Al Capone, el capo más famoso de la mafia gracias al cine - ABC

Prostitutas, drogas y excesos: la vida de los capos más sanguinarios de la mafia

La muerte de Totò Riina supone la marcha de uno del jefes más crueles de Cosa Nostra. Un líder del crimen organizado que nada tuvo que envidiar a Al Capone o a «Lucky» Luciano

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Si algo tiene el paso tiempo es que acaba con la mala hierba. Esa que, según dice el refranero popular, nunca muere. Así lo ha demostrado esta madrugada el fallecimiento en la cárcel de Parma de Totò Riina, más conocido por ser uno de los capos más crueles de la mafia siciliana. Aunque, eso sí, ha sido necesario esperar varias décadas para que la realidad haya superado al dicho, pues este sádico personaje se ha marchado a la edad de 87 primaveras. Ahora, no obstante, yace junto a otros «grandes» del crimen organizado. Hampones como «Lucky» Luciano, Al Capone, John Gotti o Giuseppe Morello.

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«Ha muerto un “ganster” de película cuando iba a “rodar” su vida». Estas son las palabras con la que ABC tituló el artículo que, el 3 de febrero de 1962, informaba de la muerte de «Lucky» Luciano (acaecida unas jornadas antes). Su fallecimiento fue casi tan controvertido como su vida. Y así quedó para el recuerdo en las páginas del diario: «En el aeropuerto de Nápoles, Luciano […] esperaba la llegada de un avión. En él venía el productor norteamericano de cine Martin Goshach, que llegaba a la ciudad para preparar el rodaje de “La historia de Luciano”. Lucky Luciano, el antiguo ganster, iba a ser el protagonista del film. Repentinamente se puso enfermo y cayó al suelo. Los médicos que acudieron a atenderle se limitaron a certificar su muerte».

El mafioso al que, diez años después, ABC definió como el «padrino de una nueva generación de “gansters” indiferente a las “tradiciones”» vino al mundo en 1897 como Salvatore Lucania.

Tan solo seis años después se trasladó hasta Nueva York con su padre, donde empezó a hacer sus pinitos en el mundo del crimen jugándose sin pudor sus ahorros en garitos muy cuestionables. Poco después, con apenas 18 primaveras, este italiano ya formaba parte de una destacada banda («Five ponits gang») y contaba con una pléyade de amigotes del calibre del famoso Frank Costello.

No tardó en cambiarse el nombre y el apellido cansado de que se lo chapurrearan mal. Lo del mote («Lucky») vino después. Se lo pusieron sus camaradas cuando tuvo la suerte de salir vivo después de que le dieran una paliza, le cortasen la garganta y le dejasen colgado de un gancho.

Su carrera fue fulgurante. Pronto pasó de ser un «as» en el póker a un traficante de drogas. Y, ya en 1919 (tras pasar por la cárcel), empezó a coquetear con la venta de alcohol. La década de los 20 le trajo todavía más riquezas y le consolidó como el rey indiscutible de la prostitución, el juego y todo tipo de contrabandos (entre ellos, el de tabaco). Su éxito fulgurante terminó llamando la atención de la banda de Joe Masseria, entonces el «Don» más poderoso de Nueva York, a la que se unió Luciano por un breve periodo de tiempo.

Sin embargo, su nueva forma de entender los negocios ilegales (en la que primaban las ganancias por encima de todo) pronto le enfrentaron al gran jefazo. Un líder anclado en las viejas tradiciones sicilianas de respeto y honor. «Todos odiábamos a esos “old mustaches”, nosotros tratábamos de sacar adelante un negocio moderno y ellos vivían como hacía 100 años», afirmó en una ocasión.

Salió vencedor sangre mediante. Y con él la mafia inició una nueva era. «Luciano aportó una mentalidad empresarial al mundo del hampa: en lugar del jefe supremo (el “boss de los boss”) creó una especie de “consejo de las familias” que regulaba el reparto de las áreas de explotación de cada racket», explicaba el ABC en un artículo publicado en 1972.

Su vida, como pensó el director mencionado, bien se merecía una película. Tras se condenado a medio siglo de prisión organizó el hundimiento de un transatlántico para que poder cambiar de prisión. Posteriormente colaboró con la justicia de los Estados Unidos y fue liberado en compensación, aunque expulsado del país.

«Se estableció entonces en Nápoles, donde expandió el estilo de criminalidad de la Cosa Nostra de Nueva York, en el que destaca el tráfico de drogas y de tabaco. Colaboró con la mafia siciliana y la Camorra, introduciéndolas en el crimen organizado a nivel internacional», explica Fernando Bermejo Marcos en su obra «Breve historia de la Camorra». En el 62 le llegó la muerte por sorpresa cuando estaba dedicado a la vida contemplativa. ¿Venganza, o casualidad? De momento, es imposible saberlo.

2. Al Capone, el fundador del «sindicato del crimen»

El cine convirtió a Alphonse Gabriel Capone en el mafioso más popular de toda la historia. Y lo cierto es que, aunque su reino del crimen no fue tan exagerado como nos muestra a día de hoy la gran pantalla, Al Capone fue uno de los reyes de Chicago en la «Ley seca».

Durante aquellos años 20 en los que Estados Unidos trataba desesperadamente de controlar a las mafias con la mano dura de agentes como Eliot Ness, «Cara cortada» (apodo que recibió por causas obvias) logró dirigir el juego, la prostitución y el contrabando de bebidas alcohólicas en la región. Finalmente fue cazado por evasión de impuestos, como bien sabemos todos. Algo risible para alguien que -a la postre- se hizo famoso por brutalidades del calibre de «la matanza de San Valentín» de 1929 (el asesinato de 7 miembros de una banda rival a sangre fría).

Capone nació en Brooklyn el 17 de enero de 1899 como el cuarto de los nueve hijos de dos inmigrantes sicilianos. Al igual que Luciano, llegado desde muy joven a Estados Unidos, Alphonse mamó desde su infancia las artes mafiosas gracias a los capos que habitaban la popular «Little Italy» del East Side de Nueva York. Pronto abandonó los estudios para desempeñar diversos trabajos.

El mayor cambio en su vida llegó cuando se puso en contacto con Johnny Torrio, el jefazo más destacado de la ciudad en lo que a crimen organizado se refiere. Este le introdujo en la banda más potente de entonces, la mítica «Five points». Aunque el futuro «Cara cortada» no era nuevo en este ámbito, pues ya había formado parte de otras como los «Brooklyn Rippers» o los «Forty Thieves Juniors».

Como bien explica Óscar Bellot en su reportaje «El día que Capone se topó con el fisco», Capone se desempeñó posteriormente como guardaespaldas de otro hampón, Frankie Yale. Con todo, su verdadero valedor fue siempre Torrio, con quien se trasladó en 1919 hasta Chicago y gracias al que se enriqueció tras la llegada de la «Ley seca». Una norma que, tal y como afirma Miguel Ángel Linares en su obra «Mala gente», reportó a la mafia «unas ganancias de diez millones de dólares al año en contrabando de licores y apertura de bares clandestinos».

Poco después, en 1925, Torrio abandonó el negocio tras sobrevivir milagrosamente a un atentado contra su vida y lo dejó, nada más y nada menos, que en manos de Capone. «Tenía lo que hacía falta, una ausencia total de escrúpulos, lo que le permitió hacerse inmediatamente con el control de la ciudad», explica Bellot.

A partir de este momento comenzó su reino del terror y se convirtió, literalmente, en el «enemigo público número uno». No ya para la ley y el orden, sino también para las bandas contrarias, muchas de las cuales fueron destrozadas a balazos cuando se interpusieron en su camino.

Poco después tuvo su primer encontronazo serio con la justicia. Concretamente, fue detenido el 16 de mayo de 1929 en Filadelfia cuando salía de disfrutar de una función de teatro a la que había acudido con su guardaespaldas, Frank Cline.

Después de ser registrado por las autoridades, fue acusado de portar un revólver ilegal (única forma de meterle entre rejas, pues era imposible demostrar sus crímenes). Por ello, el juez Edward Carney le condenó a pasar medio año entre rejas. «Las autoridades en algunas ciudades (...) le temen. Pero Filadelfia no le tiene miedo, señor Al Capone», le espetó entonces el magistrado. El mafioso pasó 8 meses en la prisión (del 8 de agosto de 1929 al 16 de marzo del año siguiente).

Sin embargo, hubo que esperar hasta el 17 de octubre de 1931 para que el hombre que había fundado el «Sindicato del crimen» fuese condenado a 11 años de prisión por evadir cerca de 400.000 dólares en impuestos. Tras pasar por Penitenciaria Federal de Atlanta fue llevado a Alcatraz. En 1939 fue liberado por motivos de salud. Murió en 1947 por culpa de la sífilis.

3. John Gotti, el «último padrino»

La mafia no es solo cosa de los comienzos del siglo XX. Ni mucho menos. Ejemplo de ello fue John Gotti, el mismo al que Linares conoce como «el último padrino». No le falta razón, pues con su muerte (acaecida el 10 de junio de 2002 en prisión debido a un cáncer de garganta) los años de los capos de Hollywood tocaron a su fin.

Así lo afirma también Íñigo Domínguez en «Crónicas de la mafia: Crónica negra»: «Gotti aguantó el tipo y se hizo famoso saliendo en las revistas, siguiendo el estilo de los grandes gansters». No obstante, todo su glamour no le sirvió de nada cuando, finalmente, fue cazado por las autoridades.

Gotti, nacido en 1940, se crió bajo el paraguas de una de las familias mafiosas más destacadas de aquellos años, los Gambino. Lo hizo, no obstante, después de haber pasado una infancia robando coches, extorsionando a comerciantes y repartiendo palizas. Sin duda, estaba hecho de la misma madera que los viejos Luciano y Capone.

Brutal desde su adolescencia, nuestro protagonista se ganó su entrada en la familia Gambino tras pasar dos años en la cárcel por vengarse de un viejo enemigo del «Don».

Para su desgracia, tras la muerte de ese mandamás no logró ganarse el afecto del nuevo líder, Paul Castellano, quien llegó a planear su muerte. «Gotti se adelantó y, el 16 de diciembre de 1985, Castellano caía abatido a tiros en pleno Manhattan», destaca Linares. Aquel asesinato le permitió convertirse en el cabeza de la familia y empezar a ganar dinero a espuertas gracias al tráfico de drogas.

El nuevo jefe no tardó en ser perseguido por las autoridades y en verse obligado a acudir a multitud de juicios. Con todo, se ganó el apodo de «Don Teflón» por evitar siempre las rejas.

Al final, convirtió sus procesos en algo casi esperpéntico. Y es que, a ellos acudían cientos de periodistas para verle declarar por enésima vez con sus mejores galas. En los mismos, Gotti solía presentarse con trajes de 2.000 dólares para demostrar que no andaba, precisamente, falto de liquidez.

Al final, la fama le hizo acabar entre rejas. El FBI, harto de ser humillado en los medios cada vez que Gotti lograba eludir a la justicia, reunió pruebas para acusarle del asesinato de Paul Castellano, así como de otras tantas actividades criminales más. En 1992 entró en prisión gracias a las declaraciones de uno de los miembros de su banda, «Sammy the Bull» Gravano.

4. Giuseppe Morello y la profesionalización de la mafia

La presencia de la Mafia en EE.UU. se puede documentar muchos años antes de la llegada de «Mano de Garra» al continente, pero jamás al nivel de profesionalización ni con la estructura de una tradicional familia siciliana alcanzados con este miembro de la Cosa Nostra.

Giuseppe Morello y su familia arribaron en Nueva York desde la localidad de Corleone, en la empobrecida parte interior de Sicilia, a finales del invierno de 1893. «Mano de Garra» dejaba a su espalda una condena de seis años de prisión incomunicada por dirigir una trama de falsificación de dinero, la cual solo esquivó porque huyó a EE.UU a tiempo, donde bastaba con que no participase en un ninguna actividad criminal durante tres años para que su historial quedara limpio. Y así lo hizo exactamente en esa franja de tiempo. Los miembros de la familia Morello-Terranova malvivieron durante tres años trabajando como yeseros e incluso residieron una temporada en el Estado de Tejas como aparceros de algodón.

Morello regresó pronto al mundo de las falsificaciones de billetes que ya había explotado en el pasado. Junto a sus hermanastros, los Terranova, Morello apoyó su red de falsificación en otros sicilianos como Tommaso Petto «El Buey»Ignacio Lupo «El Lobo». Se trataban de imitaciones toscas de billetes de cinco dólares americanos, pero que servían para engañar a pequeños comerciantes de la periferia, con gran predilección por los carniceros, los pescaderos y los que trabajaban por la noche, poco dados, todos ellos, a comprobar la textura del dinero.

Las cosas fueron bien hasta que la acumulación de cadáveres atrajo la atención de la Policía y salpicó de sangre a toda la red de negocios fraudulentos. Uno de los cadáveres más ruidosos fue el de Benedetto Madonia, un miembro de la banda que se encontraba señalado por cuestionar la autoridad del jefe y terminó asesinado brutalmente. Sin conocer siquiera la identidad de la víctima, la Policía de Nueva York tardó semanas en unir las piezas y seguir el rastro hasta Morello.

Como el historiador Mike Dash narra de forma minuciosa en «La Primera Familia» (Debate, 2010), las investigaciones de William Flynn, del Servicio Secreto (entonces encargados de perseguir la falsificación de billetes además de proteger al presidente), y el trabajo de campo de los detectives Arthur Carey y Joseph Petrosino terminaron poniendo en jaque a toda la organización criminal de Morello. Si bien las condenas finalmente solo afectaron a miembros menores de la banda, el caso colocó a Morello en el mapa de los grandes capos del país.

La crisis inmobiliaria de 1907 –la primera recesión global de la Historia– derribó cuando estaban en la cumbre a Morello y a sus socios, quienes habían dedicado la mayor parte de sus beneficios fraudulentos a la construcción.

Cuando los acreedores consiguieron lo que ninguna banda había siquiera soñado, que Morello huyera aterrado de la ciudad por una temporada, la familia se vio obligada a regresar al lucrativo negocio de la falsificación de billetes. En esta ocasión, la calidad de los billetes alcanzó cotas de mayor detalle y los ingentes beneficios permitieron a «Mano de Garra» recuperar toda su fuerza criminal. Sin embargo, un cabo suelto, uno con acento calabrés, supuso la perdición de toda la familia.

El nuevo negocio de falsificación de billetes se realizaba desde una cabaña remota en Highland, un pequeño pueblo al norte del Estado de Nueva York, donde un improvisado grupo de impresores trabajaba día y noche en el más absoluto secreto. Uno de ellos se llamaba Antonio Comito, y había viajado engañado junto a su amante a la cabaña. Allí estuvo casi dos años amenazado de muerte y siendo víctima de numerosas vejaciones.

Años después de su traumática experiencia, el agente del Servicio Secreto William Flynn se topó casi por casualidad con el testimonio de este inofensivo calabrés e hizo todo lo posible para persuadirle de que declarara ante un juez. A cambio de protección y de una pequeña cifra económica, Comito «La Oveja» presentó pruebas contra Morello, Ignacio Lupo y todos los integrantes de la banda dedicados a la falsificación. El día que el juez fijó una condena de 25 años de trabajos forzados a Giuseppe Morello, éste cayó al suelo desmayado e incluso sufrió convulsiones. Ignacio Lupo «El Lobo», condenado a 30 años, se limitó a sollozar «hasta empapar un pañuelo entero con sus lágrimas».