ENTREVISTA

«En la Semana Santa lo primero, lo segundo y lo tercero es Dios; luego está lo demás»

El pregonero se descubre en ABC a siete días de subirse al atril del Maestranza. Se declara muerto de miedo y, a la vez, como un ferviente creyente

Por  10:29 h.

Tiene la voz quebrada como los flamencos, mueve las manos y le brillan los ojos del tembleque nervioso por lo que vivirá dentro de una semana. Alberto García Reyes no muestra sus cartas pero deja claro cuál será el leitmotiv: «El Pregón de la Semana Santa es el pregón de Dios, yo soy un cristiano sin compejos, completamente entregado al camino de Dios. Y la Semana Santa tiene que ser eso, las otras cosas también me pirran. Hay que poner un orden de jeraquías: lo primero es Dios, lo segundo es Dios, lo tercero es Dios… y después viene todo lo demás».

-Su pregón ha despertado una gran expectación, ¿cómo lleva la presión?

-Mucha presión, pero no porque se haya levantado expectación, eso no lo sé, siento presión porque el Pregón de la Semana Santa de Sevilla es muy importante para la ciudad. La Semana Santa Sevilla es la mejor del mundo y la principal fiesta de la ciudad. Subirte ahí arriba y hablarle a Sevilla de lo que ya ella conoce mejor que nadie es una responsabilidad que genera mucha presión, que no es fácil de soportar. Tengo que reconocer que estoy muerto de miedo ahora mismo. Sé que cuando esté allí seguramente tendré algún momento en el que podré disfrutar de la alegría que supone darlo. Pero en la espera, estoy absolutamente asustado.

-A usted no sólo le gusta el flamenco, usted es flamenco. ¿Cuánto de compás tendrá su pregón?

-Si sé algo en esta vida lo he aprendido de los flamencos. Es una cultura extraordinariamente rica y yo he tenido la suerte porque me llegara esta afición, y he tenido la suerte de estar cerca de ellos. He podido aprender de ese mundo cosas que si los andaluces supiéramos lo que tenemos, nos enorgulleceríamos. Claro que me siento flamenco, por los cuatro costados, y claro que en mi pregón voy a ser muy flamenco. Mira, el flamenco es la manera con la que los andaluces nos hemos desahogado de nuestras tragedias. Hay dolor, injusticia, penas, angustia… te estoy hablando de advocaciones que tienen que ver con la Semana Santa. Pero también hay alegría, y en el flamenco hay una especie de conversión. Todo lo que hemos sufrido somos capaces de convertirlo en algo que nos redime y que nos hace felices: la Resurrección. La cultura flamenca está completamente imbuida de todo lo que es la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Todo lo que yo soy se lo debo al flamenco.

Las manos de alberto García Reyes durante la entrevista / J. M. SERRANO

-¿Habrá más momentos de seguiriya o de bulerías? 

-En un recital bueno de cante tiene que haber de todo: seguiriyas, que es la tragedia; la soleá, que es la melancolía o el recuerdo del dolor; la bulería, que es la fiesta, pero no una alegre, sino  una que protesta por el dolor; la alegría, que es la fiesta, la celebración… hay de todo. Y en mi pregón he procurado que haya momentos de pena, de nostalgia, de celebración, porque aquí venimos a celebrar que el Hijo de Dios murió en la cruz para salvarnos a nosotros. Y a lamentar, que ahí estarán las seguiriyas, que si está enclavado en esa cruz es por nuestra culpa. No he escrito el pregón con una pretensión estrictamente flamenca, pero de alguna manera esas formas de sentir saldrán de forma natural.

-Ha querido que las luces del teatro estén encendidas. ¿Qué espera ver en la caras del público?

-Estarán a media luz porque el pregón es algo que no puedes dar a solas, tienes que hacerla para tus adentros, contigo mismo, pero acompañado. Y necesitas ver a la gente, y necesitas que la gente se vea entre sí. Es lo natural. Estás contándole a Sevilla su fiesta y Sevilla se tiene que mirar. Y el que está en el atril tiene que estar con la gente y la gente con el que está en el atril, no puede haber un muro que convierte al pregonero en alguien inaccesible y al público en una nebulosa que no se sabe quién es. El público es gente y el pregón es para ellos, con nombres y apellidos. Quiero ver a la gente y sufrir viendo a la gente. A lo mejor en la oscuridad le pierdes el miedo al pregón porque le pierdes la cara a la gente. Pero yo no creo que el pregón esté concebido para pasárselo bien, el pregonero tiene que sufrir y la gente lo tiene que notar. Tú vas a desnudarte y a entregar todo lo que tú eres allí, sin tapujos.

Alberto García Reyes durante la entrevista / J. M. SERRANO

-El día de su elección dijo que en su pregón va a gastar suela de zapato. ¿Cuánto habrá de calle y cuánto de hondura y misticismo?

-Pues tanto y tanto. Yo creo que la hondura y el misticismo están en la calle en Semana Santa. En los rincones menos esperados, en sitios que a lo mejor nunca habías pensado, un día llega y te ocurre. La Semana Santa es eso: el Señor y su Madre saliendo a la calle a buscar a sus fieles, y los fieles pegando esquinazo buscando al Señor y a su Madre. Es una especie de encuentro, no es un alguien que espera en un sitio a que llegue el otro. En la calle es donde está la verdadera hondura. Y yo he procurado que mi pregón sea completamente escrito con la suela de mi zapato. No cosas que a mí me hayan contado, he procurado contar las cosas que yo he sentido sobre la suela de mi zapato.

-Dígame tres pregones de la Semana Santa.

-Si me das a elegir tres me pones en un aprieto. Ha habido muchos pregones buenos. Lo bueno que tiene esto es que cada sevillano tiene dentro de sí un pregón y ninguno es mejor o peor que otro. Yo sí reivindico que un pregón tiene que ser una pieza literaria. Hay que defender ciertas cualidades, e intentar llegar a la gente con ciertos recursos. En ese sentido los ha habido extraordinarios. Es que en el origen del pregón están nombres ni más ni menos como Pemán, Romero Murube, Montero Galvache y, por supuesto, el pregón legendario de Rodríguez Buzón. Pero es que a partir de ahí hay un montón de nombres como Joaquín Caro Romero, Antonio Burgos, Carlos Herrera… En los últimos años se han dado pregones muy buenos, como el de Lutgardo García, que es muy poético; el de Rafa Serna, que tiene una intensidad emocional insuperable; o el de Quico Berjano, que fue un pregón que me maravilló, porque fue de mucha autenticidad. No quiero decir con esto que me hayan gustado todos, hay pregones tela de malos también. Y no pasa nada por decirlo.

-Al hilo de esto, ¿tienen los profesionales de la palabra, como usted, el reto de rescatar al pregón del ripio?

-Es que, ¿qué es un ripio? Primero definámoslo. Todo depende de la época, si nos trasladamos a pregones de hace 50 años, con respecto a lo que se espera hoy, podríamos considerar que eran ripios, y sin embargo en ese momento no lo eran. Lo que sí reivindico es que el pregón tiene que decir cosas. No tiene que buscar simplemente la sonoridad, y a lo mejor en eso podemos hablar de ripios. Pregones que han buscado solo que aquello suene bonito… eso no sirve de nada si detrás no tiene un mensaje. Los ripios se dan o no se dan en función si lo que tú estás diciendo tiene fondo o no. A partir de ahí, cualquier cosa puede rimar con cualquier cosa. Yo siempre defiendo al fondo por encima de las formas, que son importantes, pero al fin y al cabo son el oficio del que escribe. Lo importante es lo que uno tiene que decir. Y el mejor ejemplo es que corremos el riesgo de hablar muchos idiomas. En la sociedad de hoy vales más cuanto más idiomas hables, y yo me pregunto: ¿cuántas cosas tiene que decir ese que sabe tantos idiomas? Como traductor será fantástico, pero no como autor. Hay que hablar menos idiomas y pensar un poco más.

-¿Cree que el pregón está obsoleto en cuanto a formato?

-No estoy de acuerdo con que el pregón esté obsoleto. Mira, el monólogo es un género dramático, que es lo que es el pregón, tiene tres mil años y ahí sigue. Otra cosa es que desde dentro, en la manera de decirlo, exponerlo, se puedan hacer cosas nuevas. No me refiero a disgresiones, sino que dentro del espíritu del pregón se puede seguir evolucionando. Yo creo en la evolución en todo, también en la propia Semana Santa. Es más, todo es bueno que evolucione, porque si no seríamos un fósil. Mira, si los sevillanos tenemos una característica buena es que ninguna tradición es inmóvil. Nuestro traje regional todos los años tiene moda y eso es lo que hace que la gente venga todos los años loca a la Feria. Y hay un montón de cosas en la Semana Santa que suponemos que son así de toda la vida y a lo mejor son de hace cuatro años. Nos creemos que son de toda la vida porque están dentro del espíritu. Eso es lo que hay que defender. Pero dentro del espíritu, libertad.

-Su bagaje como pregonero no es muy largo. ¿Éste es el culmen con el que retirarse de los atriles?

-El Pregón de la Semana Santa de Sevilla es la cumbre de cualquier persona que hable sobre la Semana Santa. Más allá no hay nada. Con todo mi respeto, e independientemente de las devociones de cada cual, que son las mejores para cada uno, yo personalmente no voy a seguir, por respeto a la Semana Santa y al acto del pregón. Después no puede haber muchas más cosas. Eso no quiere decir que se haga una meditación en una hermandad o la presentación de un acto, pero pregón no. Eso sí, para hablar de Dios y su importancia en nuestras vidas, adonde quiera que me llamen iré.

El pregonero en el Arco de la Macarena / J. M. SERRANO

-El arzobispo tiene especial interés en su pregón…

-He estado con él varias veces. Creo que nos falta en Sevilla un poco de respeto a la intimidad. Las cosas que se hablan entre dos personas, se debe quedar ahí. Si lo contara tampoco pasaría nada, no desvelaría nada, pero prefiero que esos momentos con don Juan José se queden entre nosotros. Sí te digo que él lo ha conocido y también diré, allá donde vaya, que Sevilla cuenta con un arzobispo excepcional y un pastor muy necesario para esta ciudad. Los pasos que ha dado desde que llegó han sido todos hacia adelante. Y la Archidiócesis en estos momentos está creciendo.

-Sin ser un capillita de casa de hermandad, usted ha conocido más Semana Santa en estos cuatro meses que cualquier cofrade. ¿Con qué se queda de todo lo vivido?

-Me quedo con muchas cosas. Yo siempre he sido muy cofrade y muy de la Semana Santa de toda la vida, pero no he estado en todos lados a todas horas. Desde que me nombraron he tenido la suerte de conocer cosas que yo todavía ni estoy seguro ni que las haya vivido de verdad. Me tengo que pellizcar. Por ejemplo, el 14 de diciembre estuve al mediodía en la Esperanza de Triana. Tuve el honor de coger a la Virgen y llevarla a la sacristía. Nos comimos un potaje de «cuchará paso atrás» en la casa hermandad. Pude entrar a ver a la Virgen mientras la estaban vistiendo, pude rezarle el tiempo que yo quise cerquísima de la Esperanza de Triana y cuando acabó, salí por la puerta y me fui a la Esperanza Macarena y viví la misma operación. Cogí a la Virgen para llevarla hasta el altar de besamanos. Estuve mientras la vestían. ¿Qué sevillano ha podido el mismo día coger a las dos Esperanzas? Yo ya me puedo morir diciendo que en un mismo día he estado a un palmo de las dos.

-¿Le ha cambiado la percepción de las hermandades esta ruta que ha hecho? 

-No, no mucho. Yo ya tenía conciencia por las hermandades que conozco que se hacen muchas cosas tapadas, muy interesantes y que hay un montón de gente que merecen mucho la pena. Lo que he podido confirmar eso, porque ocurre en todas. Claro que hay alguna hermandad en la que te cuentan que fulano está peleado con mengano, la doble candidatura y estas cosas dolorosas, pero eso es las menos veces. Incluso en alguna hermandad de estas, cuando yo he estado, las dos partes estaban unidas allí, con su Cristo o su Virgen delante, y eso no puede separar en la vida. La vida de hermandad en Sevilla es una bendición de Dios porque eso nos permite poder mantener un pulso como católicos practicantes muy importante. Las hermandades meten a mucha gente en la Iglesia y eso es un regalo de Dios.

-Se lo decía también por su percepción en cuanto a sus propias devociones… 

-Sí, eso es verdad. Me ha pasado en varios casos con imágenes con la que tenía cierta distancia, no en sentido negativo, sino porque no reparaba en ellas, y te cambia la percepción. Cuando vas allí y lo ves de cerca dices: «Esto ya no me lo pierdo». Te puedo decir una, que me ha cautivado, y para mí era una hermandad buena pero nunca había tenido cercanía, que es el Buen Fin. Hace una labor con el centro de estimulación precoz… y salí de ayer con la felicidad de que esa hermandad, que lleva un Cristo muerto, allí vi yo a Cristo vivo. Lo que hacen en el Buen Fin es para ponerse de rodillas.

-¿Tiene miedo a la crítica?

-No, me tengo miedo a mí mismo. La crítica está ahí y es justa y necesaria. Yo mismo la hago en mi profesión todos los días. Creo que los periodistas tenemos que ser todavía más conscientes que el resto de los ciudadanos que la crítica contra nosotros es exactamente igual que necesaria que la que hacemos. Yo cuando dije que sí a ser pregonero, lo dije con todas sus consecuencias. Y habrá alguien, o muchos, que harán una crítica mala de mi pregón. Intentaré en todas críticas aprender todo lo que pueda. Porque no creo que haya nadie, y si lo hay ese lo descartaré, que haga esa crítica con una intención que no sea ejercer su libertad. Si hay alguien que hace una crítica por otras razones que no tengan que ver con el ejercicio de su libertad, no me interesará. Yo defiendo los límites, aquello que emane del insulto y la intromisión en la intimidad o que esté fundamentado en cuestiones que no tienen que ver con lo que has hecho ahí arriba, no me interesa. Como si no existiera.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla