Un agricultor de Fuente el Sol
Un agricultor de Fuente el Sol - FRAN JIMËNEZ

DÍA MUNDIAL DEL AGUAEstampas de una misma sequía

Las lluvias hacen correr los ríos y nuestros embalses aumentan su nivel, pero la realidad es que esto no garantiza la seguridad hídrica

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Las precipitaciones caídas durante las últimas semanas, tanto en forma de lluvia como de nieve, están ayudando a cicatrizar las heridas dejadas por la pertinaz sequía en Castilla y León. Pero la falta de agua que arrastra la cuenca del Duero hace que las profundas cicatrices trazadas en tierras y embalses por una deshidratación no vista en años aún persistan y no hayan sanado. De hecho, el pasado verano, visto que la prolongada situación de tierra cuarteada y árida dominaba un paisaje que sólo en las últimas semanas ha logrado recuperar cierto verdor, el Gobierno declaraba por primera vez la situación de «extraordinaria sequía» en el Duero. Y aún sigue vigente.

Cierto es que los embalses presentan ahora una situación mejor que a principios de diciembre, cuando con prácticamente consumida una de las estaciones que tenía que ser rica en agua marcaron el mínimo de reservas: un exiguo 17,8 por ciento sumaban los 18 que gestiona la Confederación Hidrográfica del Duero (CHD). En este tiempo han ido ganando líquido en sus vasos. De media, ya superan el 59% -41,4 puntos más, 1.192 hectómetros cúbicos, el triple que entonces, de agua almacenada-. Un panorama más alentador, pero aún así lejos del que deberían presentar. Están once puntos por debajo de la media del último decenio.

El Duero, una «excepcional sequía» que aún pervive

En una comunidad tan amplia y diversa, con más de 94.000 kilómetros cuadrados de extensión que va desde las cumbres a la llanura, la situación es diferente y la recuperación no avanza por igual. Así, mientras hay embalses que están al tope, otros aún preocupan, como el palentino de Aguilar, con tan sólo 77,7 hectómetros cúbicos de los 247 que caben. Mejor aspecto presentan algunos que llegaron casi a consumir su líquido por completo: el leonés de Barrios de Luna quedó reducido a un hilillo de agua al menguar hasta el 4% de su capacidad. Las exiguas precipitaciones llevaron al seco panorama de los embalses de la España tradicionalmente más verde, pero también el hecho de que la del Duero sea de por sí una cuenca deficitaria en almacenamiento. Sin grandes embalses -el mayor es el de Riaño, con 651 hectómetros cúbicos de capacidad- no cuenta con posibilidad de reservas plurianuales que permitan guardar reservas en años de bonanza hídrica.

Impacto en la economía

Las últimas lluvias sí garantizan recursos hídricos para el abastecimiento humano después de unos meses en los que se llegó a temer por tener que adoptar restricciones y varios ayuntamientos se aplicaron en medidas para contener el consumo, sobre todo en riegos y limpieza de calles. Pero todavía no es suficiente para una campaña de riego normal. Como tampoco lo fue la pasada, con concesiones muy medidas que en algunos casos no permitieron llevar a término los cultivos y agricultores que se vieron en la necesidad de elegir qué tierras regar y cuáles dejar morir de sed. Sólo en el cereal, una tierra productora por excelencia de trigo y cebada como Castilla y León vio caer la cosecha un 59 por ciento respecto al año anterior: de las 6,3 millones de toneladas del generoso 2016 a las 2,6 millones del rácano 2017. Por el camino, unas pérdidas de 550 millones de euros. También la ganadería ha sufrido la escasez de pastos. Y en un territorio «referencia» para la micología, la temporada otoñal cerró casi a cero, con el consiguiente negativo impacto en la economía. Y en la caza, también la falta de agua ha mermado el número de ejemplares, sobre todo de perdiz. Los propios cazadores llamaron a no disparar para preservar la especie.

Embalse de La Tranquera
Embalse de La Tranquera-F. SIMÓN

Aragón

Aragón es un paisaje paradójicamente labrado: la España verde en vecindad con desérticos espacios, contraste natural que se ha acentuado en los dos últimos años por una sequía que ha secado tierras que no acostumbran a estar apuradas por la sed. Las lluvias y nevadas de las últimas semanas han ayudado a paliar la situación, pero el problema -y la preocupación- va «por barrios».

Al norte del Ebro, en las tierras que se riegan con embalses nutridos desde el Pirineo, la situación ha mejorado mucho en poco más de un mes. Tanto, que entre las reservas que ya tienen esos pantanos y el agua que les va a llegar con el deshielo, ya hay excedente de caudales en algunas de esas presas -y más que habrá-. Pero en la margen derecha del Ebro, las tierras al sur del gran río, la sequía sigue apurando porque las lluvias no han sido suficientes para normalizar la extraordinaria sequía que se arrastra.

El contraste es notable: el embalse de La Tranquera (Zaragoza), del que bebe Calatayud y con el que se riega el extenso Valle del Jalón, está apenas al 37% de su capacidad; el pantano de Calanda (Teruel), ronda un apurado 30%. Las reservas de ambos están aproximadamente un 20% por debajo de las que tenían hace justo un año, y eso que por entonces la sequía ya apuraba.

Esas cifras, sin embargo, contrastan con embalses del norte de Aragón como el de La Sotonera, cuyas reservas están en máximos desde hace días; o el de Yesa (Navarra), que ha llegado a rozar el 90% y suelta agua por si hiciera falta utilizarlo como «amortiguador» en caso de riadas de primavera.

La paradoja del Ebro, sed y agua sobrante a la vez

Mientras al sur del Ebro sigue preocupando la sequía, se mira con atención el Pirineo, porque el deshielo de este año será de órdago y, si fuera muy rápido, podría ser dañino. Acumula unos 2.400 hectómetros cúbicos de agua en forma de nieve, un 60% más que hace justo un año.

Embalse de Buendía
Embalse de Buendía-REUTERS

Castilla-La Mancha

Cada Nochevieja los vecinos de El Robledo (Ciudad Real) tienen la costumbre de bañarse en el río Bullaque. Pero este año, la falta de agua impidió cumplir con la tradición y los vecinos tuvieron que conformarse con mojarse con cubos. Seguramente esta anécdota simbolice mejor que nada la sequía que ha golpeado con fuerza y que no esconde la situación en que se encuentra el campo manchego. El año pasado fue «dramático», denuncia la Unión de Pequeños Agricultores (UPA), que cifra las pérdidas en el campo derivadas de la sequía en 600 millones de euros. Los sectores más perjudicados han sido los del ovino de leche y los apicultores, estos últimos con un descenso en su producción del 60 por ciento.

Y en los dos primeros meses de este 2018 la situación ha seguido igual. La falta de lluvias provocó que a finales de febrero la Confederación Hidrográfica del Tajo pidiera al Gobierno de Rajoy la declaración de sequía en la cuenca de este río. Esto supondrá la adopción de medidas excepcionales, aunque la tramitación administrativa impedirá que la declaración sea efectiva hasta dentro de un mes, como poco.

Sea como fuere, la realidad es que en el momento de clamar auxilio al Gobierno, la Confederación constató que los embalses de la región acumulaban 4.143 hectómetros cúbicos. Un volumen notablemente inferior al del año anterior (6.393 hectómetros cúbicos) y al de la media de la década (6.500 hectómetros cúbicos).

Castilla-La Mancha paga la factura del trasvase y la sequía

El agua caída en las dos últimas semanas ha cambiado la realidad. Al menos esa es la lectura a nivel nacional, donde los embalses se encuentran ahora en el 53,7 por ciento. Sin embargo, en Castilla-La Mancha apenas se han notado las lluvias, más allá de alguna anécdota como la del río Amarguillo que ha vuelto a lucir cauce a su paso por Consuegra (Toledo).

En la cabecera del Tajo, los embalses de Entrepeñas y Buendía, a caballo entre las provincias de Cuenca y Guadalajara, se encontraban por debajo del diez por ciento de su capacidad antes de las lluvias, mientras que los últimos datos sitúan su llenado en el 12,5 por ciento con 309,347 hectómetros cúbicos. Hace unas semanas, además, el grupo de Investigación del Tajo de la Universidad de Castilla-La Mancha, publicó un estudio sobre los efectos que ha tenido el trasvase Tajo-Segura en los pueblos de la cabecera.

Y sus conclusiones son devastadoras. El trasvase ha tenido efectos «desastrosos» en la zona, asegura el informe universitario. Algunos datos. En los últimos casi 40 años (desde que comenzó el trasvase), la población ha caído un 21 por ciento en los municipios ribereños, mientras que solo lo ha hecho un nueve por ciento en otros entornos rurales de Cuenca y Guadalajara. En cuanto a la renta, ésta es un 20 por ciento menor en los municipios ribereños.

Al ser Castilla-La Mancha una de las regiones más extensas, la realidad varía dependiendo del territorio. Aun así, hay dos cosas claras. Una es que es que es una tierra dedicada por abrumadora mayoría al secano: solo el 13 por ciento queda para el regadío. La segunda es que también hay problemas en otras zonas, como La Mancha Occidental, la mayor masa de aguas subterráneas de Europa, con 3.250 kilómetros cuadrados, 9.000 pozos y 24 pueblos implicados. Pese a ello, la presidenta de la Masa Mancha Occidental Dos, Araceli Olmedo, denuncia que no se pueden cultivar cereales y que se tienen que conformar con los leñosos.

Embalse de la Pedrera (Alicante)
Embalse de la Pedrera (Alicante)-JUAN CARLOS SOLER

Sureste peninsular

Buena parte de los alicantinos y murcianos beben ya un 30% de agua desalada cuando abren sus grifos, a falta de trasvases del Tajo al Segura, ya que la sequía ha dejado los dos pantanos de los que se nutre este acueducto por debajo del caudal mínimo pactado en 2013 por cuatro autonomías y el Gobierno central: 420 hectómetros cúbicos de reserva.

El suministro en los hogares está garantizado, aseguran tanto desde la Mancomunidad de Canales del Taibilla, que desde Cartagena abastece a cerca de tres millones de personas en casi un centenar de municipios en territorio murciano y alicantino, como desde la compañía Aguas de Alicante y el grupo Hidraqua. A pesar de que la sequía arrastrada durante cuatro años se ha convertido en la más larga de las últimas cuatro décadas -hubo una más extrema en 1995, pero duró solo seis meses- y de que se ha lanzado una consigna urgente a los ayuntamientos para que implanten medidas de ahorro de agua, pronto podría recurrirse todavía más a la desalación, ampliando la producción en Torrevieja (la planta más grande de Europa, pero que requiere de una prometida y costosa línea eléctrica), Valdelentisco, Águilas y otras en la provincia de Alicante. Incluso se ha puesto sobre la mesa el proyecto de construir alguna más.

No obstante, poner a funcionar a toda máquina este recurso aparentemente ilimitado tampoco parece la panacea absoluta, porque el proceso genera salmueras que acaban filtrándose en el terreno y ya han dado algún susto en zonas de una riqueza natural como el Mar Menor. La escasez hace que al regar se utilice agua desalada que, aunque siempre tiene que ir mezclada con la no desalada, tiene más proporción de sal.

En este entorno paradisíaco con dos mares separados por la emblemática Manga, se proyectan humedales artificiales -uno de 180.000 metros cuadrados- y harían falta conducciones e infraestructuras de bombeo de aguas salobres. Desde el año pasado se mide el grado de turbidez del agua de la que es la laguna salada más grande de Europa, un problema de algas y suciedad que se había disparado el verano anterior y se logró corregir. Aunque no se debía exclusivamente a la salmuera, sino a los nitratos procedentes de los fertilizantes que se usan en la agricultura y las altas temperaturas, esa proporción mayor de sal en el agua de riego en el Campo de Cartagena también había influido, según la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE).

El 30% del agua que se bebe en el sureste ya es desalada

En el plano económico, los regantes de Alicante, Murcia y Almería protagonizaron el pasado 7 de marzo una manifestación en Madrid porque han empezado a renunciar a plantar cosechas ante el sombrío panorama sin trasvases del Tajo desde mayo del año pasado y está en jaque la llamada por muchos «huerta de Europa». Más al norte, en la cuenca del Júcar también se aplican desde hace meses restricciones al riego, en este caso en Valencia.

El presidente de la Federación Nacional de Organizaciones de Regantes (Fenacore), Andrés del Campo, ilustra con un dato la importancia de este sector: cada hectárea de regadío en España produce como seis hectáreas de secano y con el 15% de la superficie agraria útil se genera más del 60% de los alimentos. Por eso, considera «inadmisible» optar por la otra opción de cultivar sin riego, cuando cada año existe más demanda de frutas y hortalizas.

La esperanza para los afectados está en el Pacto Nacional del Agua y el reparto de este recurso.