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Ciegos y suficientemente preparados

Cuatro invidentes entrevistados por ABC rompen muchos de los mitos existentes en torno a los ciegos. Su vida es la prueba de que la ceguera no es hoy una limitación para acceder a la Universidad e integrarse en la vida laboral

Actualizado 23/04/2006 - 17:23:31
Mar, Ana, José Gabriel y Antonio son ciegos universitarios, cuyos currícula han sido labrados a golpe de perseverancia, tesón y el apoyo de sus familiares y la ONCE. Ellos rechazan cualquier halago por su titánico esfuerzo para acceder a la educación y la vida laboral. Rompiendo mitos y falsas creencias acerca de los ciegos, ellos se han convertido en un ejemplo de la integración y la normalización de una nueva generación de invidentes, aunque suficientemente preparados.

Profesor de Lengua

José Gabriel García Castro tenía seis años cuando el médico le recetó gafas sin detectar que sufría una enfermedad degenerativa que le hacía perder la visión paulatinamente. «Cuando a los ocho años descubrieron que padecía la enfermedad de stadgart, ya era demasiado tarde para reaccionar porque el ojo era adulto. Recuerdo haber leído y haber jugado al fútbol de portero. No tengo recuerdos amargos de la pérdida de visión porque fue algo muy gradual», declara este cordobés, hoy afincado en Dos Hermanas.

En 1994, José Gabriel ganó por oposición una plaza como profesor de Educación Secundaria. Su primer destinó fue Ayamonte (Huelva) y después Brenes (Sevilla), donde hoy ejerce como profesor de Lengua en el Instituto de Secundaria. «Estudié gracias a mis padres y mi hermana mayor, que me ayudaron lo indecible. La verdad es que tengo una deuda moral impagable con ellos», subraya este invidente.

En cuanto a su acceso a la educación, afirma que «siempre estuve en colegios de integración porque el braille no es práctico para estudiar, ya que exige mucho papel y pedir con mucha antelación las transcripciones. Preferí siempre grabar los temas y estudiar de oído. Siempre hacía los exámenes orales. Tardé cinco años en estudiar la carrera y dos en prepararme las oposiciones a la Junta de Andalucía».

José Gabriel, que también ha hecho los cursos de Doctorado en Lingüística, no tiene perro guía, por lo que usa el bastón para moverse. Tiene el ordenador adaptado para leer las páginas de Internet y los textos escaneados de cualquier libro. «Todo hubiera sido más fácil si hubiera estudiado con los adelantos tecnológicos de hoy», señala este profesor, que usó una beca de la ONCE para pagar a una persona que le leyera los temas de la oposición.

En 1998 se caso con una chica que no es ciega y con la que ha tenido dos hijos, hoy de 5 y 3 años, con los que estuvo recientemente en Disneyland París. Como cualquier padre, cuando se queda a solas con ellos, «les agobio estando siempre encima de ellos porque no me fío de lo que puedan hacer».

Fisioterapeuta por vocación

Un tumor en la retina dejó a Ana María Sánchez Rabanal sin visión a los nueve meses de vida, obligándole a usar prótesis en los ojos. Esta sevillana de la Gran Plaza estudió en un colegio de la ONCE hasta los 13 años y después ingresó en el Instituto Martínez Montañés, donde la integración le resultó dura «sólo los primeros meses».

Ana ha sido también una buena atleta, ya que en 1994 ganó en los Campeonatos de Atletismo de Europa dos medallas de oro en 800 y 1500 metros. La carrera de Fisioterapia la estudió en una Escuela Universitaria de la ONCE en Madrid, donde conoció a su novio, José, extremeño y también fisioterapeuta invidente, que trabaja en una clínica privada de Dos Hermanas. El próximo 30 de septiembre, Ana y José contraerán matrimonio en Sevilla. «Me gustaría tener dos hijos. Es algo que no me da miedo, aunque sí respeto», comenta esta mujer, a la que su madre y hermanas enseñaron a combinar los colores que nunca conoció.

Desde los 17 años, Ana sabe lo que es vivir sola, ya que en Madrid compartió un piso mientras estudiaba la carrera universitaria. «Me gusta cocinar y prefiero el gas a la vitrocerámica», señala Ana, quien a los 24 años se trasladó hasta el pueblo cordobés de Bélmez para trabajar en un centro privado. El pasado mes de diciembre comenzó a trabajar para el SAS a través de la bolsa de trabajo de Empleo. Primero lo hizo en el Hospital Macarena y ahora está en el Centro de Salud de Sanlúcar la Mayor (Sevilla).

Ana niega que por ser ciega pueda haber desarrollado más el tacto y ser mejor fisioterapeuta que una persona con visión. «Eso es un mito. No creo que demos mejor o peor el masaje por ser ciegos. Lo que sí es verdad es que el que se dedica a la Fisioterapia desarrolla el sentido del tacto por narices», razona esta invidente, quien para sus desplazamientos usa desde 2002 a Xoma, una labradora de color negra. «Afortunadamente, mis padres no me han superprotegido porque sabían que ellos no estarán siempre conmigo», finaliza.

Derecho Fiscal en la Universidad

Un golpe que ni recuerda provocó a María del Mar Jiménez Navas el desprendimiento de retina que le dejó ciega en sólo tres meses cuando tenía 15 años, coincidiendo además con la muerte de su padre. Ana no se dejó amilanar. Estudió braille, acabó bachillerato y se licenció en Derecho. «Si me quería presentar a los exámenes, mi madre buscaba a alguien que leyera y le pagaba por horas cuando no llegaban a tiempo las transcripciones en braille», relata Mar, casada desde hace seis años con Antonio Espíldora, también invidente.

Hace cinco años, se convirtió en profesora de Derecho Fiscal de la Hispalense después de que su currículum compitiera con otros en igualdad de condiciones. «En la Universidad no hay cupos para minusválidos. Aquí sólo entras por méritos», puntualizó esta sevillana, que también imparte por las tardes clases en un curso de Experto de la Facultad de Económicas.

«Mis alumnos de son muy respetuosos, aunque la verdad es que yo también soy muy exigente», explica Mar, quien memoriza las cuentas o ecuaciones para dictárselas a sus alumnos o, si son muy complicadas, pide a un estudiante que las copie en la pizarra. Sus exámenes, como los de otros profesores, son tipo test. Cuando encarga trabajos adicionales, pide su entrega a través de Internet o un disquete. «Sin ordenador no sabría a dónde ir», comenta.

«No he tenido hijos por falta de tiempo, no porque me asuste. De hecho, no le veo dificultades a tener hijos siendo ciega. No hay nada difícil -dice- si tienes tus necesidades básicas cubiertas». «No he dejado nunca que me superprotegieran. He ido a Inglaterra a estudiar inglés y he viajado por toda España», comenta Mar, quien también habla francés e italiano. A la vista se nota que Mar es coqueta. Ella se maquilla sola yelige su ropa, combinando los colores, que recuerda perfectamente. Ahora está inmersa en la decoración de su nueva casa. «Me preocupo por los pequeños detalles de la casa, quizá porque he tenido visión hasta los 15 años», explica.

Profesor de Piano, doctor en Derecho

Antonio Espíldora recuerda el mar, el horizonte, su casa y los colores que dejó de ver a los 9 años. Tres años antes sufrió un golpe que le provocó un desprendimiento de retina. «Para mí no hubo un antes y un después porque perdí primero la visión de un ojo y después la del otro. Era niño y me adapté bien. No he sentido nunca frustración por no ver. Nunca eché en falta la vista y no vendería mi alma al diablo para poder ver. No me cambio por nadie, me gusta mi vida», afirma Antonio.

Hoy tiene 34 años y su ceguera -usa gafas de cristal claro por pura coquetería- no le han impedido doctorarse en Filosofía del Derecho y licenciarse en Piano. Hoy en profesor de Piano en el Conservatorio de Música de Sevilla, donde ganó una plaza en propiedad por oposición hace dos años.

Antonio es un defensor a ultranza de la integración y la normalización del colectivo de ciegos «porque -argumenta- antes o después tienes que enfrentarse a la sociedad. Mi padre luchó por mi máxima integración social y, aunque me enseñó braille, siempre fui a colegios de integración». A su juicio, «la informática es lo que más nos ha equiparado porque nos ha facilitado el acceso a la información».

Él tiene un pastor alemán como perro guía, que congenia bien con Ilsa, la perra labradora de su mujer, María del Mar Jiménez, también invidente. «Las circunstancias condicionan el futuro y la ceguera -confiesa- también me ha dadomuchas cosas, ya que gracias a ella he tenido más actividad intelectual y conocí a mi mujer en una reunión de la ONCE».
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