Opinión

Hemeroteca > 30/06/2002 > 

Primaveras de España

Actualizado 30/06/2002 - 23:56:36
La historia licenciosa de España en general y de Sevilla en particular, la conocemos gracias al estupendo estudio de Andrés Moreno Mengíbar, quien hace unos años publicó: «Poder y prostitución en Sevilla» (Universidad de Sevilla, 1995), libro imprescindible que bien podría ser un completo manual o un manual completo. Según.
Sin embargo, buena parte del arte y la literatura española surgió en lenocinios y lugares de dudosa reputación, como bien lo demuestran los testamentos de las hermanas de Cervantes hallados por Rosa Rossi en Valladolid, los cuadros de Romero de Torres y las novelas galantes de Zamacois. De hecho, la cultura española no sería la que conocemos si no hubiera sido por tantas fulanas y rijosos caballeros que han abolido esa imagen vicaria y mojigata de España que algunos quieren imponer.
Al librero Abelardo Linares le debo el hallazgo de uno de los libros más divertidos que he leído jamás: «Primaveras de España» del francés Francis Carco, una crónica de viajes editada por la casa Vulcano de Madrid en 1931 y traducida por Artemio Precioso. «Primaveras de España» desató furiosas críticas porque ofrecía una imagen del país a través de sus burdeles, y a Sevilla en particular le dedicó 100 páginas de gozosa investigación por locales de Triana, La Alameda y Santa Cruz, citando además los nombres de sus amables y francófilos guías sevillanos. ¡No tiene desperdicio!
En su delicioso «Autorretrato sin retoques» (Anagrama, 1996), Jesús Pardo relata una desopilante anécdota que casi nos recuerda a «La España Negra» de Solana. A saber: «Al escritor Alvaro Cunqueiro, la policía franquista le buscó por toda España por orden de Ramón Serrano Súñer, a quien es fama que había dejado mal nada menos que con Heinrich Himmler, el jefe de la Gestapo nazi. Cunqueiro se jactaba de saber alemán, y Serrano Súñer le dio cincuenta mil pesetas de las de entonces para que pilotase a Himmler por Madrid con toda esplendidez. Él, sin embargo, lo que hizo fue desaparecer con el dinero rumbo a Mondoñedo, dejando empantanado al ilustre visitante. La policía dio con él en una casa de putas de Mondoñedo cuando ya sólo le quedaban algunos duros. Parece ser que a Serrano esto le hizo tal gracia que le perdonó». Cincuenta mil pesetas de los años 40 debajo de una mesa camilla de Mondoñedo.
El escritor Leopoldo de Trazegnies nos recuerda en su «Conjeturas y cojudeces» (Letraz, 2000), que en el número 20 del sevillano Paseo Colón existió a fines de los 60 un lujoso burdel presidido por un óleo de Sir Alexander Fleming, a quien por haber hecho el milagro de la penicilina, cocottas y parroquianos cumplimentaban con inciensos y candelitas como si se tratara de un santo. Ahí reinaba una reinona a quien todos sus clientes llamaban «Cecilia Böhl de Faber», y ella llamaba «Arturo» a todos sus clientes.
Todas estas historias me han venido a la memoria en cuanto he sabido que la banda del «Cásper» había ocultado los valiosos cuadros de Esther Koplowitz debajo de la cama de un club de alterne madrileño. ¡Qué arte! Esa despedida de soltero sobre un Foujita. Ese pedazo de pinacoteca dentro de la discoteca. Ese homenaje a Sorolla columpiando su Goya. ¿Cuántos técnicos en transporte vial (léase camioneros) habrán amalado noemas, caído en salvajes ambonios y aproximado sus orfelunios encima de «Las tentaciones de San Antonio»?
- Una habitación, haz favor.
- ¿Le doy la de los cuadros?
- No, por favor. Mejor una con espejos.
Alguien debería dedicarle a «Cásper» una película, por su contribución a la valleinclanesca historia del polilleo nacional. La pregunta es ¿Ozores o Almodóvar?
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
PUBLICIDAD
Lo ?ltimo...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.