Desaparece el puma americano
Desaparece el puma americano - IDEAL

Desaparece el puma americano

El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos declara extinta a la subespecie, a la que no ven desde hace 80 años

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Los colonos europeos hicieron una gran labor en pro de su exterminación allá por los siglos XVIII y XIX. Espoleados por los estados del este de EE.UU., que ofrecían recompensas por matarlos para proteger así los ganados, se esmeraron en diezmarlos. Y lo consiguieron. El golpe de gracia lo recibirían, sin embargo, a principios del siglo XX cuando, tras décadas de asedio y de caza legal, los cada vez más numerosos cercados de las fincas y los continuos atropellos en las carreteras apenas dejaron suficientes individuos reproductores como para garantizar su supervivencia. Desde 1938 no se había visto un solo ejemplar con vida en todo el país. Ahora, ochenta años después, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos se rinde a lo que parece una dramática evidencia y acaba de declarar oficialmente extinguido el felis concolor couguar. El puma oriental o de Norteamérica, también conocido como león de montaña o gato fantasma, por su carácter solitario y huidizo, ya no existe. Los humanos nos hemos ocupado de borrar todo ratro de él de la faz de la Tierra, informa el diario Ideal.

«Es una triste noticia, pero realmente constituye la constatación de que este animal lleva ocho décadas sin ser localizado en un área geográfica determinada. Se trata de una de las seis subespecies de puma existentes en todo el continente americano, por lo que el puma felis concolor no está extinto como especie», aclara al mencionado periódico Juan Antonio López, presidente del comité español de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la principal autoridad en la materia.

Tradicionalmente, la comunidad científica solía aplicar la regla de los cincuenta años para determinar la desaparición de una especie. Establecía que podría declararla como tal siempre y cuando no se hubiera divisado ningún ejemplar o se hubieran encontrado indicios claros de su existencia -como huellas o signos de ataques y atropellos- en, al menos, ese plazo de tiempo. En los noventa, la normas para regular la declaración de extinción se volvieron algo más estrictas. Desde entonces, para que eso ocurra, se exige que no haya «dudas razonables de que el último individuo ha muerto», lo que obliga a los biólogos a demostrar que los esfuerzos repetidos para estudiar el hábitat conocido de la especie de turno no lograron encontrar ningún avistamiento individual o evidencia alguna de su supervivencia continua.

El resultado de este complejo procedimiento estriba en que ciertas especies tienen más probabilidades de ser dadas por finiquitadas que otras. No es lo mismo rastrear a un mamífero que vive en praderas abiertas que a un animal diminuto que habita bajo tierra. Lo explica Luis Suárez, responsable del Programa de Especies de WWF España. «La tarea puede resultar relativamente sencilla cuando se trata de detectar la existencia de una especie grande -por ejemplo, a través de cámaras-trampa- en una zona con gran presencia humana, como Europa o Estados Unidos. Pero puede ser muy complicada si se trata de un área remota, como las selvas de Indonesia, y de una especie pequeña». Por eso, agrega el biólogo, «entre los científicos hay ciertas reticencias a la hora de dar el último paso. De hecho, el número de especies extintas y el número de las que podrían estarlo de hecho pero no se acaban de declarar como tal es casi parejo. ¿La razón? Que no se puede asegurar a ciencia cierta que han desaparecido».

El número de especies extintas y el número de las que podrían estarlo pero no se acaban de declarar es parejo

En el caso del felis concolor couguar, las autoridades estadounidenses recibieron durante décadas cientos de notificaciones de presuntos avistamientos de ese bellísimo y crepuscular depredador en las zonas más dispares del país. Pero, o bien se trataba de pumas suramericanos comprados como mascotas y luego abandonados a su suerte, o bien de ejemplares de otras especies felinas. En 1973, el puma oriental ingresó en la lista de especies en peligro de extinción. Casi tres décadas después, en 2011, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos abrió una investigación sobre su estado de conservación que llevó a los expertos a concluir, cuatro años más tarde, que no existe evidencia de que quede una sola población viva de estos felinos. El Registro Federal procedió entonces a publicar una solicitud para excluir al animal de la lista de especies amenazadas. La trágica carrera del puma oriental acaba de llegar ahora a su penoso final, tras ser emitida la declaración oficial que certifica su extinción.

Acoso humano

«No solo perdemos una especie o una subespecie, que acarrea lo que llamamos efectos cascada en el equilibrio del hábitat donde se localizaba. Perdemos una pieza del puzle que componen los ecosistemas, en el que los humanos somos otra ficha más», se lamenta el responsable del Programa de Especies de WWF España.

Se estima que, en los últimos cien años, 120 especies han dejado de existir. «Pero si nos retrotraemos al año 1.500, las extinciones animales registradas en estos últimos cinco siglos ascienden a 340 especies. Y otras 280 se encuentran al borde de desaparecer o bien solo quedan ejemplares sueltos en parques zoológicos, lo que demuestra que vivimos un proceso acelerado de extinción masiva».

El biólogo destaca que, a diferencia de las cinco grandes extinciones anteriores -en la última, un meteorito acabó con los dinosaurios- «en las que se produjeron cambios ambientales por cuestiones geológicas, la actual está provocada por el acoso humano. «Bien a través de nuestras acciones directas, como la persecución o la destrucción del hábitat, o de las indirectas, como la contaminación, el cambio climático o las especies invasoras. Estamos aniquilando nuestra fauna», advierte.