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Reina de Madrid

TEXTO: LUIS CONDE-SALAZAR INFIESTAEn 1945 el cadáver de María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, decimotercera duquesa de Alba, era exhumado en Madrid. Casi siglo y medio después

Actualizado 29/07/2006 - 11:50:16
TEXTO: LUIS CONDE-SALAZAR INFIESTA
En 1945 el cadáver de María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, decimotercera duquesa de Alba, era exhumado en Madrid. Casi siglo y medio después de su muerte, ocurrida en 1802 en su casa capitalina de la calle Barquillo cuando la bella y popular aristócrata contaba con sólo 40 años, se intentaban esclarecer los motivos de su deceso, para muchos entonces (dentro y fuera de la Corte) un asesinato encubierto detrás del cual podría estar la mano de la Reina de España y rival de la duquesa, la poco agraciada María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV.
Los resultados de la autopsia practicada fueron inconcluyentes. Oficialmente una meningoencefalitis, agravada por otros problemas impronunciables, acabó con su vida. El misterio perdura y la leyenda sigue su curso. Nació la duquesa en el castizo barrio de Lavapiés en 1762, fruto de la unión del ilustrado duque de Huéscar, un hombre frío y distante, y de María del Pilar Ana de Silva, femme savante (académica, para entendernos), amante de los salones y de estar pocas horas en casa. La niña se crió, así, entre la aristocracia y el vulgo cañí de las calles gatas, siempre con la duda de no saber en cuál de aquellos mundos estaba el suyo.
Casada por conveniencia a los 13 años, decidió que eso del matrimonio no era para ella y que los hombres estaban para ser degustados de tres en tres. O al menos, eso es lo que se contaba: que por sus muchos aposentos frívolos habían transitado demasiadas calzas. Y pese a esa imagen, la duquesa era admirada por el pueblo, por encanto, belleza y salero y envidiada, por igual motivo, por no pocas y pocos cortesanos. Carmen Güell se adentra en «La Duquesa de Alba» (2002), relato narrado en primera persona, en la compleja psique de este intrigante y fascinante protagonista de nuestra Historia, desde su infancia hasta su muerte, desde sus primeros disgustos personales y escarceos amorosos a las más sonadas de sus compañías de sábana (Godoy, dicen; Goya -ella era su musa-, Pignatelli -él era su hermanastro-). Dice Güell sobre la duquesa que «fue una mujer que marcó estilo dentro y fuera de su círculo. Una mujer que quiso ver y experimentar cosas mas allá de los límites que podía permitirse por su rango. Aristócrata y maja a la vez.
Su vida discurrió entre dos frentes: los salones cortesanos y el barrio castizo que la vio nacer. Entre linajudos y desheredados. Esto le costó más de un disgusto. Nunca acabó de encontrar la felicidad que perseguía con tanto afán. Su prematura y trágica muerte dio mucho que hablar.
Eran aquellos años difíciles para una España en declive y enfrentada a la alternativa entre el progreso y la tradición: «Nos encontramos ante una sociedad jerarquizada -comenta la escritora barcelonesa- que empieza a moverse. Dada la proximidad con Francia, las ideas iluministas procedentes de allí van calando poco a poco en un sector de la sociedad y surgen los llamados afrancesados entre los «grandes» y, también, entre muchos de las clases populares. Se enfrentan los que se apuntan a los cambios y los que desean que todo siga igual».
Una vida literaria
Mucho es lo escrito sobre la duquesa, pero Güell apunta un tono de originalidad en su percepción casi pictórica de esta alta dama, mecenas de artistas y sensible a las creaciones de su tiempo. «Me fueron muy útiles los retratos de Goya y algunas películas sobre la época. Recurrí a todas las publicaciones que me parecieron oportunas. Hay mucho donde elegir; precisamente, porque se ha hablado largo y tendido sobre el personaje en cuestión, tuve que definirme en la medida de lo posible. La duquesa se me hizo atractiva desde el principio. Enseguida le cogí cariño, lo cual me sirvió de ayuda. Me facilitó las cosas. Se trata, por otra parte, de un personaje sumamente agradecido». Agradecido, sí, porque la ambivalencia de sus costumbres, los rumores que la apuntaban y los devaneos jaraneros que siempre la acompañaron son argumentos para convertir en literatura todo lo que su vida tocó.
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