El extrañamiento

¿Se está descomponiendo el proyecto común de España?

Luis Ventoso
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La creación de las comunidades autónomas, con algún aspecto positivo, ha generado tras casi 40 años un efecto secundario perverso, grave y soslayado: ha debilitado enormemente el proyecto común español, hasta un extremo que solo se observa en estados fallidos, o en países tan mal cosidos como la problemática Bélgica. El ciudadano español siente -y de hecho es así- que en su vida cotidiana la sanidad, la justicia y la educación dependen del poder regional, lo que contribuye a diluir el sentimiento de pertenencia a España (en el País Vasco y Cataluña hay que añadir el orden público, a cargo de una policía regional instrumentalizada por el nacionalismo). La palabra que podría definir esta situación de deterioro del patriotismo español es extrañamiento. La nación se convierte en un ente lejano, ajeno a la intrahistoria del individuo, que llega a confundir España con Madrid y la Liga de fútbol.

El primer objetivo de las flamantes instituciones autonómicas fue fomentar la idea de pertenencia, a fin de afirmar su legitimidad. Nada nuevo. En la propia historia de la nación española, los Reyes Católicos, el centralismo borbónico y liberal y el propio franquismo habían hecho lo mismo: fomentar desde el poder un proyecto común, donde los españoles se reconociesen como un único pueblo. Las autonomías lo han repetido con la fuerza que otorga la presión cercana. Una de sus prioridades de gobierno, a veces la única, ha sido la exacerbación del hecho identitario, por eso se crearon parlamentos regionales, defensores del pueblo, onerosos y superfluos canales autonómicos, servicios meteorológicos y, en los casos obsesivos, embajadas. Pero hubo algo más serio: al cederles la educación se liquidó el elemento básico para vertebrar un Estado. Sin currículo único, la escuela pasó a ser otro agente del extrañamiento.

Algún lector dirá: su tesis es peregrina, en estados federales como EE.UU. y Alemania el poder local es similar y no se ha debilitado la nación. Tal réplica omite dos diferencias. La primera es que en esos landers y estados federales nunca han gobernado partidos cuya meta manifiesta es la destrucción de la nación. La segunda es que el proyecto común en esos países es muy sólido. Se gustan, y sus culturas -poderosísimas- y sus gobiernos afianzan constantemente la idea de pertenencia. Incluso cuando se regodean en sus traumas están asumiendo una identidad común. Tampoco existe allí la utilización de lenguas locales como ariete nacionalista para erosionar el Estado.

Ayer en Barcelona hubo una manifestación separatista convocada con ayuda de los dos mayores sindicatos españoles, UGT y Comisiones. Hace solo diez años sería impensable y, por supuesto, inadmisible. Un ejemplo más del óxido que va carcomiendo a España, cuyo Gobierno actual no cree que le competa fomentar la idea de pertenencia. Un país con una izquierda felona, que ejerce de cooperadora necesaria del nacionalismo, unos intelectuales que se inhiben, una tele en manos italianas y unos ciudadanos que a veces creen que su patria es ¡Facebook! España ya alberga el virus para dejar de ser un gran país.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso