúrgico de la Fábrica de Artillería, de la fundición que estaba abajo de la Puerta la Carne. Mi madre era costurera. Cosía en casa pellizas para el Ejército. Éramos cinco hermanos. Yo iba a un colegio de los que decían la miguilla. La profesora era una tía mía que tenía el colegio en comedor de mi casa, que se quedaba así aún más chiquetita de lo que era. Yo era el mayor de los cuatro varones, el que sabía comprar. El tendero al verme tan chiquitillo cada vez que compraba me daba un puñaíto de caramelos. Llegó un momento en que dije «¿y por qué no pongo un puestecillo?» En el colegio de mi comedor, antes de que entraran los niños yo sacaba a la puerta de la casa una mesita con unos departamentos forrados de papeles de colores. Ahí ponía los caramelos que me iban dando y ponía un puesto de chucherías. Mi madre vio que eso podía tener alguna ventaja y comprábamos almendras, regaliz y fabricaba los matasuegras, las cariocas. Hasta los doce años que ya fui a Artes y Oficios y me puse a trabajar en una empresa de publicidad, a aprender a hacer letras.
Luego entré en Bellas Artes. Me costeé la carrera trabajando en publicidad. Esos fueron los primeros años hasta que llegó el lavadero. Una vida muy rudimentaria, muy pobre. Los domingos mi padre nos daba una vuelta a la redonda en el tranvía, el 1 ó el 2. Y en verano ir al cine de verano, a la Ronda de Capuchinos, al Trinidad o al Andalucía, y de regreso comprar una sandía. No recuerdo mi infancia en absoluto con acritud, sino con cariño. Mi padre era analfabeto, pero me impulsó a ir a la Escuela de Artes y Oficios. En aquella época ser pintor era una locura. Mis padres no tenían cultura pero sí sensibilidad, y amaban a sus hijos. Como yo de chico lo único que hacía era dibujar, dijeron «pues éste va a pintor». Eso engrandece a los padres que supieron ver que ahí había algo. Mi padre no llegó a verme pintor. Se murió muy joven de un cáncer.»
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