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Un año de sospechas, verdades a medias y mentiras flagrantes

Hace hoy justamente un año que Marta del Castillo desapareció. Era sábado, 24 de enero de 2009. Ese día, la adolescente de 17 años le confesó a su madre que iba a salir con Miguel, un amigo algo

Actualizado 24/01/2010 - 21:46:32
Hace hoy justamente un año que Marta del Castillo desapareció. Era sábado, 24 de enero de 2009. Ese día, la adolescente de 17 años le confesó a su madre que iba a salir con Miguel, un amigo algo especial con el que las cosas no habían ido del todo bien, y con el que «tenía que arreglar» algunas cosas. Algunas de sus amigas compartían la confidencia, como la que chateaba con Marta cuando Miguel llamó al portero automático. Eran las 17.35 de aquel sábado. Tres horas más tarde, Marta estaba muerta.
Comenzaba así un caso que hoy, un año después, continúa siendo paradigma de las sospechas, las verdades a medias y las mentiras flagrantes, con o sin el amparo del presunto «derecho» de los acusados a faltar a la verdad cuantas veces quieran. No de otra manera puede entenderse que Miguel, sospechoso desde primera hora y confeso autor de la muerte de Marta, se haya burlado de medio mundo dando hasta tres versiones distintas -cuatro si se cuentan las matizaciones- de lo que ocurrió el 24 de enero de 2009.
Aquel sábado, Marta no regresó a su casa a la hora convenida y su ausencia hizo saltar las alarmas. Nadie sabía dónde estaba. Había desaparecido. Sus padres no se lo pensaron dos veces y, no mucho más tarde de la medianoche, denunciaban la desaparición en la Comisaría de Nervión. Allí, en una comparecencia nerviosa y difusa, aparecía por primera vez la sospecha: Marta había estado con Miguel.
Al mismo tiempo comenzaba una búsqueda desesperada que llevó, primero a sus amigas y luego a sus propios familiares, a la casa de Miguel, en la calle León XIII. El joven ya no vivía allí, sino en Camas. Pero allí se buscó, pese a todo, en lo que aún hoy continúa siendo una evidencia de que muchos actores secundarios de este caso conocían más de lo que dijeron al principio. Otros, probablemente aún los esconden.
En aquella búsqueda atropellada no hubo respuesta alguna. Primero, la casa estaba vacía; hasta hubo quien golpeó las persianas para despertar a quien estuviera en su interior; luego, a mitad de la madrugada, lo único que los familiares de Marta consiguieron fue la respuesta desabrida de Francisco Javier, el hermano de Miguel, que negó saber nada del paradero de Marta.
Las «desapariciones» de adolescentes no son hechos aislados los fines de semana, y muchas de ellas ocultan fugas con ligues de ocasión o juergas que acaban durmiendo la mona en el lugar menos esperado. La Policía está sobradamente acostumbrada a ellas, y a las «apariciones» posteriores; e incluso a que los atribulados padres se olviden de retirar la denuncia que habían presentado.
Tal vez por ello, a media mañana del lunes aún no habían comenzado a desperezarse del todo los resortes de búsqueda. Para entonces, la Policía tenía poco más que la denuncia inicial y una ampliación en la que se apuntaba el nombre de la última persona que había estado con Marta: Miguel Carcaño.
El joven se convirtió inmediatamente en el principal sospechoso. Él lo sabía y colaboró cuantas veces fue requerido por la Policía. Incluso se avino a desnudarse para demostrar que no tenía herida alguna que evidenciaran una pelea con la joven. Lo más que le vieron era un pequeño arañazo en la parte interior de una de sus muñecas.
Miguel no negó en ningún momento que hubiera estado con ella, y reconstruyó los pasos que dieron aquella tarde y los lugares donde estuvieron: el barrio de Marta, Santa María de Ordás y luego los bajos del puente de Triana, donde estuvieron con unos amigos.
Lo que no dijo era que se la llevó hasta su casa de León XIII, supuestamente para recoger unos discos de música. Su versión siempre acababa en el mismo sitio: junto a la casa de Marta, alrededor de las nueve y media de la noche, una afirmación que, en la ceremonia de la confusión que fueron los primeros días de búsqueda, tomó cierto cuerpo después de que una vecina asegurara haberla visto a esa hora en el portal «como si esperara a alguien». Luego se desdijo, desmontando la teoría inicial, como quedó desmontada la que suponía que Marta regresó a su casa y llegó a conectarse a internet antes de que alguien volviera a buscarla.
La realidad era tozuda y muy distinta. Miguel mantuvo su versión, hasta que, en la mañana del viernes 13 de febrero, la Policía Científica obtuvo el resultado que buscaba. Los análisis de ADN realizados a dos pequeñas manchas de sangre encontradas en la cazadora de Miguel corroboraron que era sangre de Marta.
Miguel fue detenido pocas horas después. No podía decirse que fuese algo inesperado: varios días antes, el joven y su hermano ya se habían preocupado de buscarse un despacho de abogados en la calle Arroyo.
En Comisaría, todo volvió a comenzar. Y se repitieron las negativas. Hasta que a Miguel le fueron presentadas las evidencias científicas sobre la sangre de Marta. Sólo entonces confesó... por primera vez.
Únicamente en aquel momento admitió que discutió con Marta en su dormitorio del piso de León XIII y que la golpeó con un pesado cenicero. Luego llamó a dos de sus amigos, Samuel y «el Cuco», para que la ayudaran a deshacerse del cadáver, que arrojaron al río. Su primera versión hablaba de un rocambolesco traslado en su propia motocicleta; más tarde la versión apuntaba a que para el traslado utilizaron el coche de la madre de «el Cuco», un Volkwagen Polo que el menor de edad solía conducir. Aquella noche, al menos según dijeron, condujo Samuel, porque era el único que tenía carné.
Tras ser detenidos, los tres jóvenes coincidieron en señalar el punto de la pasarela de Camas desde el que cayó el cadáver. Cada uno lo hizo a una hora y por separado: la coincidencia fue plena.
La declaración de «el Cuco» arrastró a Francisco Javier, el hermano de Miguel, a quien el menor de edad acusó de estar en la casa e incluso de amenazarlo para que participara en la manipulación del cadáver.
150 evidencias genéticas
El menor negaría luego que estuvo en la casa, lo mismo que Samuel, unas aseveraciones contradichas por las concienzudas pruebas biológicas realizadas sobre muestras tomadas por la Policía en la casa de León XIII. Allí, pese a la limpieza que había sido realizada, los investigadores lograron aislar más de 150 muestras que dieron positivo con el perfil genético de los acusados. Algunas de las muestras estaban mezcladas con el ADN de la propia Marta.
El 20 de febrero, la Policía daba casi por concluida la investigación sobre el crimen, a excepción del hallazgo del cadáver.
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«El Cuco», el menor. Tenía 15 años cuando murió Marta. En su primera declaración admitió haber ayudado a Miguel para deshacerse del cuerpo, amenazado por Francisco Javier. Más tarde cambió su versión y dijo que todo se lo había inventado tras ver la TV.
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F.Javier, el hermano. El hermano de Miguel negó en todo momento que estuviera en la casa cuando murió Marta y que se ocupara de limpiarla para borrar huellas. Sus llamadas telefónicas, sin embargo, lo sitúan en la casa en torno a la hora del crimen.
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María, la novia. La novia de Francisco Javier dice que estuvo en la casa estudiando hasta las cuatro de la madrugada y que no vio nada. La hora en que se deshicieron del cadáver es la gran duda. Se le acusa de colaborar con su novio en el encubrimiento.
Un año de sospechas, verdades a medias y mentiras flagrantes
Miguel, el verdugo. Tras su detención, se confesó culpable de la muerte de Marta y hoy es el único que sigue en prisión por ello. Después cambió su versión y dijo que la violó junto con «el Cuco» y éste la estranguló luego. Un año después ha vuelto a su primera versión de los hechos.
Un año de sospechas, verdades a medias y mentiras flagrantes
Samuel, el encubridor. Dice tener coartada, pero además del tiempo que «se perdió» en Montequinto ésta sólo le vale si el cadáver fue sacado temprano, y no si se hizo de madrugada. Su ADN está en la casa y en su primera declaración reconoció que ayudó a deshacerse del cadáver.
Las llamadas incontestadas y los SMS no respondidos de varias amigas al teléfono de Marta fijaron la hora del asesinato entre las 20.03 y las 20.45. Las probabilidades de que hubiera ocurrido otra cosa y de que el cuerpo no estuviera en el río quedaron reducidas a un uno por ciento.
De los tres detenidos inmediatamente, Samuel fue el primero en cambiar su versión ante el juez. Niega que ayudara a Miguel a deshacerse del cuerpo, y asegura quedeclaró presionado por la Policía.
«El Cuco» también se desdice ante el juez y afirma que el día 25 estaba de «botellón» con unos amigos y que lo que dijo sobre Miguel, la muerte de Marta, la casa y el cadáver en el río se lo inventó después de ver la televisión.
Un mes después de las detenciones Miguel da el gran vuelco. Cuando ya se ha hecho todo lo posible por encontrar el cadáver en el río, el autor confeso de la muerte cambia su relato y afirma que «el Cuco» y él violaron a Marta en la casa de León XIII, tras amenazarla con una navaja y tapándole la boca con un calcetín para que no gritara. Luego, el menor de edad la estranguló con el cable de una alargadera. Luego, en una acción de la que exime a su hermano Francisco Javier, Miguel asegura que junto con Samuel arrojaron el cadáver a un contenedor de basura tras sacarlo en una silla de ruedas.
Lo único constatable es que la navaja apareció en una alcantarilla de León XIII, donde Miguel dijo que la tiraron.
En sentido contrario se barajaba una pregunta ¿si era verdad el nuevo relato y Marta había muerto estrangulada, por qué desaparece de la casa el cenicero del primer relato, cuya existencia está constatada?
La nueva versión olía a arguciapara escapar de un juicio con jurado, pero tampoco era descartable. Además, un vecino de Miguel lo había visto en el pasillo del bloque junto a una silla de ruedas y el dueño de un bar cercano asegura que lo vio con la silla en la calle. En cualquier caso, las horas son mucho más tardías de lo que dijo el homicida.
Horas sin aclarar
Que el traslado del cadáver se produjo más tarde de lo que primero dijo Miguel parecía una obviedad desde el primer momento. Era difícil que un sábado sacaran un cuerpo inerte a las diez de la noche. Los investigadores siempre albergaron la sospecha de que el cuerpo estuvo varias horas en la casa hasta que los implicados se organizaron.
Comenzaba así una nueva búsqueda, esta vez en el vertedero de Alcalá de Guadaíra, que acabó sin resultado alguno después de un mes de angustioso trabajo policial.
Si a la historia le faltaba algún capítulo, éste lo escribiría Rocío, la joven «novia» de Miguel, que meses después declaró voluntariamente ante la Policía que aquél le confesó el crimen el mismo día 24, cuando fue a dormir a la casa de Camas para preparar su coartada. Según dijo, el cuerpo estaba en una zanja cercana a su casa en la que por aquellos días se realizaban trabajos de canalización.
Pero el cadáver tampoco estaba allí.
Su paradero continúa siendo un misterio sin resolver.
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