Recreación de invasión vikinga
Recreación de invasión vikinga - C.C

El terror vikingo ayudó a la unificación de España

El miedo a la invasión normanda organizó a los poderes en la Península Ibérica que darían lugar al gran desarrollo de Santiago de Compostela

MadridActualizado:

«A furore Normannorum libera nos, Domine». «Libéranos señor de la furia de los hombres del norte».

Esta oración en latín estaba inscrita en numerosas iglesias de Inglaterra tras las primeras invasiones vikingas.

Los hombres del norte –como así los llamaban- eran conscientes del declive del Imperio carolingio y del desentendimiento entre los habitantes de las mismas tierras, hacia las que emprendieron el rumbo. Esa debilidad desangraba las fuerzas de Occidente. Sin embargo, para estos terribles piratas supondría la gran oportunidad de enriquecimiento.

Las incursiones normandas desatarían un período de terror desde principios del siglo VIII hasta finales del XI. Los guerreros del mar desembarcarían feroces desde sus países de origen escandinavo durante las numerosas oleadas. Las islas británicas serían las primeras que contemplarían la barbarie desolar sus costas; cuyas tierras tomaron despiadadamente para usurpar tesoros y hombres libres que condenarían a la esclavitud.

Todo aquello (animado o inanimado) que permitiese a los normandos –como también se les conoce- realizar intercambios de valor, era despojado de su libertad o de su dueño. De esta manera, los barcos vikingos navegaban rebosantes de botín y en la densa angustia de los cientos de personas que raptaban para venderlos como esclavos. No obstante, lo que no podía cazarse para su intercambio dejaba de tener algún tipo de sentido existencial para ellos. De esta manera, destruirían todo cuanto no podían explicar en su cultura, como ocurrió con todo el patrimonio religioso.

Al margen de este dolor al verse las tierras de uno consumidas, existió otro sentimiento paralelo que perpetró en las gentes: El miedo, que gracias a la resistencia propia del ibérico no se doblegarían ante los normandos. No obstante, la élite gobernante sí haría uso del temor colectivo para cesar las guerras civiles entre ellos y aliarse bajo la misma bandera.

Desde la Antigüedad, el miedo ha sido el instrumento político de control y opresión social hasta nuestros días.

El historiador Jean Delumeau revela en su obra«El miedo en Occidente» como las clases dominantes han impuesto el miedo en los diferentes puntos geográficos a través de los siglos; con el fin de mantener la frágil cohesión entre el Estado y el pueblo.

A lo largo de la historia, el miedo a la ira de Dios y al acecho de Satanás se convirtieron en la premisa principal que mantuvo los descarriados del rebaño sujetos al capricho del feudalismo. Siendo así, las catástrofes naturales y las invasiones extranjeras se reducían al castigo divino, y cuya salvación estaba en la religión y la figura cuasi mesiánica del rey.

«Juntos con la peste, las carestías, las guerras, incluso la irrupción de los lobos siempre eran interpretados por la Iglesia, y más generalmente por los guías de opinión como castigos divinos», asegura Delameau.

El miedo como semilla institucional

Los grandes filósofos de todos los tiempos ya habían abordado en sus obras al miedo como el núcleo social sobre el que se asentarían las civilizaciones. T. Hobbes lo aseguró en su obra «Leviatán», partiendo de que este antivalor fue el cimiento de la estructuración social y a través del cual el jefe supremo «conduciría» a su séquito –dando origen a la posterior conducta humana-.

Desde los orígenes más primitivos de las civilizaciones, el patriarca se consolidaba gracias a sus promesas de protección y de salvación en las tierras inhóspitas y frente al peligro, la enfermedad y el hambre. De esta manera, el miedo a lo desconocido gestaba la injusticia -cuando los pueblos se sacrificaban en nombre de la figura máxima- y a la vez el enriquecimiento y que dio lugar a la construcción de las mismas civilizaciones.

Sin embargo el miedo nunca supuso el método de salvación, sino el arma indestructible de la élite gobernante.

De esta manera, el miedo -aunque no serviría de salvación- ayudaría involuntariamente en la creación de una identidad colectiva; la cual funcionaría como un estimulante abstracto que levantaría el espíritu de los pueblos sobre creencias y tierras que derivarían en patrias.

El terror provocado por las violentas invasiones vikingas en la Península Ibérica entre los siglos IX-XII; derivaría en el entendimiento y en las alianzas de las distintas fuerzas de poder -que disolvieron las diferencias entre los reinos astur-leonés y gallego y los emiratos de Córdoba- en ese «non plus ultra» que hoy es España.

A lo largo de la época medieval el reino de León se articularía con la nobleza gallega para convertirse en la fuerza magna que resistió a la furia normanda. En la Península Ibérica, las costas de Galicia serían las principales afectadas de las incursiones vikingas. Sin embargo, los saqueos y la desolación en la que sumirían a este pueblo darían lugar a un posterior epicentro de fuerza y de encuentro cultural y religioso mundial.

La arqueología, la conexión entre la verdad y la historia

José Carlos Sánchez Pardo, doctor en Historia Medieval por la Universidad de Santiago de Compostela (USC), desarrolló en su investigación, «Los ataques vikingos y su influencia en la Galicia de los siglos IX-XI» las invasiones normandas. En sus conclusiones explica la influencia que ejerció en el posterior apogeo de ciudades como Santiago de Compostela, la unión de los reinos, así como las nuevas oportunidades comerciales -gracias a las rutas marítimas que los hombres del norte dejaron en herencia a los gallegos.

La arqueología permite conectar los hallazgos con algunas de las crónicas medievales y con ello, defender la historia escrita.

Sánchez Pardo rescata los hechos históricos de diversas fuentes, principalmente crónicas -mozárabes cristianas de la época- y obras posteriores de autores como Chao Espina y E. González López. No obstante, asegura que la falta de objetividad en los testimonios antiguos ha determinado la complejidad de este fenómeno. Sin embargo, su extenso trabajo en arqueología le permite conectar los hallazgos con algunas de las crónicas medievales, y con ello defender la historia escrita.

La Batalla de Brigantium, primera invasión

Las crónicas cristianas narran el primer contacto entre los habitantes de Galicia y los vikingos, en el año 844.

Ramiro I, el rey de León, y su ejército acudirían al auxilio de las costas cantábricas; que empezaban a vislumbrar el terror normando. El enfrentamiento se conocería como la Batalla de Brigantium; en la cual lograrían mermar la fuerza vikinga con la quema de 60 o 70 naves. Sin embargo, a estos invasores aún les quedaban espíritu para bojar la costa atlántica en dirección a Lisboa. La ciudad lusa sería víctima de la furia escandinava, la cual dejarían devastada. Una vez desahogados, los normandos volverían a las aguas rumbo Cádiz desde donde soltarían un azote a los emiratos de Córdoba.

Expansión escandinava
Expansión escandinava - C.C

Sin embargo, existe otra fuente –de un obispo orensano llamado Servando Candade- en el que asegura que antes de tomar el Sur, la flota vikinga surcaría el río Ulla hasta llegar a Chantada. Y una vez allí, desatarían un apocalipsis al que dormirían por un periodo brevísimo la unión de la nobleza gallega y Ramiro I. Cuando logran expulsarlos por el río Miño, los invasores partirían hacia el sur de la Península Ibérica.

Ataque a la sede catedralicia Iria Flavia

La segunda invasión ocurre en el año 848, durante el reinado de Alfonso III «El Magno». Tras arrasar las costas francesas, una flota compuesta por 100 naves irrumpiría en las costas gallegas.

El enemigo dirigió su ataque a la localidad de Iria Flavia, la vieja sede catedralicia de donde lograron escapar los aldeanos, y el clero. Los habitantes aterrorizados se refugiarían en Santiago de Compostela, mientras el conde Pedro Theon y los ejércitos aliados de la nobleza se entregaron a la lucha contra las fuerzas normandas.

Para el momento que el rey Ordoño de Asturias asciende al trono, el obispo de Iria Flavia solicita al soberano un permiso para establecerse definitivamente sus funciones en Compostela. Justificaba que la costa era insegura y la conveniencia de trasladar la sede episcopal al futuro epicentro religioso.

De esta manera, el Papa Nicolás I, por medio del soberano le otorga al clérigo la bendición de continuar su labor como obispo en la pequeña iglesia de Compostela.

A finales del siglo IX la maravillosa catedral de esta ciudad, solo era una pequeña iglesia que había sido construida muy recientemente. No obstante, pronto comenzaría a crecer gracias a los peregrinos y las muy cercanas medidas de protección que empezarían a desarrollarse.

Sin embargo, los rumores sobre las riquezas en este lugar llegaron a los oídos normandos; y con muchas ganas de hacer botín sitiaron Compostela. Los vikingos habían prometido que no los invadirían si les pagaba un tributo. No obstante, los normandos faltaron su palabra y trataron de saquearla mas sin ninguna victoria, gracias al ejército cristiano dirigido por el conde Pedro.

Murallas para la ciudad de los peregrinos

Sobre el año 968 las costas volverían a sufrir varias oleadas –las cuales se caracterizaron por ser las más violentas de toda la invasión vikinga-, y cuyo objetivo se centraba en el nuevo epicentro de poder Santiago de Compostela.

«Los nobles -que en su día se rebelaban contra la corona- pondrían al servicio de los reyes su lealtad, creando ejércitos organizados»

La costa atlántica recibía al menos 100 barcos desde Normandía, cuyo duque Ricardo I, había solicitado apoyo militar contra el rey de Francia. Sin embargo, una vez que el conflicto entre aquellos dos había terminado, el duque les invitaría cordialmente a civilizarse –cristianamente hablando- e integrarse pacíficamente en la comunidad; pero si las condiciones no eran del agrado de los escandinavos bien podían retirarse e ir a molestar a otros territorios. Las tierras señaladas por Ricardo I correspondían al tan saqueado suelo galaico, y como al rey Gundaredo le aburría de sobremanera el ambiente en Normandía; decidió que ya era hora de volver a la acción.

Ya escarmentada la élite gallega, reforzaría la muralla romana de Lugo, la construcción de otras en las ciudades lucenses, así como el ambicioso levantamiento de fortificaciones en Santiago de Compostela. Los habitantes de Lugo asimismo, pagarían un tributo al obispo Hermegildo para que los protegiese del enemigo.

Sisnando -el prelado superior de Compostela- también empezaría a amurallar la ciudad y a establecer mecanismos de seguridad con torreones y fosas para proteger el sarcófago del Apóstol. Y además mandaría crear importantes fortalezas con vigas como la de la Lanzada; gracias a las cuales los vigías podían avistar las posibles invasiones.

Los guardacostas enviaban señales –quizás de humo, asegura Sánchez Pardo- tras ver las embarcaciones enemigas, que a su vez eran captadas y reproducidas por los otros veladores de las aldeas consecutivas; y así hasta llegar a Compostela, donde ya estarían preparados para resistir aquella crueldad tan característica de los vikingos.

Memorial
Memorial- C.C

Sin embargo, a pesar de las nuevas medidas de seguridad y defensa, los normandos perpetraron violentamente en las tierras gallegas; donde saquearon y destrozaron el patrimonio sin piedad durante los tres años en los que se adueñaron de Galicia. No obstante, Santiago de Compostela no sufriría la invasión gracias a la centralización de los recursos en esta ciudad y el acordado pago de un tributo a los normandos.

Sin embargo para el día en que los invasores regresaban a sus barcos, el obispo Sisnando, el conde Gonzalo Sánchez y un gran ejército cristiano los sorprenderían por la espalda en Forneles. Desafortunadamente una flecha atravesó el pecho del clérigo, mas no impediría que Galicia saliera victoriosa frente a aquellos temibles navegantes.

El conde mandó quemar las naves, logró recuperar gran parte del botín y liberar a los prisioneros.

Las Tierras de Jacobo

En el año 1024 el rey Alfonso V convocó un concilio en Santiago de Compostela, en el cual se acordó unir varias diócesis a la nueva sede catedralicia. En ésta ya se había centralizado el poder y la gloria gracias a la fama de su impenetrabilidad y por los peregrinos que acudían allí a visitar los restos del Apóstol.

Por este motivo los normandos –ya cristianizados y en son de paz- regresaban nuevamente a las costas gallegas; mas no en condición de invasores, si no de «santos». Volvían a las «Tierras de Jacobo» -como así llamaban a Galicia, en condición peregrina para visitar el sarcófago; siendo Santiago la primera parada durante las cruzadas para luchar contra los «infieles» en Jerusalén.

La destrucción constructiva

Los vikingos nada más tocar tierra provocaron graves estragos en el patrimonio; destruyeron aldeas enteras, monasterios y capturaban gallegos para venderlos como esclavos. Sin embargo, también contribuirían –aunque de manera involuntaria- a que esta tierra emergiera significativamente.

La crueldad que los caracterizaba sembraría el miedo en toda la Península Ibérica. Sin embargo, ese mismo terror se convertiría en la semilla que dotaría a Galicia de una mayor fuerza gracias a la cohesión de fuerzas entre el pueblo, el clero, la nobleza y el reino de León.

Los nobles -que en su día se rebelaban contra la corona- pondrían al servicio de los reyes su lealtad, creando ejércitos organizados -como explica Sánchez Pardo-; que pudiesen combatir dignamente contra los normandos.

Se crearon grandes fortificaciones para la protección y la defensa de sus habitantes. Las funciones episcopales en Iria Flavia se trasladaron a la nueva sede catedralicia –por miedo-. De esta manera, Santiago de Compostela pasaría a convertirse en el suelo sagrado, un principal referente de la cristiandad; y una ciudad moderna gracias al esfuerzo dispuesto en su seguridad.

Gracias a los peregrinos que acudían a Santiago, atraídos por los restos del Apóstol, La ciudad iría conociendo el esplendor económico y cultural. A esto se le suman las nuevas rutas comerciales que los vikingos dejaron en Galicia con cada una de sus incursiones.

El mismo miedo, a la invasión de la furia de los hombres del norte, influyó en la integración de Galicia en la monarquía leonesa. Por ello este sentimiento negativo ha servido para ordenar el método que ha ido conformando la identidad de una nación y sus pueblos.